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SEGMENTO

Ciencia y Fe.
por Nelson O. Crespo Roque
Ciencia y Fe.

“De la religión procede el objetivo del hombre; de la ciencia su poder para alcanzarlo. A veces la gente se pregunta si la religión y la ciencia no se oponen la una a la otra. Así es: en el sentido en que el pulgar y los otros dedos de mi mano se oponen entre sí. Una oposición por medio de la cual se pueden coger firmemente muchas cosas”.

Sir William Bragg.


El novelista Louis de Wohl, a mediados del siglo xx afirmaba: “El científico es el sacerdote de la Edad Moderna , se oye hoy con mucha frecuencia. Se alza la vista hacia él, se le mira con profundo respeto, se cree lo que dice… ¿qué otro remedio nos queda? Él ha estudiado su asunto y nosotros no. Él sabe... Su palabra es dogma. Sus ornamentos son blancos… y numerosos monaguillos le llenan de incienso con cualquier motivo”.

Esta sentencia de Louis de Wohl conserva con frescura no pocos de sus enunciados; sin embargo, en las últimas décadas ésta, como muchas otras aparentes seguridades, ha sido desarticulada, unas estrepitosamente, otras sin apenas darnos cuenta. Hace unos cincuenta años se oía decir: “Sabemos muchísimo; dentro de un par de generaciones lo sabremos todo…”. Hoy se afirma: “Sabemos muy poco y cuanto más sabemos, tanto más comprendemos cuántas cosas nos faltan por saber…”. Y, aunque pueda resultar paradójico, en la actualidad “sabemos cada vez más y más… y cada vez menos y menos”.

¿Cuál es la imagen de la relación ciencia-fe en la actualidad? ¿Esta imagen se corresponde con la realidad?

La revista Newsweek , en su número de julio de 1998, se hacía eco de una encuesta realizada en los Estados Unidos, según la cual “al menos el 60% de los científicos norteamericanos de alto nivel creen en alguna forma de Dios”. Estas cifras tal vez puedan resultar halagadoras al oído de alguno que otro. Sin embargo, en el informe de Newsweek hay una frase que de modo sutil refleja el trasfondo del actual modo de pensar: “en alguna forma de Dios”.

Dado los sofismas del lenguaje contemporáneo, cuando alguien confiesa o reniega de Dios hay que preguntarse qué Dios es el que confiesa o qué Dios es el que reniega; el Dios que ha creado el folklore y el secularismo, o el Dios revelado en Jesucristo; el Dios que muchos convierten en un fetiche o un amuleto; o el Dios que apuesta por el hombre, que le sale al encuentro y le impele no a un acto servil sino a una respuesta desde su propia libertad, algo que constituye una especificidad de la fe cristiana: ser una respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que le sale al encuentro.

Albert Einstein afirmaba: “No logro concebir un Dios que premie y castigue a sus criaturas o que posea una voluntad del tipo que experimentamos nosotros”. Sin embargo, no dudaba en objetar: “El hombre de ciencia tiene que ser profundamente religioso…”, “la ley del cosmos revela una inteligencia de tal superioridad que comparada con ella todo pensar humano es insignificante...”, “la naturaleza es la realización de las ideas matemáticas de Dios”.

Sin entrar en las consideraciones teológicas de Einstein (en ocasiones un tanto panteístas), ¿podríamos catalogarlo como hombre de fe o como ateo?

Veamos sus palabras: “Me basta reflexionar sobre la maravillosa estructura del Universo y tratar humildemente de penetrar siquiera una parte infinitesimal de la sabiduría que se manifiesta en la naturaleza...”, “conseguimos obtener así la fórmula estadística para conocer aproximadamente la posición de un electrón en un instante determinado. Pero, personalmente, no creo que Dios juegue a los dados”.

Lo anterior hace palpar que el Dios que Einstein reniega no es el Dios Trascendente, Creador, Omnisciente y Eterno, sino la imagen deformada y mutilada de un Dios totalmente ajeno al hombre, que sólo actúa, premia y reprime a capricho desde su encumbrada morada celeste. Y, sin embargo, esa es la imagen que para muchos es la fe, un fideísmo infantil desprovisto de todo vestigio de razón.

Por ello, lo que está sobre el tapete en la actualidad, como corrobora la encuesta de Newsweek , no es tanto si existe o no existe Dios, sino qué divinidad están negando los que se llaman ateos, y qué divinidad confiesan los que se dicen creyentes. Y es que muchas veces las expresiones de fe de no pocos suelen estar desfasadas frente a su desarrollo psicológico e intelectual, a veces es de párvulos dentro de una personalidad que ha madurado y se ha desarrollado en otros aspectos. De ahí el llamado apremiante que hacía el Papa Pablo VI: “No debe existir por más tiempo el analfabetismo religioso”.

Es por ello que resulta oportuno recordar que la Iglesia Católica rechaza tanto el racionalismo que sólo acepta lo que se puede “demostrar” empíricamente, como el fideísmo que desprecia la razón, y pretende que la fe sea “un salto en el vacío”, sin ningún motivo de credibilidad.

El fideísmo es absurdo porque pretende que creamos en Dios sin tener fundamento racional de la fe, olvidando que si la fe no tuviera ninguna motivación de tipo racional no sería ni libre, ni responsable, ni humana. Es por ello que la teología católica defiende la capacidad natural que tiene el hombre para llegar con la luz de la razón a conocer la existencia de Dios. Al respecto el Concilio Vaticano I (1869–1870), precisa en su Constitución “Dei Filius”:

“ La Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, Principio y Fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas”, eco de lo que san Pablo refiere en su epístola a los Romanos: “Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (1, 20); de ahí que para la Iglesia , retomando el Concilio Vaticano I, “…ninguna verdadera disensión puede darse jamás entre la fe y la razón porque el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe puso dentro del alma humana la luz de la razón; y Dios no puede negarse a sí mismo, la verdad no puede contradecir jamás a la verdad”.

Por ello, cuando en algunos estratos se afirma: “ciencia y fe representan dos perspectivas diferentes… los eventuales conflictos entre ellas

“ La Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, Principio y Fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas”,

responden a intromisiones ilegítimas que siempre se podrán evitar”, debemos cuestionarnos: ¿es “aconsejable” una separación que equivaldría a una ignorancia mutua? O, por el contrario, ¿debemos, guardando siempre la independencia de sus respectivos métodos de estudios, integrar armónicamente estos dos ámbitos del saber en el ser humano? ¿Es esta la “visión” que circula “vox populi”?

DE LA CERTEZA AL RELATIVISMO

La Modernidad nos enseñó a mirar la ciencia no tanto como un logro sublime y excepcional de la razón humana, sino como una actividad institucionalizada, con potencialidad incluso para incidir de modo concluyente en la vida humana. Ello ha traído como consecuencia que en no pocas ocasiones la ciencia haya sido vista no tanto como una actividad relativa a la razón, al conocimiento humano, de la cual es fruto excelso, sino como algo autónomo, con posibilidad de erguirse en primer plano, incluso por encima del hombre, y cuya influencia se entiende a otras dimensiones de la vida humana como “única verdad”.

Sin embargo, la crisis de la Postmodernidad ha sido traducida por no pocos como la crisis del “concepto de verdad”, como la “dictadura del relativismo”, en palabras del Papa Benedicto XVI. Ello nos hace recordar una expresión que Umberto Eco pone en boca de uno de los personajes de su novela El nombre de la rosa : “La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad”.

Con esto caemos de plano en el relativismo que domina un amplio espectro del modo de pensar de la contemporaneidad. Pero, ¿cuál es la causa de este relativismo que invade los más disímiles campos del saber?

Es difícil intentar dar una respuesta sencilla a esta interrogante. Su trasfondo se nutre de la savia de varias y matizadas concepciones sobre el hombre, el Universo y la sociedad. En lo que respecta al tema que nos ocupa, la relación entre ciencia y fe, sus orígenes los pudiéramos sondear en la filosofía racionalista y mecanicista que precedió los cánones hoy vigentes, en los que la ciencia, uno de los frutos privilegiados de la razón humana, era presentada como algo “absoluto” e “independiente”, con poder para trascender a su propio creador, para, más allá de cualquier freno o consideración ética, erguirse, como el doctor Víctor Frankenstein de la novela de Mary Wollstonecraft Shelley, no sólo contra la ley natural sino también sobre el hombre y frente a él.

Es por ello que no podemos olvidar que ni la ciencia, ni la fe, en cuanto entramados humanos, son entes abstractos o inconexos en sí. No podemos hablar de ellos como referencia primera ni causal. La referencia primera es el hombre, el único ser sobre la tierra dotado de la capacidad de trascender su entorno, de trascenderse a sí mismo, por medio de la razón, por medio de la voluntad.

¿CIENCIA O CIENCIAS?

El hombre, a diferencia de otros organismos vivos, no se limita a adaptarse, habitar y subsistir en el medio que le rodea, sino que trata de entenderlo, razonarlo, dominarlo…, de dar respuesta a sus “cómo”. Es precisamente de las respuestas a estos “cómo” donde surgen las llamadas ciencias empíricas o aplicadas, y hacemos la especificación “empíricas o aplicadas”, pues, si somos fieles a la acepción del término “ciencia”, éste engloba toda actividad humana que tenga como objetivo la constitución y fundamentación de un cuerpo sistemático del saber.

Por definición, las “ciencias empíricas” son aquellas que tratan el conocimiento racional del mundo material, el cual intenta explicar y predecir mediante la observación, la experimentación y las inferencias de los hechos observados, para luego organizarlos en hipótesis, teorías y leyes. Entre estas ciencias empíricas pudiéramos citar a la Física o a la Biología.

Pero el hombre no se limita sólo a observar y definir los hechos observados empíricamente en hipótesis, teorías y leyes, sino que trata de hacerlos “traducibles” a su razón, a su intelecto. Es ahí donde surgen las llamadas “ciencias formales”, aquellas cuyas formas conceptuales, métodos de investigación y demostración, van a distanciarse de los usados en las ciencias empíricas, para basar su método de estudio no en la observación de los hechos, sino en sistemas conceptuales, formas, cálculos y razonamientos.

Entre las llamadas ciencias formales tenemos, por ejemplo, a la Matemática , la cual, de por sí, constituye un sistema abstracto, una creación del intelecto humano que, de modo objetivo, en su pureza, no existe, sino que es inventada y creada por el hombre para hacer asequible a la razón el medio que le rodea.

Al respecto Galileo Galilei afirmaba: “ La Filosofía está escrita en ese gran libro del Universo, que está continuamente abierto ante nosotros para que lo observemos. Pero el libro no puede comprenderse sin que antes aprendamos el lenguaje y el alfabeto en que está compuesto. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender una sola de sus palabras. Sin ese lenguaje, navegamos en un oscuro laberinto…”.

Es por ello que la diferencia primera y más notable entre las llamadas ciencias formales y las empíricas es que las primeras estudian “ideas”, “conceptos” y las segundas estudian “hechos”. La Matemática , en cuanto ciencia formal, no se refiere a un “objeto” concreto y, por tanto, no puede utilizar el método hipotético-probatorio propio de las ciencias empíricas para su validación, ni recurrir a un laboratorio para convalidar sus enunciados. La Física , en contraposición, al referir “hechos” concretos que ocurren en nuestro entorno, tiene que apelar a la práctica experimental como criterio último de veracidad de sus enunciados.

Sin embargo, a pesar de la diferencia de métodos y objetos de estudios, ¿es acaso posible desarrollar la física, una ciencia empírica o aplicada, (y por tanto experimental), sin el concurso de la Matemática , una ciencia formal, fundada en algoritmos “inventados” y desarrollados por la razón humana y no en hechos?

La respuesta a esta interrogante es obvia, es más, en no pocas ocasiones la “verdad científica” es primariamente más matemática que física; baste mencionar dos ejemplos paradigmáticos de la Física contemporánea: la Teoría de la Relatividad o la Teoría de las Supercuerdas. Sin embargo, no deja de resultar paradójico el hecho de que la Matemática , creación de la razón, del intelecto humano, sea realmente la clave para estudiar la naturaleza que nos rodea, que está estructurada minuciosamente de un modo matemático. De ahí que nuestra “humana creación”, la Matemática , sea no sólo un instrumento necesario, sino también “imprescindible” para poder estudiar la naturaleza física de las cosas, para poner esas cosas a nuestro servicio, para servirnos de la naturaleza mediante la técnica.

El astrofísico Brandon Carter, parafraseando la famosa frase de Descartes: “pienso, luego existo”, sugiere al respecto la afirmación: “pienso, por tanto, el mundo es como es”. Esto, la coincidencia entre la razón objetiva y la subjetiva, constituye, en palabras del Papa Benedicto XVI, un enigma y un gran desafío porque vemos que, en definitiva, es una la razón que las une a ambas: nuestra razón (subjetiva) no podría, descubrir la otra (objetiva), si no hubiera una idéntica razón en la raíz de ambas. Dicho en otras palabras: existe una única razón con varias dimensiones.

Ahora bien, si ciencias aplicadas como la Física buscan el conocimiento del mundo a través de “leyes causales” y las ciencias formales por medio de “referentes conceptuales”, existen interrogantes que ellas no pueden responder. Desde la Física podemos llegar a responder “cómo” ha evolucionado el Universo, pero no “porqué” el Universo ha evolucionado. Desde la Biología se puede llegar a responder “cómo” ha evolucionado el cerebro humano, pero no “para qué” ha evolucionado esta magistral maquinaria que, aún en pleno siglo xxi , las mentes más brillantes explotan a menos de un 10% de su capacidad.

Estos “porqués” o estos “para qué” los responde el hombre desde las llamadas “ciencias humanas”, aquellas que buscan el conocimiento del entramado humano a través del estudio de lo que, empleando expresiones de la dialéctica de Hegel, se consideran productos del espíritu objetivo, díganse la Historia , la Psicología , la Sociología , la Filosofía o la Teología.

Albert Einstein

Si en ciencias formales como la Matemática , basada en creaciones mentales, no podemos aplicar el método experimental de ciencias aplicadas como la Física , en el caso de la Teología ocurre algo análogo. Santo Tomás de Aquino precisa que en la Teología Dios no va a constituir el objeto del que hablamos. La Teología no debe ver a Dios como objeto, sino como “Sujeto”.

Este “Sujeto” que refiere santo Tomás puede ser reconocido por medio de la razón. De ello se ocupa la llamada Teología racional o natural. Sin embargo, si la razón puede constituir el primer paso para acercarse a aquello que santo Tomás de Aquino denomina “verdades teológicas naturales”, el asentimiento del hombre al acto de fe no se realiza únicamente por medio de la razón, de la inteligencia, sino que debe ir acompañado, además, por el asentimiento de la voluntad. Y es aquí donde entra en ruedo la Teología positiva: la Revelación.

A pesar de los matices, en la actualidad existe consenso en que la razón humana no puede negar fehacientemente la existencia de Dios. Este heterogéneo “consenso” no constituye novedad alguna. Hace veinticuatro siglos Aristóteles ya desarrollaba y fundamentaba en sus obras este matizado “consenso” a partir de principios como “causa-efecto”, “causa primera”, “causa final”…., etcétera. Sin embargo, la noción del “Dios de los filósofos” no es necesariamente la noción del Dios revelado en Jesucristo. De ahí que la teología natural para encontrar asidero seguro requiera de la Revelación , la única que puede ofrecer certezas a las cuales el hombre no puede acceder por el solo uso de la razón, pues Dios siempre será el totalmente “Otro”, Aquel al cual el hombre siempre “definirá” por analogía, “como en un espejo”, precisará el apóstol san Pablo (1Co 13, 12).

Y es que las razones para creer son suficientes, pero no evidentes como un axioma. La fe es suficientemente oscura como para que la adhesión a ella sea totalmente libre; y, al mismo tiempo, bastante clara para que la adhesión a ella sea razonable. Al respecto el filosofo Jostein Gaarder, en su obra El mundo de Sofía , pone este ejemplo en boca de la pequeña Sofía: lo anterior es “más o menos como que podemos saber que hay una tormenta tanto viendo los relámpagos como oyendo los truenos... Aunque seamos ciegos podemos oír que truena. Y aunque seamos sordos podemos ver los relámpagos. Lo mejor es, claro está, ver y oír. Pero no hay ninguna contradicción entre lo que vemos y lo que oímos. Al contrario, las dos impresiones se complementan”.

RACIONALIDAD

Llegados a este punto, siguiendo los ejemplos de la Física , la Matemática y la Teología , tenemos tres derroteros: los “hechos”, las “ideas” y el “Sujeto”. Estos derroteros permiten apreciar la existencia de una racionalidad objetiva y de una racionalidad subjetiva que no se contraponen sino que (como los truenos y los relámpagos que refiere Sofía), visualizan una coincidencia entre lo que nosotros hemos pensado y el modo como se realiza y se comporta la naturaleza.

El Papa Benedicto XVI, en un encuentro con los jóvenes de Roma y del Lacio les decía: “el gran Galileo afirmaba que Dios escribió el libro de la naturaleza con la forma del lenguaje matemático. Estaba convencido de que Dios nos ha dado dos libros: el de las Sagradas Escrituras y el de la naturaleza. Y el lenguaje de la naturaleza (y esta era la convicción de Galileo), es la Matemática , por tanto, para él, la Matemática es el lenguaje de Dios, del Creador”.

¿Es el hombre postmoderno incapaz de auscultar a Dios en la Creación tal y como lo hacía Galileo?
En una conferencia dirigida a representantes del mundo de la ciencia en la Universidad de Ratisbona el Papa Benedicto XVI recordaba hace sólo unos meses la “moderna auto delimitación de la razón”. Refería el Papa: “El concepto moderno por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo funciona la materia y cómo usarla eficientemente. Esta premisa básica es, por así decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la naturaleza. De otro lado, se trata de la capacidad de la naturaleza de ser utilizada para nuestros fines, en la que sólo la posibilidad de verificación o falsificación a través de la experimentación proporciona la certeza decisiva.

”Esto conlleva dos decisivas orientaciones básicas para nuestro asunto. Sólo el tipo de certeza derivada de la combinación de la Matemática con la Empírica puede considerarse científica. Cualquier disciplina que quisiera exigir estatus de ciencia debe ser medida con este criterio. De ahí que ciencias humanas, como la Historia , la Psicología , la Sociología y la Filosofía , no puedan conformarse a este canon de cientificidad.

”Un segundo punto importante para nuestras reflexiones –continúa el Romano Pontífice– es que el método, como tal, excluye la pregunta sobre Dios, haciéndola aparecer como no científica o precientífica. Consecuentemente, nos enfrentamos a una reducción del radio de la ciencia y de la razón, que debe ser cuestionado…, pues si solamente esto fuese la totalidad de la ciencia, se reduciría por ella incluso al propio hombre, pues las preguntas propiamente humanas sobre nuestro origen y nuestro destino, las preguntas acerca de la Religión y la Ética, ya no encuentran lugar en el espacio de la razón común delimitado por la así entendida ‘ciencia' y deben ser relegadas al espacio de lo subjetivo …” (Hasta aquí el Papa).

Retornando al concepto de “ciencia”, habíamos visto que ella es toda actividad humana que tenga como objetivo la constitución y fundamentación de un cuerpo sistemático del saber. Este saber, por supuesto, en cuanto realizado por el hombre, pasa por el tapiz de la razón. Ahora bien, “razón” no es sólo lo empíricamente demostrable. De ser así las matemáticas (por mencionar sólo un ejemplo), al no entrar en el campo de lo “empíricamente demostrable”, no pudieran ostentar el rango de “ciencia”, pues ellas constituyen algo “ideado”, “creado” por el hombre, cuya demostración no se realiza en un laboratorio, sino en algoritmos relativos a su propio método de estudio.

¿A dónde queremos llegar? A que no podemos reducir el intelecto, la razón, la ciencia, a lo empíricamente demostrable.
“El hombre de ciencia tiene que ser profundamente religioso…”, Albert Einstein

Al respecto es iluminadora la respuesta que en una ocasión diera Albert Einstein al preguntársele si él consideraba que todo podría algún día ser explicado en términos físicos; a lo que éste respondió: “Sería absurdo. Sería como decir que uno puede explicar una sinfonía de Beethoven refiriéndose nada más a los cambios de presión en el aire por el sonido. Eso no es una sinfonía de Beethoven”.

Es por ello que el aparente conflicto entre ciencia y fe, entre fe y razón, no debemos buscarlo ni en la ciencia ni en la fe, sino en los paradigmas científicos y sociológicos dominantes en la sociedad, más aún, dentro de cada hombre en particular, pues la sociedad no es más que la suma de cada uno de ellos como individuos.

Es en el hombre concreto donde debemos buscar primariamente el “conflicto” (incluso en el plano existencial). No olvidemos que la fe es algo que implica no sólo a la razón, a la inteligencia, sino que, conjuntamente con ella, necesita del asentimiento de la voluntad no en el Dios “algo” de los filósofos, sino en el Dios “alguien” de la fe, Aquel en quien el hombre de fe se fía de un modo pleno, total y radical. Al respecto es recurrente una “frase-oración” de santa Teresita de Lisieux: “Señor, no te entiendo nada, pero lo creo todo, porque me fío en Ti”.

CRISIS DE LAS IDEOLOGÍAS

Es por ello que las tesis de Stephen Hawking sobre el “fin inminente de la física”, o las afirmaciones de Francis Fukuyama sobre el “fin de la historia”, consolidan a no pocos en la convicción de que hemos llegado a una especial fase del desarrollo de la humanidad en que no deja de ser preocupante el hecho de que la antigua exaltación del progreso, de la ciencia, de la racionalidad, haya sido sustituida por el escepticismo, una especie de incredulidad respecto a toda verdad absoluta, todo ello en plena conformidad con el relativismo del momento, así como con la negación, típica de la Ilustración , de la fe en la inteligencia y en la posición privilegiada del hombre en el mundo.

El Papa Benedicto XVI ha precisado al respecto que ésta es una situación peligrosa para la humanidad, como podemos ver en las amenazantes patologías de la religión y de la razón, que irrumpen necesariamente cuando la razón se reduce tanto, que las preguntas de la Religión y la Ética ya no le corresponden más. Lo que queda de los intentos de construir la Ética a partir de las reglas de la evolución o de la psicología, es simplemente insuficiente.

De ahí la necesidad de tener claro qué cosa es ciencia verdadera y qué cosa es fe verdadera; de personas de ciencia que sepan dar razón de su fe, y llevar una vida de compromiso en su profesión. Y de personas de fe, competentes y lúcidas en el trabajo científico que realizan.

El reto que tenemos ante nosotros no es en modo alguno la demostración empírica de Dios, sino el descubrimiento de la verdad sobre el hombre y sobre el conocimiento humano. La ciencia experimental es una actividad en la cual instauramos un diálogo con la naturaleza; y ese diálogo sólo es posible gracias a las peculiaridades del ser humano. En efecto, la naturaleza no habla; se manifiesta sólo a través de hechos. Pero, para que exista la ciencia, es preciso “crear” procedimientos que nos permitan interrogar a la naturaleza y nos permitan, además, obtener respuestas. Esto es lo que se obtiene a través del método experimental.

Las hipótesis, teorías y leyes de la ciencia son construcciones de la mente humana. No son el simple resultado de las observaciones, ni se obtienen utilizando procedimientos puramente automáticos. De no ser así, ¿por qué hubo que esperar hasta el siglo xviii para que Isaac Newton definiera algo a todas luces tan evidente como la gravedad? ¿O es que acaso las manzanas comenzaron a caer en la tierra sólo después de que una de ellas cayera fortuitamente sobre la cabeza del genio inglés?

La ciencia experimental es posible gracias a la creatividad y a la capacidad argumentativa de la persona humana. Está más allá de toda duda el hecho de que existe un orden natural objetivo, independiente de nuestra consideración; pero, si deseamos progresar en su conocimiento, debemos recurrir a construcciones y argumentaciones que son generadas por la razón humana. Y esto, la creatividad científica, va a constituir precisamente una de las principales manifestaciones de la singularidad del ser humano de cara al Universo que le rodea.

El puente entre ciencia y fe se apoya, pues, en la racionabilidad e inteligibilidad manifestada en la naturaleza y en la inteligibilidad y racionalidad intrínseca del hombre. Al respecto es concurrente una frase de Víctor Hugo: “Hombre, no temas, la naturaleza sabe el gran secreto y sonríe”.

¿FÍSICA O META-FÍSICA?

La madurez alcanzada por las ciencias en la actualidad proporciona una cosmovisión que facilita en gran medida la superación de viejos equívocos que se basaban en una comprensión insuficiente de la ciencia, de sus supuestos y de sus logros. Y es que las palabras como las letras de las canciones, admiten músicas distintas. El buen oidor percibe el registro adecuado, mientras que para el menos experto cualquier registro vale para cualquier letra.

Esta es la causa por la cual la naturaleza que fascina a Galileo Galilei y a Albert Einstein con la hermosura de su descripción matemática, aparezca para Stephen Hawking despojada de todo tipo de belleza; para Jacques Monod va a ser sólo un juego cósmico del azar y la necesidad; mientras que para Gottfried Leibniz o Alfred Whitehead será el campo de la intrigante armonía de los acontecimientos.

Estas apreciaciones que exceden lo físico: “hermosura”, “belleza”, “azar”, “necesidad”, “armonía”…, (contradictorias algunas de ellas entre sí), son válidas en boca de las anteriores lumbreras de la ciencia, siempre y cuando se entiendan como lo que son, consideraciones metafísicas que exceden lo propio de su “campo de estudio”: la física. Esto es necesario tenerlo en cuenta dada la tentación de no pocos de querer abarcarlo todo y excluir de plano todo lo que no entre dentro de su ámbito de estudio.


Cuando Einstein habla de la hermosura de la descripción matemática de la naturaleza, o Hawking sobre la ausencia de todo tipo de belleza en ella, ¿cuál de estos dos genios está en lo cierto?, ¿cuál de ellos puede validar estos enunciados a la luz de la metodología investigativa de las ciencias aplicadas? (el único campo en el que ellos, en tanto físicos, pueden hablar con propiedad).

En igual situación se encuentran interrogantes como la causa que hace al Universo ser, su finalidad, su fina legalidad, su contingencia, su armonía… su racionalidad; elementos estos que no son traducibles al lenguaje matemático, ni son el resultado de lo observado en las probetas de los laboratorios.

El Papa Benedicto XVI en su conferencia de Ratisbona puntualizaba que este intento de autocrítica de la razón moderna no supone en absoluto la idea de tener que regresar en el tiempo a la época anterior al Iluminismo y descartar las convicciones de la edad moderna. La grandeza del desarrollo del espíritu moderno se reconoce sin reservas. Todos agradecemos las grandes posibilidades que ha abierto a los hombres y por los progresos en humanidad que se nos han dado. No se trata de un volver atrás, ni de una crítica negativa, sino de ensanchar nuestro concepto de razón y su utilidad. Puesto que junto a toda alegría por las nuevas posibilidades del hombre,

vemos también las amenazas que surgen de estas posibilidades, y debemos preguntarnos cómo hacer para dominarlas. Sólo conseguiremos dominarlas, cuando la razón y la fe se salgan al encuentro mutuamente de un modo renovado; cuando superemos la limitación que se ha auto impuesto la razón a lo empíricamente verificable, y abramos la razón nuevamente a toda su extensión… (hasta aquí el Papa).

EL HOMBRE

Cuando hoy en día se escuchan lamentaciones sobre la eliminación del hombre, sobre la subyugación del hombre por la técnica, sobre el hecho de que el hombre está siendo reducido a sólo una especie de partícula de esa gran máquina que es la sociedad, se olvida un hecho básico: este debilitamiento del hombre y de su posición en la Creación , esta depreciación de la condición humana, es la consecuencia necesaria o el otro lado de la medalla de la eliminación de Dios del mundo que nos rodea. La deshumanización es el precio que se paga por la expulsión de Dios de la sociedad.


Lo anterior es sintetizado y expresado de modo patente durante la Primera Guerra Mundial, donde, al referirse a los soldados, comenzó a usarse la expresión “el material humano”, “el recurso humano”. Esta formulación, realmente despersonalizante, lo resume todo. Incluso el hombre llega a ser “un material”, “un recurso” para el hombre. De ahí que la fuerza que organiza la sociedad, que le da cohesión y consistencia, que crea, origina y desarrolla la ciencia, termina siendo la simple voluntad de poder, donde cada uno organiza en torno de sí el pedazo de realidad que pueda alcanzar a organizar de acuerdo con la capacidad que pueda llegar a tener de imponer su determinación.

¿somos un elemento, un “recurso” más dentro del mundo, un “material” equivalente a tantos otros, o somos en realidad el “elemento” privilegiado, organizador, el que da sentido al mundo?

La interrogante que tenemos ante nosotros es una: ¿somos un elemento, un “recurso” más dentro del mundo, un “material” equivalente a tantos otros, o somos en realidad el “elemento” privilegiado, organizador, el que da sentido al mundo? Y en el momento mismo en que quisiéramos aceptar lo segundo, sin caer en el absurdo, tendremos entonces que aceptar a Aquel que nos da sentido a nosotros. Porque no podemos atribuirnos un sentido trascendente, no podemos atribuirnos realmente un rol como de co-creadores, sin aceptar al mismo tiempo el rol de criaturas, el rol de ser no sólo “polvo de estrellas”, sino de ser, en palabras de Carl Sagan, “polvo de estrellas, contemplando a las estrellas”.

Y ello, esa capacidad de “contemplar”, esa capacidad de poseer un pensamiento abstracto que nos permite trascender la mera subsistencia, lo mediato, lo material, lo temporal, para salir en búsqueda de lo intemporal, de lo eterno, …del Absoluto, sólo la ostenta el ser humano, aquel que es creado a imagen y semejanza del Creador, de la Razón creadora, del Logos Eterno que era en el Principio, que era con Dios y que es Dios (Jn 1, 1); el Logos que en el ser de Jesús se hace carne y pone su morada entre los hombres (Jn 1, 14); y que se manifiesta en la Creación y la trasciende para ser no sólo Causa y motor Primero, sino la Razón última por la cual el Universo es y es como es; y el hombre, obra de sus manos, su obra más excelsa, la única criatura capaz de buscarle y encontrarle desde la razón, y de servirle y amarle desde la voluntad, pues, como afirmara san Agustín, fuimos creados por Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él.

Referencias:
- ¿Un diseño con Diseñador? , Nelson O. Crespo Roque, Espacio Laical, No. 2, año 2, 2006.
- Benedicto XVI, Encuentro con los Jóvenes de Roma y del Lacio, L'Osservatore Romano, 14/4/2006.
- Benedicto XVI, Encuentro con los representantes de la ciencia en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, 12/9/2006.
- Ciencia y fe: nuevas perspectivas , Mariano Artigas, Versión en castellano de: M. Artigas, “Science et foi. Nouvelles perspectivas”, en: Après Galilée. Science et foi: nouveau dialogue, sous la direction du cardinal Paul Paupard, Desclée de Brower, Paris 1994.
- Evangelización del mundo de la ciencia , Nelson O. Crespo Roque, Espacio Laical, No. 3, 2006.
- La ciencia y la fe ¿Se enfrentan? , Hugo Jorge Muro Lemus, Aciprensa.
- Las leyes de la naturaleza y la inmanencia de Dios en el universo en evolución , Mons. Józef Zycinski, Scripta Theologica, 1998.
- Para Salvarte , Enciclopedia Católica, P. Jorge Loring, sj, Edibesa, 2000.


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