Revista de la Arquidiócesis de La Habana Año XX. Septiembre / 2011 No. 210
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por Nelson O. CRESPO ROQUE
El 24 de septiembre de 1915 los veteranos de nuestras guerras de independencia, al solicitar al Papa Benedicto XV que la Virgen de la Caridad del Cobre fuera declarada Patrona de Cuba, la describen como la “Virgen cubana por excelencia”, sobre todo “por el origen de su secular devoción”. Estamos seguros que no era la intención de nuestros próceres hacer un tratado historiográfico sobre la Virgen de la Caridad, sin embargo, en su misiva resumían, según sus propias palabras, “la más justa de las aspiraciones del alma cubana”.
La devoción de los cubanos a la Virgen de la Caridad aparece en nuestra historia patria antes de que podamos usar aún el término “cubano”. Aglutina y a su vez distancia, lo meramente indígena, africano e hispano, para crear una realidad nueva, cuyo principal punto de referencia será una pequeña imagen de la Virgen María.
La invocación de María como Virgen de la Caridad es común en el orbe católico por dos motivos fundamentales: el primero, por ser la caridad una de las tres virtudes teologales (aplicada por excelencia a María), y el segundo, por estar asociada con la asistencia caritativa, en particular con la hospitalaria, de ahí que abunden advocaciones como: “Nuestra Señora de los Desamparados”, de “Los Remedios”, de “La Caridad”, de “La Piedad”, de “La Misericordia”, de “La Salud”, etcétera.
No obstante, más allá del sinnúmero de advocaciones marianas, centrémonos en la nuestra, la Virgen de la Caridad del Cobre, sin pretender con ello sumergirnos en una estéril discusión bizantina en torno a una advocación mariana específica. En primer lugar, porque la Santísima Virgen María, más allá de sus múltiples advocaciones, no es más que una: la humilde joven de Nazaret por cuyo fiat el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. En segundo lugar, porque ninguna advocación mariana particular constituye un dogma de fe. De ahí que no nos adentremos en el tema desde el punto de vista de la mariología, sino desde el estrictamente historiográfico.
Los detalles del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad en la bahía de Nipe son conocidos, o al menos tienen referencia de ellos casi todos los cubanos. Por esta razón no nos detendremos en ellos y nos remitiremos a la cubanía autóctona de la Virgen de la Caridad del Cobre. De cara, principalmente, a la Virgen de la Caridad venerada en Illescas, Toledo, España. Se ha pretendido afirmar que la Virgen de la Caridad del Cobre no es más que una mera derivación o réplica iconográfica (o devo-cional) de ella trasladada a Cuba. Baste citar, a modo de ejemplo, a la historiadora norteamericana Irene Wright, por mencionar un nombre concreto, o la ciberespacial Wikipedia, por mencionar un medio global. Comencemos, pues, por los orígenes.
I
El 23 de marzo de 1597 se emite una Cédula Real por medio de la cual se encomienda al capitán Francisco Sánchez de Moya, natural de Toledo, quien dirigía y comandaba la explotación de las minas de cobre existentes en la zona oriental de la Isla, la erección de una iglesia en el lugar. La edificación fue concluida en el año 1600, creándose la parroquia de Santiago el Mayor de la Villa de las Minas del Prado, nombre original de la comarca que poco después se abreviaría como Villa de Santiago del Prado o, simplemente, El Cobre. En el año 1604 el obispo fray Juan Altamirano visita El Cobre y bendice las campanas y altares de la nueva iglesia parroquial.
Con posterioridad, Sánchez de Moya construye una ermita en el Cerro de la Mina bajo la advocación de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas, ermita de la cual ya existen referencias a partir del año 1608, de modo que su fabricación tuvo lugar en algún momento comprendido entre el verano de 1604 y el mes de noviembre de 1608, fecha en que encontramos la primera referencia.

Milagro de Francisca de la Cruz. Diego Rómulo (1601).
San Ildefonso. El Greco (1603-1604).
II
La advocación de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas se remonta al siglo XII. Su imagen se encontraba ubicada en una de las puertas de entrada a la Villa, en una hornacina de visibilidad obligada para quienes cruzaban por la región en dirección a Madrid, Toledo y Andalucía. La iglesia de Illescas estaba consagrada desde sus orígenes a Nuestra Señora de la Asunción. En el templo no existía entonces imagen alguna de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas, la cual era venerada, más por la advocación en sí misma que por sus características iconográficas. Igual advocación, aunque con caracteres iconográficos distintos, existía también en Corcoya, Ávila, Montserrat, Vigo y otras regiones de España, así como en el resto de Europa.
La Virgen de Guía de Illescas nunca tuvo, a pesar de su fama, iglesia alguna en la villa toledana, aunque algunos autores refieren la existencia de una ermita. No obstante, de lo que sí hay certeza es de que en el siglo XVI se erige en Illescas una iglesia y un hospital de caridad hacia donde es trasladada la imagen. De este modo, Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas comenzó a invocarse con el título de “La Caridad” en el hospital, y “de Guía”, en las murallas, donde era venerada por los devotos que entraban o salían de la villa illescana.
Es decir, la advocación de la Virgen de Illescas con el título de “La Caridad”, si bien algunos autores la remontan a inicios de la era cristiana, atribuyéndola incluso a una pintura de san Lucas, sólo se populariza, al menos en esa región, en el siglo XVI, cuando el cardenal Jiménez de Cisneros funda el hospital de caridad (aún cuando su imagen es más antigua y distanciada iconográficamente de los detalles con que hoy se identifica).
La conocida desde el siglo XVI como Virgen de la Caridad de Illescas era, en sus inicios, una imagen de madera –sentada en un trono–, sin otras vestimentas que las talladas en la propia madera policromada. El Niño se encontraba de pie, en el centro del regazo materno, y era sostenido por ambos brazos de la madre. Con posterioridad la imagen fue vestida y cubierta por un manto, pero conservó la forma original. La primera transformación iconográfica consistió en cambiar su posición sedente para hacerla aparecer de pie, manteniéndose el Niño en el centro de la imagen y sostenido por ambos brazos maternos.
Esta era la forma que presentaba la Virgen de Illescas cuando Diego Rómulo, en 1601, realizó su obra pictórica “Milagro de Francisca de la Cruz”, y cuando El Greco pintó su célebre “San Ildefonso”, concebido entre 1603 y 1604. En ambas pinturas la imagen aparece vestida con túnica y un manto que sobrepasa los pies. Ella sostiene al Niño sobre su pecho con ambos brazos.
Al cambiar los cánones estilísticos, el Niño es desprendido de la talla original y a la Virgen le son mutilados los brazos, sobreponiéndole dos brazos articulados. El Niño permanece en el centro del regazo maternal. Con el paso del tiempo es sustituido por uno de menor tamaño, que será colocado en el brazo izquierdo de la Virgen, mientras que el brazo derecho, que antes también lo sostenía, ahora quedará libre.
Esta es la forma que presenta en la actualidad la imagen de la Virgen de la Caridad de Illescas, de la cual solo se ven la cara y las manos. El Niño Jesús está apoyado en el brazo izquierdo de la Madre. De igual modo, los caracteres morenos primigenios fueron emblanquecidos al extremo, hasta alcanzar el color carmesí que presenta en la actualidad, particularmente desde que fuera recompuesta por Antonio Herrera, platero de Madrid, en agosto de 1884. El manto, por su parte, longitudinal y alargado en sus inicios –al menos hasta el siglo XVII–, poco a poco fue tomando una forma más triangular, hasta alcanzar la forma que hoy posee.
Podemos afirmar entonces que los rasgos que hoy identifican a la Virgen de la Caridad de Illescas no son los que poseía la imagen cuando el cardenal Cisneros funda el hospital de caridad de Illescas en el siglo XVI e, incluso, de los que poseía a comienzos del XVII, cuando se produce el hallazgo de la Virgen del Cobre, tal y como se puede comprobar a simple vista en la obra de El Greco. Si bien en su “San Ildefonso” se observa (aunque no tan pronunciadamente como en otras obras de su autoría) la prolongación longitudinal de las figuras, la forma genérica de la imagen de Illescas (talla vestida con túnica y manto que sobrepasa los pies hasta llegar a la peana) es corroborada por el óleo de Diego Rómulo, cronológicamente anterior al realizado por El Greco.
III
Dirijámonos ahora al oriente cubano, específicamente al momento del hallazgo de la Virgen de la Caridad del Cobre en la bahía de Nipe. Solventando el hecho de que en la declaración notarial de Juan Moreno –testigo presencial del hallazgo y de los acontecimientos posteriores– puedan existir o no referencias simbólicas, particularmente en los elementos devocionales que se describen después de su traslado al Cobre, hay un dato que sí resulta irrefutable. La imagen de la Virgen de la Caridad hallada en Nipe, una vez que llega al Cobre, es llevada, por orden del capitán Sánchez de Moya, a la iglesia parroquial. Este dato tiene una importancia capital, especialmente porque Sánchez de Moya era natural de Toledo y él mismo había erigido, entre 1604 y 1608, una ermita dedicada a la toledana Virgen de Illescas.
El hecho de que Sánchez de Moya (quien tenía en la diocésis un hijo y un sobrino, clérigo y canónigo, respectivamente) ordenara el traslado de la Virgen nipense a la iglesia parroquial –aun cuando dicho traslado fuese realizado, como precisa Juan Moreno, con sumo respecto y devoción–, denota que ni Sánchez de Moya, ni ningún otro paisano suyo radicado en la Villa del Cobre (ni en Santiago de Cuba), homologó, ni identificó en su momento, las particularidades iconográficas de la imagen de la Virgen hallada en Nipe con la de Illescas; la que, por demás, Sánchez de Moya conocía muy bien, pues procedía de su región natal.

Pinturas de Nuestra Señora de la Caridad de Illescas, con sus detalles iconográficos. A la izquierda: siglo XVII, Milagro de Francisca de la Cruz. Diego Rómulo.
A la derecha: siglo XVII, San Ildefonso. El Greco.
Imagen de Nuestra Señora de la Caridad de Illescas, con los detalles iconográficos que ostenta en la actualidad.
Este detalle –tal vez imperceptible e imprevisible por el propio Sánchez de Moya– tendrá una secuela fundante de cara a la evolución y posterior arraigo de la devoción a la Virgen nipense, la cual, al ser relegada a un “segundo plano” por “los colonizadores”, es asumida como propia por el criollismo naciente, “los colonizados”, quienes la deslindan de lo puramente “español” desde l mismo instante en que Sán-chez de Moya no la acepta en la ermita del Cerro de la Mina y ordena su traslado a la iglesia parroquial.
Es seguro entonces que en el Cerro de la Mina existía una Virgen de Illescas en el año 1612, fecha en que se produce el hallazgo en la bahía de Nipe. Ahora bien, afirmar que la imagen de la Virgen hallada en Nipe y venerada desde hace 400 años en El Cobre constituyese una réplica de la de Illescas es algo simplista. Sobre todo si tenemos en cuenta que cuando Sánchez de Moya hace entrega de la administración de las minas a su sucesor, Juan de Eguiluz, el 30 de enero de 1620, relata en el Inventario Real, entre otros aspectos referidos a la iglesia parroquial, que en el Cerro de la Mina había una ermita con una imagen de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas (no habla de una “Virgen de la Caridad de Illescas”). Indica, además, la existencia de una casa al lado de la ermita del cerro que funcionaba como hospital, detalle que resulta altamente importante como veremos a continuación.
IV
Desde el hallazgo de la Virgen del Cobre en 1612 se observa un incremento de la devoción hacia ella, principalmente entre los indios y los negros, quienes la asumen como propia (justamente son dos indios y un negro los protagonistas de este hecho). Ahora bien, los negros no podían entrar a la iglesia y asistir a misa junto con los blancos. Solo se les permitía ubicarse detrás del coro. En 1766, el capellán Julián Bravo, quien debió tener en sus manos el documento original (escrito en 1703) de su predecesor, el capellán Onofre de Fonseca, precisa que los devotos de la Virgen de la
Caridad nipense eran “unos pobres moradores todos los más esclavos de Su Majestad, quienes colocaron la imagen en un altar sólo para pobres”. Cuando afirma esto no se refiere en modo alguno a la ermita de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas, sino a la capilla del hospital, donde se veneraba, en un humilde altar, la imagen de la Virgen de la Caridad hallada en Nipe, único sitio donde podía radicarse el culto mestizo a la Virgen María, dado que allí sí podían entrar los indios y los negros, de ahí la invocación de la Virgen del Cobre, en referencia al hospital, como “Virgen de la Caridad y Remedios”.
Llegados a este punto podemos puntualizar dos cosas; primero: en la ermita del cerro la advocación que existía antes de 1620 era la de Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas ; en segundo lugar: la imagen de la Virgen de la Caridad hallada en la bahía de Nipe no se consideraba propiedad del Real de las Minas, sino que era relegada a una devoción de “esclavos de Su Majestad”, de ahí que la Virgen del Cobre no conste en el Inventario Real cuando Sánchez de Moya deja la administración de las minas.

.En 1637 un temporal destruye la ermita del Cerro de la Mina. Al ser reconstruida, la nueva ermita no será dedicada nuevamente a Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas, de cuya advocación e imagen no existen más referencias después del inventario de Sánchez de Moya, bien fuese porque fuera de su propiedad, y la llevara consigo al abandonar las minas en 1620, bien porque la misma sufriera daños irreparables cuando el temporal destruyó la ermita en 1637. Lo cierto es que a partir de estas fechas, la nueva ermita, concluida ya antes del año 1648, comenzará a cobijar bajo su techo la imagen de la Virgen de la Caridad hallada en Nipe, la cual se encontraba, hasta esos momentos, en el hospital de pobres.
En la ermita, junto a la Virgen de la Caridad, serán colocadas otras dos imágenes marianas: la Concepción y la Candelaria, cada una con sus respectivas coronas de plata y una pequeña lámpara del mismo metal, aunque, precisa un inventario ordenado por el monarca en 1648: “todas (las coronas) son de la Madre de Dios de la Caridad”. Es decir, la Virgen de la Caridad del Cobre, una vez instalada en la ermita del Cerro de la Mina (lugar donde se alza en la actualidad su Basílica y Santuario Nacional), no sólo reemplaza a Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas –de quien no existe más referencias en el lugar– sino que como afirmara la doctora Olga Portuondo, comienza la absorción de las otras dos vírgenes para terminar por reinar ella sola en el sitio. El referido inventario de 1648 habla de “una nueva ermita en lo alto del cerro, reconstruida, cubierta de tejas y de la que se dice que es la casa de Nuestra Santísima Virgen de la Caridad”.
En el año 1655 la ermita es consagrada definitivamente a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. En 1679 se concluye la construcción de un templo mayor. Para estas fechas, El Cobre se había convertido ya en un hervidero de peregrinos procedentes de Santiago de Cuba y de otras regiones.
¿Cuáles son las características propias de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre?

Esta pintura muestra los detalles iconográficos que ostentaba la imagen en el siglo XVII.
Grabado que muestra los detalles antiguos de la imagen (Julián Joseph Bravo, 1766).
V
La Virgen de la Caridad del Cobre es una imagen de bastidor: su cuerpo es de madera hasta la cintura, con seis varillas que en la actualidad soportan la imagen. Tiene en su mano izquierda un Niño Jesús, y en su mano derecha una cruz. Una de sus características más significativas es la semiluna invertida que le fue colocada en la peana que la sostiene, y que se le colocara con posterioridad a su hallazgo, en algún momento anterior a 1766.
La cabeza de la Virgen de la Caridad está confeccionada de una especie de pasta vegetal o de maíz. Este dato fue corroborado por el arzobispo emérito de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice, principal artífice de la restauración realizada a la imagen en 1982. Al respecto monseñor Meurice refirió: “Se trabajó con sumo cuidado en el rostro, su pequeño rostro que parece estar confeccionado por una pasta de maíz, material éste muy usado en aquella época en América para confeccionar imágenes… una pasta que se vuelve tan dura como la madera o más. El tronco es de madera, los brazos llegan hasta media pierna, esa es la imagen, de ahí seis varillas que están incrustadas al tronco y descansan en la base”.
El rostro de la Virgen de la Caridad es hermoso y de líneas finas, de un color moreno claro. Como dato distintivo y peculiar la imagen ostenta en su frente un diamante, símbolo, quizás, de una estrella, según opinión de Fernando Ortiz. Este brillante, que se encuentra en la epidermis frontal de la imagen, casi donde comienza el cabello, es algo distintivo de ella; el mismo no se encuentra engarzado en la corona sino que se halla libre. Esta peculiaridad iconográfica no es común observarla en otras imágenes de María. Es un elemento más bien propio de la tradición de los pueblos orientales y no de la católica (tanto la latina como la ortodoxa). ¿Lo poseía la imagen primitiva o la presencia de este elemento es resultado de un proceso aglutinador criollo?
No lo podemos afirmar. Sin embargo, este diamante ya se encontraba en la frente de la
Virgen cuando se produjo el robo sacrílego en 1899. También se observa en el primer grabado (corroborado hasta el momento) que se conserva de la Virgen de la Caridad, realizado por el capellán Julián Bravo en 1766. Este dibujo resulta de singular importancia, pues sirve de referencia para garantizar las características iconográficas originales de la Virgen del Cobre de cara a las eventuales transformaciones que se pudieran objetar, sobre todo después de la destrucción casi total de la imagen en el robo de 1899, y su posterior restauración.
Otro dato distintivo de la imagen cobreña son sus manos. Desde las primeras descripciones de ella –incluída la de Juan Moreno, existe unanimidad con respecto a la presencia del Niño Jesús en su mano izquierda. No hay acuerdo, sin embargo, en cuanto a la existencia de la cruz que porta. No obstante, fuese una cruz, un cetro u otro aditamento, de lo que sí no existe duda alguna es que la imagen primitiva tenía algo en su mano derecha.
Así lo confirma en 1703 el capellán Onofre de Fonseca: “cuando se apareció esta divina Señora traía en la mano derecha una señal o agujero igual al que tienen los crucifijos en las suyas: novedad que notándola el ermitaño Melchor de los Remedios… sin consultar a nadie, llamó a un pintor que estaba avecindado en el mismo pueblo, de apellido Méndez, e hizo que este le tapara dicho agujero”. Especifica el capellán Onofre de Fonseca que Francisco de Peón de Orozco, canónico de la Catedral de Santiago de Cuba, increpó el hecho diciendo: “en estos asuntos no debió tan ligeramente haber procedido, sin dar parte a quienes podían determinar en ellos”. En la misma línea el capellán Julián Bravo expresa que al producirse el hallazgo de la imagen de la Virgen en Nipe “en la mano derecha trajo, a la manera de Santo Cristo, medio a medio de la palma, un agujero, algunos por esta causa la llaman ‘la manirrota’.”

Será la semiluna infraversa (con las puntas hacia abajo) que aparece en la base de la peana –presente ya en el dibujo de Julián Bravo, 1766–, el signo distintivo de la Virgen de la Caridad. Durante los 400 años transcurridos desde su hallazgo, los pintores y artesanos han colocado al Niño Jesús unas veces en el brazo izquierdo de la Virgen, y otras en el derecho. Algo similar ha ocurrido con la cruz, obviándola en ocasiones. La semiluna constituye uno de los símbolos más genuinos de la Virgen del Cobre. Bástenos hacer un dibujo a mano alzada consistente en una especie de triángulo con un círculo encima, y nadie sabrá qué cosa es; pero, si a ese dibujo le añadimos una semiluna infraversa en la base del boceto triangular, cualquier cubano reconocerá en él a la Virgen de la Caridad del Cobre. Muchos diseñadores han realizado logotipos de la Virgen basados precisamente en este diseño, incluso el propio logotipo del cuatricentenario no se aleja mucho de él.
Salvo un minoritario grupo de imágenes marianas que presentan la luna en posición infraversa, la mayor parte de las representaciones tradicionales de la Virgen María que ostenta la luna a sus pies –según la visión del Apocalipsis– es en forma supraversa, es decir, con las puntas hacia arriba, generalmente en fase de cuarto creciente. La propia Virgen de la Caridad de Illescas luce el símbolo lunar de modo supraverso. Así, en las famosas Inma-culadas de Murillo las semilunas aparecen en una posición de creciente montante: la Virgen se nos presenta con un pie sobre la luna supraversa, mientras que el otro aplasta la cabeza de una serpiente –según la profecía del Génesis–.
La colocación de semilunas a los pies de la Virgen (aún de modo supraverso), si bien lo observamos en alguna que otra imagen antigua, no será hasta el año 1571, con la victoria de Lepanto, que alcanzará su máxima difusión como señal iconográfica de la
Imagen de la Virgen de la Caridad con los ornamentos que luce en la actualidad.
Grabado de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (Julián Joseph Bravo, 1766).
victoria de las tropas cristianas contra los turcos, cuyo principal emblema es precisamente el semilunar. Recordemos que cuando Constantinopla cae en mano de los otomanos en el año 1453, el primer acto que realiza el ejército turco, como señal de victoria, es quitar la cruz que la emblemática Catedral de Santa Sofía de Constantinopla ostentaba en su cúpula, para colocar en su lugar una semiluna, la cual se ha mantenido intocable hasta el día de hoy.
Ni la heráldica ni la imaginería católica tradicional, explican la razón de la luna invertida observada en la base de la Virgen de la Caridad del Cobre. Tampoco lo hace la visión del Apocalipsis, que se limita a referir la visión de “una mujer vestida de sol con la luna a sus pies”; pero no especifica su posición. Hay un dato matemático, o astronómico, para ser más exactos (no es histórico precisamente ni tampoco de carácter simbólico o alegórico), de que la visión de una mujer vestida de sol con la luna a sus pies –es decir una conjunción del sol y la luna al unísono– sólo permitiría observar la luna, desde la tierra, en forma de semiluna infraversa, tal y como la que ostenta en su peana la Virgen de la Caridad del Cobre.
Más allá de estas quintaesencias matemáticas, la posición infraversa de la semiluna de la Virgen de la Caridad bien pudiera explicarse a partir de las influencias animistas indias o africanas, no olvidemos que los juegos de pelota de los indocubanos eran ritos lunares, hecho que se observa también en otras culturas precolombinas. Entre los aborígenes cubanos no era raro que los caciques utilizaran como Guanín (accesorio mágico-religioso) diversas piezas metálicas ornamentales, consistentes en una aleación, en forma de media luna balanceada en su medio (con las puntas hacia abajo para que pudieran balancearse). Estaban compuestas en un 80 por ciento de oro, y en un 20 por ciento de cobre. Este Guanín también se utilizaba en las iniciaciones místicas de los aborígenes mesoamericanos y sura-mericanos. Poseerlo anunciaba la virtud de su dueño, el conocimiento de los secretos de la comunicación con la naturaleza y el dominio de las fuerzas mágicas.
De ahí que la visión de la Virgen sobre una semiluna infraversa –que dada su desproporcionada forma y tamaño bien podría asociarse a un Guanín– pudiera ser interpretada por los indígenas como señal de supremacía. De este modo, el Hijo y la cruz que ella les ofrece son vistos por encima de sus deidades, principalmente sobre Atabex (o Atabey), a quien vinculaban con la luna y reconocían como dueña de las aguas. Según la cosmovisión indígena, la posición de la Virgen, de pie sobre la luna, personificaba el triunfo de María sobre Atabex, diosa madre del ser supremo indígena. El detalle iconográfico de la semiluna infraversa bien pudiera explicar, en consecuencia, la rápida asimilación y propagación de la devoción a la Virgen de la Caridad entre nuestros aborígenes, populosos en el Hato de Barajagua y sus alrededores, pues les hablaba “en su propio idioma” (algo similar ocurrió con la Virgen de Guadalupe en México).
Desde el punto de vista de la tradición africana, Fernando Ortiz refiere el criterio de un anciano negro de 107 años de edad, Ta-Francisco, perteneciente a la sociedad local africana “la divina Caridad”, quien afirmaba que “la Virgen del Cobre aparece sobre una luna con las puntas hacia abajo, porque la Virgen del Cobre tiene más potencia que la luna”. Además el Ta-Francisco refiere que este concepto lo tiene desde su niñez, “en cuya época era conocido por todos sus compañeros”. Otra opinión, recogida también por Fernando Ortiz, se hace eco de la tradición que refiere que “cuando se apareció la Virgen, la tempestad cesó. Ya la Virgen apoyaba sus pies en el arcoiris. No hay pues tal luna con las puntas hacia abajo. Se trata sencilla y lógicamente del arcoiris que aparece después de la tormenta y que la Virgen tomó como base, por ser el lugar más luminoso de aquel oscuro espacio”.

VI
Llegados a este punto y siguiendo el método socrático o de demostración lógica de una indagación, tenemos que:
1. El hallazgo en 1612 de una imagen de la Virgen María flotando en Nipe, la cual fue recogida por dos indios y un niño negro esclavo, no es algo que entre en el terreno de la tradición, de la leyenda o del mito, sino que la historicidad del hallazgo (más allá de la intríngulis del origen de la imagen en sí misma), es un hecho históricamente documentado.
2. De igual modo, la presencia del capitán Sánchez de Moya, natural de Toledo, al frente de las minas de El Cobre, es un hecho avalado por cédulas reales y otros documentos.
3. Si lo anterior es cierto, se desprende que sea a Sánchez de Moya a quien se le encomiende la construcción de la iglesia parroquial de El Cobre, y que él mismo se tome la prerrogativa de construir y/o autorizar la edificación de una ermita a la Virgen María, bajo la advocación toledana de Nuestra Señora de Illescas.

4. Si en realidad Sánchez de Moya era el administrador de las minas, se explica que cuando subordinados suyos se enfrentan, contra toda previsión, al hecho del hallazgo en Nipe, éste les ordene que la imagen hallada sea trasladada a El Cobre, territorio bajo su jurisdicción.
5. Si este traslado se concretó, ello evidencia que el mismo se realizó con el beneplácito de Sánchez de Moya y de las autoridades eclesiásticas; la imagen fue nominalmente referida como Virgen Santísima, Divina Señora de la Caridad, Nuestra Señora, u otros apelativos homólogos.
6. Si estas denominaciones primigenias, recogidas por los documentos de la época (conservados en el Archivo de Indias de Sevilla) son históricamente ciertas, ello es señal de que la imagen hallada no fue aclamada nominalmente como Nuestra Señora de Illescas, presente ya en la ermita del Cerro. De esta manera, se justifica la inexistencia de informes históricos que expresen que Sánchez de Moya exultó de júbilo (como hubiera sido de esperar si la imagen nipense fuese la advocación de su natal Toledo); evidencia de que el hallazgo no fue considerado ni reverenciado por él (ni por ningún ibérico) como un “milagro”, un “prodigio” o una “gracia” de Nuestra Señora de la Caridad de Illescas.
7. Si lo anterior es cierto, entendemos porqué las fuentes hablan siempre de “Hallazgo de la Virgen de la Caridad” en Nipe, y nunca de “Hallazgo de la Virgen de la Caridad de Illescas en aguas cubanas”.
8. Si esas fuentes son dignas de crédito, entendemos porqué los primeros capellanes de la Virgen nipense describen la devoción hacia ella como algo propio de indios y negros, “los más esclavos de Su Majestad”, lo cual permite inferir que la advocación nipense no era reverenciada por los españoles.
9. Si ello es cierto, la identificación u homologación de la Virgen de la Caridad hallada en Nipe con la toledana Virgen de la Caridad de Illescas carece de fundamentos históricos. Enunciar lo contrario, más allá de las opiniones expresadas por algunos autores en el siglo XX (particularmente después de la substancial transformación iconográfica realizada a la Virgen de Illescas en el año 1884), requeriría, más que enunciados u opiniones subjetivas, pueblas objetivas que propugnen un diálogo serio con la historia que dé como resultado la impugnación, refutación e invalidación histórica de los protocolos y autos notariales conservados en el Archivo de Indias de Sevilla.
10. En virtud de lo precedente, dado que para cualquier temática es posible urgir razones en pro y en contra, invitamos, antes de rubricar cualquier conclusión, a una reflexión basada en la racionalidad y la objetividad científica e histórica.

VII
¿Cuál es, pues, el origen de la imagen hallada en la bahía de Nipe?
Al respecto hay tres variantes, que los estudiosos han identificado como “las tres hipótesis”.
1. Un celestial portento (la hipótesis de la aparición inexplicable).
2. El origen hispano (la hipótesis del origen español).
3. Una imagen aglutinadora de los elementos indígenas, africanos e hispanos (la hipótesis del origen autóctono).
Con respecto a la primera variante, al celestial portento, ello constituye algo metahistórico sobre lo cual nada podemos afirmar o negar absolutamente, máxime si tenemos en cuenta que estamos hablando de un hallazgo y no de una aparición. De ahí que la intríngulis de lo que realmente ocurrió –previo al momento de su hallazgo en la bahía de Nipe– sea una realidad que, dada la propia materialidad de la imagen, no podemos aseverar ni refutar (condicionante válida también para la segunda y tercer variantes).
Con respecto al origen hispano –segunda variante– es innegable su influjo. España siempre ha sido una tierra fecunda con respecto a la devoción mariana, no en balde muchos la han catalogado como la tierra de María. De los misioneros españoles se recibió en Cuba, como en el resto de la América hispana, la fe en Cristo y la devoción a su Santa Madre. Sin embargo, una cosa es la fe recibida y otra bien distinta lo constituye la afirmación de que la imagen de la Virgen del Cobre haya sido elaborada en la península ibérica, en Flandes o en Alemania, como algunos han afirmado, incluyendo el propio Fernando Ortiz, quien menciona nominalmente estos tres países. No obstante, ante la hipótesis del origen europeo de la imagen tenemos el agravante del material usado en la confección de su rostro, el maíz u otro vegetal, algo exclusivo de las culturas precolombinas (aparte de que el maíz no es oriundo de Europa), así como otros elementos distintivos, dígase el diamante de la frente, la casi circular semiluna infraversa observada en el dibujo de Bravo, y otros elementos que son más bien propios de la tradición indígena, e incluso de la africana, que de las procedentes de otras latitudes.
La Virgen de la Caridad del Cobre no es, pues, un mero traslado a Cuba de la devoción a Nuestra Señora de Guía Madre de Dios de Illescas. Primero, porque no coinciden las características iconográficas que ostentaba la Virgen de la Caridad de Illescas en 1612 con las que presenta la Virgen del Cobre en el momento de su hallazgo; segundo, porque los propios españoles, incluyendo el toledano Francisco Sánchez de Moya (y las autoridades eclesiásticas), nunca vieron en la imagen cobreña una copia (ni siquiera figurada) de la illescana, relegándola a una devoción propia de indios y negros. Tercero, porque la Virgen de la Caridad del Cobre y la Virgen de la Caridad de Illescas, salvo la genérica y extendida advocación de “La Caridad”, sólo coinciden en la actualidad (siglos atrás ni siquiera en ello) en la forma casi triangular del manto, modificado en más de una ocasión, tanto en una como en la otra, pero particular y pronunciadamente en la de Illescas (sobre todo a partir del siglo XVII). Y por último, la existencia del Niño Jesús en su brazo izquierdo, elemento que nada dilucida, pues ello es común en las imágenes marianas e, incluso, la representación de la madre con el hijo en brazos no es algo exclusivo del cristianismo, sino que se observa también en otras religiones, algunas de ellas politeístas (baste citar a la Isis egipcia).
VIII
La Virgen de la Caridad del Cobre, para ir concluyendo, no es, pues, ni india, ni africana, ni hispana... Aunque, paradójicamente, indios, negros y blancos se sienten representados en ella, como fusión mística que da lugar a una realidad nueva y autóctona, una realidad que nace de una identidad enraizada y originaria, una espiritualidad nueva: la criolla, la cubana. Desde el instante de su propio hallazgo la Virgen de la Caridad es cubana, antes de que exista Cuba como nación.
No olvidemos que la elección de cuáles serían nuestros símbolos patrios fue algo pugnado en su momento, sin excluir de esa pugna cuál sería nuestra propia enseña nacional, algo dilucidado sólo en la Asamblea de Güaimaro, más por acuerdo que por convencimiento. Sin embargo, el reconocimiento, la génesis misma de quién sería la Patrona de Cuba –y esto debemos enfatizarlo bien– no fue algo que provino de la Iglesia, sino del pueblo cubano. No fue la metrópoli española, no fue el Patronato Regio, ni mucho menos la Iglesia Católica, quienes impusieron a los cubanos la veneración a la Virgen de la Caridad del Cobre, sino todo lo contrario: fue el pueblo quien interiorizó, hizo suya e “impuso” esa veneración. Bástenos retornar al inicio y ver que serán los veteranos de nuestras Guerras de Independencia, y no la Iglesia, quienes piden a la Sede Apostólica que la Virgen de la Caridad del Cobre fuera declarada Patrona de Cuba, sabedores de que bajo su maternal manto se resumían las aspiraciones más nobles de todos los cubanos.

*Conferencia pronunciada en el VI Evento Nacional de Historia: “Iglesia Católica y nacionalidad cubana”. Camagüey, 10 de junio de 2011.
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