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SEGMENTO

Contingencia y Racionalidad

Contingencia y Racionalidad
Por Nelson O. Crespo ROQUE

“Dios dispone todo con medida,
número y peso…”

Sab 11, 20


Albert Einstein afirmaba que la ciencia supone dos actos de fe:

. El primero de ellos en la objetividad de la verdad.
. El segundo, en la cognoscibilidad de la realidad que nos rodea, lo cual implica que ella está ordenada conforme a la razón.

Sin estas premisas, el proceder de las ciencias empíricas o aplicadas sería un sin sentido, no olvidemos que su método hipotético-probatorio se sustenta en el estudio de patrones que permiten descubrir y enunciar, aun cuando existe un Principio de Incertidumbre, leyes que en su campo de acción van a ser infranqueables en un espectro casi total.

Si el hombre puede, con la inteligencia reflexiva y abstracta que le es propia, acercarse a desentrañar los secretos de la naturaleza que le rodea, del Universo en su conjunto, es porque en el Universo está desplegada y manifestada una racionalidad, una sabiduría, que permite que pueda llegar a ser cognoscible y estudiable.

Sobre esto hay convergencia de criterios, de ahí que se escuchen expresiones como: “la naturaleza es sabia” o “la sabiduría de la naturaleza”. Por eso, la real manzana de la discordia no lo va a constituir la racionalidad o la complejidad manifestada en el Universo en general, o en un organismo vivo en particular, dígase una ameba o un primate, sino la intríngulis de esa racionalidad.

Al respecto hay dos opciones que, aunque matizadas, se pueden definir:

1. La primacía de la irracionalidad, del puro y mero azar.
2. La primacía de una racionalidad, de un orden.

La primera opción es postular como causa primera el azar, es decir, la ausencia de todo vestigio de racionalidad, la ausencia de todo vestigio de orden, para engendrar, por móviles y necesidades anónimas, unos mecanismos de autorganización y autorreplicación, unas leyes infranqueables que, sucediéndose y superándose a sí mismas, tiendan azarosamente no solo al orden, a la legalidad, a la complejidad y al fino equilibrio existente en la na turaleza, sino también a la racionalidad, incluida la inteligencia reflexiva y la civilización.

La segunda opción es postular como causa primera la existencia de una causalidad racional que le imprime al Universo un orden, una legalidad, un equilibrio. Una racionalidad que no puede ser englobada de modo panteísta con la naturaleza misma. Dicho en otras palabras: es postular la existencia de un Logos, de una Sabiduría, de una Razón Creadora, inmanente y trascendente a los múltiples procesos naturales y a la Creación misma. Un “Ser” al que la fe refiere con la palabra “Dios” y que confiesa, no solo como Principio y Causa Primera, sino también como Aquel por el cual el Universo es, y es como es.

Estas dos “opciones” las resume el Papa Benedicto XVI con las siguientes palabras: “O se reconoce la prioridad de la razón, de la Razón Creadora que está en el origen de todo y es el principio de todo (...) o se sostiene la prioridad de lo irracional, por lo cual todo lo que funciona en nuestra tierra (...) sería ocasional, marginal, un producto irracional; (de modo, que) la razón (misma) sería un producto (más) de la irracionalidad (…) En definitiva, no se puede probar (en un laboratorio) uno u otro proyecto, pero la gran opción del cristiano es la opción por la racionalidad y por la prioridad de la razón”.

CAUSA-EFECTO

El hombre de ciencia sabe que idénticos efectos, en idénticas circunstancias, presuponen idénticas causas. Por esto, para definir la relación que existe entre contingencia y racionalidad, el primer paso consiste en establecer las condiciones por las cuales un elemento, un ente, es consecuencia de una causa que le precede.

Si observamos un elemento cualquiera de la naturaleza, digamos, un mamífero, veremos que este animal es finito, cambiante en el tiempo, o lo que es lo mismo, “contingente”. Los mamíferos en general, y cada uno de ellos en particular, necesitan para existir de múltiples factores que están más allá de ellos mismos. Por ejemplo: sus progenitores le dieron la vida, necesitan alimentos y agua para vivir, necesitan aire para respirar, etc. Todo mamífero para poder ser depende de otros elementos que le preceden y que hacen posible su existencia. Esto es lo que quiere decir ser “contingentes”.

Albert Einstein. Foto tomada en La Habana, 19 de diciembre de 1930.
Albert Einstein. Foto tomada en La Habana, 19 de diciembre de 1930.

De este modo, si todos y cada uno de los elementos de la naturaleza son interdependientes unos de otros (de ahí el fino y frágil hilo que hilvana su equilibrio), siguiendo el principio causa-efecto, al extremo de la cadena es imprescindible la existencia de un elemento que no sea condicionado por el exterior, ni dependa de otros elementos para existir. Este elemento no podría ser, como es lógico, un elemento mutable en el tiempo (contingente); de modo que sea, no solo soporte de todo cuanto existe (elemento “necesario”), sino también, al no depender de otros elementos para poder ser, posea en sí mismo la razón de su existencia (elemento “absoluto”).

Así pues: “contingente es (usando palabras de Santo Tomás de Aquino), lo que puede ser o no ser… Necesario es, en cambio, lo que no puede no ser”. Ahora bien, si el espacio y el tiempo no son absolutos, sino que llegan a ser, este elemento “absoluto” no puede ser nada que exista dentro de las categorías espacio-temporales: necesariamente ha de trascenderlas. Lo anterior es válido lo mismo para un insignificante mamífero, que para un cúmulo de galaxias.

Por consiguiente, lo que hace ser o existir al Universo no puede ser algo igual al Universo mismo (o parte alguna de él); pues, dada la mutabilidad y continua evolución del Universo, ello implicaría contingencia y no necesidad (el Universo es, pero bien pudiera no ser). De este modo, si la realidad en su conjunto es un ente que “llega a ser”, la causa necesaria que justifique su origen debe ser una realidad que esté más allá de él, pues lo que sí es cierto es que el Universo no pudiera (aún en sus etapas más primitivas) operar sin antes existir.

 

COSMOGÉNESIS

Según las teorías cosmológicas vigentes en la actualidad, la génesis “estudiable” del Universo (y acotamos “estudiable”, pues la Física solo puede remitirse en el tiempo hasta llegar al llamado “tiempo de Planck”, 10 -43 segundos), la debemos sondear en la aparición de la materia inerte a partir de lo que se ha venido en denominar una “singularidad” o “único punto matemático”, un “punto de inoperancia” de los elementos, para, desde el “no-tiempo”, llegar al “tiempo de Planck”, y, de él, a este multifacético Universo en continuo desarrollo y evolución.

La Radiación de Fondo de Microondas que surca el espacio (3°K, unos -270°C ), va a constituir una realidad solo explicable desde los postulados del Big Bang, constituyendo una especie de eco del “instante” en que aparece en la escena cósmica el espacio y el tiempo, la materia y la energía.

El Big Bang es postulado por los astrofísicos como la aparición, en medio de un “vacío absoluto”, de un “punto” único de máxima potencia. En el mismo instante de su aparición, este “punto”, en el que se encontraba contenida toda la materia, el espacio, la energía y el tiempo, estalló esparciendo su contenido en todas direcciones (no es que los elementos se esparzan y alejen unos de otros “a través” del espacio, sino que es el propio espacio-tiempo el que se expande, y, con este, los elementos en él contenidos). El tiempo, por tanto, tuvo un principio. Pero, ¿por qué podemos afirmar que el tiempo ha tenido un principio?

Según la Teoría General de la Relatividad , en el “instante” que llamamos Big Bang, el Universo se encontraría en un estado de “volumen cero”. Su densidad alcanzaría, por tanto, un valor infinito, al igual que la curvatura espacio-tiempo. Ese “punto” es lo que se conoce como una “singularidad” o “único punto matemático”; y se acota “matemático”, por la sencilla razón de que en este el propio espacio está contenido (de ahí que aún no “opere”), de modo que no podamos hablar de dimensiones “físicas” o “geométricas”.

Ahora bien, las matemáticas no pueden manejar números infinitos, por lo que la Teoría General de la Relatividad predice que debe existir un “punto” en el Universo donde esta teoría no tiene consistencia. En realidad casi toda teoría científica está formulada bajo la suposición de que el espacio-tiempo es uniforme y casi plano, de modo que ninguna es capaz de sobrevivir en un punto como el descrito. La “singularidad” será, pues, un “punto” en el que el espacio y el tiempo desaparecen (no es que se hagan cero, sino que, como tal, son inoperantes).

Pero, en el instante anterior al Big Bang (si es que se puede hablar de “instante”, puesto que el tiempo aún no opera), no existe Universo alguno y se mantienen latentes las mismas preguntas que se ha formulado el hombre de generación en generación, aunque ahora en un eslabón anterior de la cadena: ¿cuál es la Causa Primera de la existencia del Universo?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?

Estas preguntas exceden las ciencias empíricas en cualquiera de sus campos, pues antes de la llamada “singularidad” o “único punto matemático” (más aún, entre esa “singularidad” y el llamado “tiempo de Planck”), no existe objeto de estudio afín a ellas; sería como cuestionar a la Biología acerca de lo anterior a la vida, en cualquiera de sus facetas.

¿Es acaso este el instante en el que las ciencias empíricas y la fe se levantan de sus asientos y bailan el vals de la concordia?

Ciertamente no. Dios no debe ser ubicado a modo de tapón en los huecos que nuestros conocimientos no pueden aún llenar, pues no se trata únicamente de saber cómo o cuándo ha surgido materialmente el Universo, sino, además, de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, por un destino ciego, por una necesidad anónima, o bien por un Logos, por una Racionalidad Creadora, inmanente y trascendente al Universo mismo.

A partir de esto se han postulado dos consideraciones: primero, considerar el Universo como un ente “objeto” que llega a ser. Segundo, la consideración del Universo como “no objeto”, es decir, como autocontenido.

UNIVERSO “OBJETO”

No siempre las corrientes cosmológicas contemporáneas convierten al Universo en un objeto causado; es decir, no remiten necesariamente al Logos de la Teología natural. Para Francisco Soler Gil, por ejemplo, existen cuatro modos en los que se ha intentado relacionar la cosmología con la Teología natural, aunque con desiguales y no siempre felices resultados. El primer modo ha sido postular una especie de concordismo; el segundo, considerar el inicio temporal del Universo como Creación; el tercero, la consideración de las peculiares condiciones iniciales del Universo y, el cuarto, el llamado Principio Antrópico.

Estos cuatro modos muestran la consideración del Universo como inteligible y bajo la categoría “objeto”; no autosuficiente, sino dependiente en su existencia de un elemento ajeno a él a modo de causa eficiente o necesaria. El punto central de esta argumentación lo va a constituir la consideración de que todo objeto tiene una causa y que el Universo en su conjunto es un objeto. Si hubiera dentro del Universo mismo otro objeto que pudiera ser causa del “objeto Universo”, no habría razón alguna para negar, a su vez, otra causa de esa causa, y así sucesivamente hasta el infinito.

Pero veamos por separado cada una de estas consideraciones:

1. La primera sería la postulación de una especie de “concordismo”, según el cual la cosmología describiría una cosmogénesis semejante a la relatada en el Génesis bíblico; por lo que la colaboración entre cosmología y Teología sería unísona. Según esta postura no se aceptarían cosmologías que no tomaran el inicio temporal del Universo como absoluto, además de que implicaría considerar el aforismo bíblico de la creación como una narración unívoca y literal.

Ahora bien, en esta perspectiva subyace un grave error: la suplantación de planos y metodologías de estudio; olvidando que “génesis del Universo” y “creación divina” son planos distintos que no debemos suplantar, ni excluir; aun en el caso en que se presente un tipo de cosmogénesis que es incompatible con la admisión de la Creación , o una forma de creacionismo (enarbolada por grupos fundamentalistas), que es incompatible con las teorías que en la actualidad explican la génesis del Universo.

2. Una segunda perspectiva sería considerar el “inicio temporal” del Universo como “creación”. Esta perspectiva entraña un grave problema: confundir “Creación” con “origen temporal” y así olvidar que el término “creación” tiene dos acepciones:

Manuel Carreira Verez, sj.
Manuel Carreira Verez, sj., licenciado en Filosofía y Teología, doctor en Astrofísica, colaborador en investigaciones para la NASA y asesor del Observatorio Vaticano
. Primera acepción: Creación, no “desde” sino “de la nada” ( creatio ex nihilo ); es decir, lo que da inicio absoluto, inicio ontológico, a algo existente. El “desde” refiere un precedente espacio-temporal, un “antes”, que pasa por alto el hecho de que el tiempo no es un elemento absoluto en sí mismo, sino que, junto al espacio, la materia y la energía, llega a ser.
. Segunda acepción: Creación como manifestación de lo que está dado y opera en algo existente; de modo que podemos denominar “creación” a todo cuanto existe

La primera acepción se adentra en el campo de la Metafísica , de la Filosofía. La segunda, en el de las ciencias empíricas, y siempre se deberá precisar en qué sentido se usa el término “creación” y qué alcance y significado se le da.

3. Una tercera perspectiva sería aquella en la cual la cosmología muestra unas peculiares condiciones iniciales que permitieron la aparición de las estructuras posteriores del Universo, perfectamente ajustadas, como siguiendo un meticuloso plan. Sin embargo, en esta postura se pasa por alto el hecho de que no todas las condiciones iniciales del Universo implican el Universo actual.


4. La cuarta perspectiva es el llamado Principio Antrópico, según el cual el Universo está diseñado para hacer surgir observadores racionales en su interior, ya sea porque el despliegue del Universo siguió una trayectoria muy clara que hizo posible primero la vida y luego los observadores inteligentes (principio antrópico débil), o porque desde el inicio estaba marcado inexorablemente el surgimiento de observadores racionales en el Universo (principio antrópico fuerte).

PRINCIPIO ANTRÓPICO

¿Por qué tiene el Universo determinadas propiedades? ¿Por qué el Universo es tal que permite que existan seres racionales?

Estas preguntas, al no tener una respuesta o una comprobación de tipo experimental, salen del campo de la Física , y de cualquier ciencia que estudie la materia, pues, en rigor, ellas van orientadas a ahondar en la operatividad de una materia, ya existente, con las propiedades que experimentalmente se perciben operantes en ella.

¿Es lícito afirmar que la existencia de seres racionales es la finalidad del Universo? No existe ningún instrumento que permita medir experimentalmente la categoría “finalidad”, ni esta puede englobarse en una ecuación matemática. ¿Cómo se puede entonces inferir la existencia de una finalidad?

El doctor Manuel Carreira, sj, pone al respecto el siguiente ejemplo: yo puedo tener un vaso en la mano. ¿Cómo puedo inferir para qué está hecho? No basta con que se le dé el vaso a un físico. Un físico no puede demostrar que un vaso esté fabricado para contener un líquido, en lugar de estar hecho para servir de maceta o para poner bolígrafos sobre una mesa. ¿Cómo podemos entonces conocer la finalidad de un vaso? La única forma lógica de hacerlo es estudiar las consecuencias de que ese vaso exista y determinar qué ocurriría si no fuese así. Pues bien, esto mismo es lo que han hecho los físicos al formular el Principio Antrópico (y han sido físicos, no filósofos, los que se han preguntado acerca de las características del Universo con relación al hombre y lo han formulado).

Por esto podemos preguntarnos: ¿qué ocurriría si el Universo tuviese una masa mayor de la que tiene? Se considera que la masa del Universo en términos físicos es de aproximadamente 10 56 gr. ¿Qué ocurriría si en lugar de esta fuese 10 57 , o qué ocurriría si fuese 10 55 ? Cuando se calculan las consecuencias de este cambio, se llega a una conclusión inapelable: simplemente no estuviéramos aquí.

Cuando se estudian partículas elementales se observa que el protón, que es la unidad de carga positiva, tiene la misma carga que el electrón; pero el protón es mil 836 veces más pesado que el electrón. ¿Por qué? ¿Qué ocurriría si en lugar de mil 836 fuese 2 mil o mil 500?: no estuviéramos aquí.

En Física se habla de cuatro fuerzas, y sólo cuatro. Toda la Física tiene que explicarse como la actividad de cuatro fuerzas: la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil. Si se compara la fuerza electromagnética con la fuerza gravitatoria resulta que la fuerza electromagnética entre dos electrones que se repelen, pero que se atraen por fuerza gravitatoria, es aproximadamente 10 40 veces más intensa la repulsión que la atracción. La fuerza electromagnética es increíblemente más potente que la fuerza gravitatoria. ¿Podríamos cambiarlo y que fuera 10 41 o 10 39 ?: No estuviéramos aquí.

Y una vez que hemos visto las propiedades de la materia en lo más grande: la masa del Universo, la fuerza gravitatoria (que es la que estructura las galaxias); y hemos visto la fuerza electromagnética (que es la que produce átomos, moléculas, estructuras vivientes), y comparamos esas fuerzas con la fuerza nuclear, que es la que permite que existan elementos corno el carbono, el oxígeno, el hierro, el calcio, todos los cuales son necesarios para la vida, podemos preguntarnos por el planeta Tierra y su estrella Sol.

Nuestro Sol es una estrella un poco mayor que la mayor parte de las estrellas. Pero, ¿qué ocurriría si tuviese un 10 por ciento más de masa? No estuviéramos aquí. ¿Y si tuviera un 10 por ciento menos de masa? Tampoco estuviéramos aquí. ¿Y si el planeta Tierra estuviese a una distancia del Sol un 10 por ciento más cerca o más lejos? Tampoco estuviéramos aquí. ¿Y si la Tierra tuviese un 10 por ciento más de masa? Tampoco estuviéramos aquí. ¿Y si no hubiese Luna?: no estuviéramos aquí, etcétera, etcétera, etcétera.

De modo que la variedad de constantes que hay en el Universo nos inducen a decir: realmente estamos hoy aquí porque el Universo opera meticulosamente, con unos ajustes y con una exactitud extraordinaria.

¿Y por qué el Universo opera así? ¿Por casualidad? ¿Por azar? Decir que es por casualidad, decir que es por puro y mero azar, es lo mismo que decir que es “porque sí” (y “porque sí” es la más irracional y anticientífica de las respuestas).

La “casualidad” en el campo de las ciencias empíricas o aplicadas solamente tiene una manera de calcularse: se calculan las probabilidades de que algo pueda ocurrir de una u otra manera, y entonces se afirma que algo ocurre de una u otra forma, con mayor o menor frecuencia, con mayor o menor probabilidad. Ahora bien, esto no es aplicable al Universo. ¿Por qué?

En primer lugar, porque no existen dos, tres, cuatro o diez universos para realizar comparaciones entre ellos y ver si sus propiedades y constantes aparecen o desaparecen espontáneamente: nuestro Universo es único.

En segundo lugar, el azar no es una categoría física, él no explica, predice o corrobora nada, por lo que no podemos recurrir a él desde las ciencias empíricas para explicar físicamente la existencia del Universo. Además, cuando solo hay un objeto, cuando solo hay una variable matemática, como es el Universo, no es posible realizar un cálculo de probabilidades.

Entonces, ¿qué queda? Pudiéramos decir que el Universo es como es por una decisión finalística en la que el Creador, que es responsable de que el Universo exista, crea con un fin, y el fin lo podemos inferir precisamente de toda esa serie de ajustes que permiten que los seres humanos existamos y que estemos hoy aquí.

De ahí que la racionalidad manifestada y operante en el Universo permita que un ser racional, que procede de él, pueda conocerlo (es por esto que la ciencia “funciona”). Si el hombre está constituido por un proceso evolutivo, no es un ente extraño a aquello de donde procede. Debe darse reciprocidad. Y esto es precisamente lo que afirma el Principio Antrópico: el Universo tiene que estar hecho de tal manera que se corresponda con la dotación racional y cognoscitiva del hombre, pues este procede de él.

UNIVERSO “NO OBJETO”

En la cosmología contemporánea también se postulan modelos que hacen del Universo un elemento “no objeto”, es decir, sin fundamento externo o causa necesaria de su existencia, como una especie de entidad autocontenida sin causa exterior. Uno de los principales abanderados en la actualidad de esta consideración es Stephen Hawking.

Según esta perspectiva, el Universo no tendría su inicio en una singularidad original, ni un detonante de inicio ontológico externo al Universo en sí. Para Hawking la no necesidad de un “elemento causal”, independiente del Universo, sería patente en un Universo que se explicara a sí mismo. La condición de posibilidad de establecer un Universo autocontenido, autosuficiente y autoexplicable, radicaría –según Hawking– en la suposición de que puede explicarse la creación o aparición del Universo a partir de una supuesta “nada”, tomando como tal el vacío cuántico.


Doctor Stephen Hawking, titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge, Reino Unido
Doctor Stephen Hawking, titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge, Reino Unido

Ahora bien, el modelo de Universo “sin fronteras” de Hawking, requiere para su formulación de un concepto matemático llamado “tiempo imaginario”, tiempo que no es aquel en el que está confinado nuestro “universo experimentable”, en el que siempre habrá una singularidad, un comienzo del tiempo.

Al respecto Hawking precisa en su obra Historia del tiempo : “Cuando volvemos al tiempo real en el que vivimos, sin embargo, aún parecerá haber singularidades... En el tiempo real el Universo tiene un comienzo y un fin en singularidades que forman una frontera del espacio-tiempo y en las cuales las leyes científicas dejan de funcionar…”. Solo si nos movemos en un tiempo imaginario encontraremos que no hay singularidades. Y aquí Hawking expresa el quid del asunto.

Quienes afirman el nacimiento espontáneo del Universo utilizan ideas que recuerdan el espacio y el tiempo absolutos de Newton, quien propuso que estos existían separados de la materia. En los últimos años se ha postulado, sin embargo, que la materia primitiva pudo surgir a partir de estructuras espacio-temporales, y que estas estructuras pudieron aparecer a partir de fluctuaciones del vacío cuántico.

En la ciencia existen “paradigmas” (algunos especialistas como Mariano Artigas lo han denominado “modas ”), que suelen estar respaldadas por el prestigio de algunos científicos o por el éxito de una teoría. Una de las “modas” más conocidas fue la idea del espacio y el tiempo absolutos de la Física de Newton. Duró más de dos siglos (es en la que se sustentan las corrientes materialistas que florecieron en el siglo xix , por ejemplo la Filosofía marxista), y su realidad fue aceptada, con algunas excepciones, hasta que en el siglo xx la Relatividad de Einstein mostró que se trataba de ideas no correctas. Ahora se ha puesto de moda hablar de las implicaciones que la Cosmología cuántica pudiese tener con respecto a la creación del Universo. Es un paradigma que tiene puntos en común con el espacio-tiempo absolutos de Newton, en el que se atribuye una cierta realidad a las estructuras espacio-temporales.

Esto parecería estar avalado por la Relatividad General de Einstein, que presupone una cierta “geometrización” de la Física , aún cuando las realidades físicas no se pueden reducir rígidamente a conceptos geométricos, pues, si bien es cierto que Einstein sustituyó teóricamente las fuerzas por la curvatura del espacio-tiempo, se trata de una estratagema eficaz y legítima, que nada tiene que ver con la reducción de la Física a la Geometría ni con la existencia de un espacio-tiempo sin materia.

Por otra parte, el “vacío” que estudia la Física no tiene relación alguna con la “nada”. La “nada” es un término metafísico, no físico. En Física no podemos hablar de “la nada”, pues saldríamos de su campo de estudio (si no hay nada, no hay Física). Lo que la Física llama “vacío” es el estado en que se encuentra una zona del espacio después de extraer de ella la materia en estado sólido, líquido o gaseoso, y las radiaciones.

No obstante, si bien el progreso técnico permite obtener vacíos cada vez más perfectos, lo que se logra no es la “nada” en sentido absoluto. ¿Cómo podría lograrse? La nada no existe como categoría física. Es un concepto que, además de no tener lugar en la Física , no puede relacionarse con experimento alguno, aun cuando existan distintos tipos de “vacío”, según las teorías y métodos empleados; por ejemplo, el vacío clásico o el vacío cuántico . ¿Cómo conseguiría un físico producir la nada, o producir algo a partir de la nada? Para conseguirlo –acota Mariano Artigas–, no hacen falta físicos, sino magos.

Por otra parte, el vacío cuántico es de todo menos vacío, en él la energía nunca puede quedar estabilizada en un valor cero, está fluctuando sobre ese valor, continuamente se están creando y aniquilando todo tipo de partículas, llamadas por ello “virtuales”, en las que el producto de su energía por el tiempo de su existencia efímera es menor que el cuanto de acción.

Dicho en otras palabras: la auto-creación del Universo se basa en dos extrapolaciones difícilmente justificables, desde un punto de vista de las ciencias empíricas. En primer lugar, las teorías físicas solo pueden ser consideradas “científicas” si sus hipótesis pueden ser sometidas al control de un experimento que corrobore de algún modo sus predicciones. Pues bien, la nada absoluta, la nada metafísica, no es, por definición, algo que pueda relacionarse con ningún tipo de experimento (ni real, ni posible), por lo tanto, se trata de una idea que cae totalmente fuera del campo de estudio de las ciencias empíricas.

Por otro lado, no se debe identificar el “vacío cuántico” de la Física con la “nada absoluta” de la Ontología. De la Relatividad General se pudiera extraer la idea de que el espacio y el tiempo pueden ser considerados estructuras independientes de la materia. Sin embargo, la Teoría General de la Relatividad lo que afirma es que las zonas donde hay materia son, desde el punto de vista matemático, regiones en las que el espacio-tiempo tienen una mayor curvatura, que serían los cuerpos materiales.

De este modo, cuando un científico postula que el Universo pudo haberse creado a sí mismo desde la “nada”, o a partir del “vacío cuántico”, no debe (ni puede) referirse en modo alguno al concepto de “nada” utilizado por la Metafísica o por la Teología , sino que esa supuesta “nada física”, de la que surgiría el Universo, habría de ser, de alguna manera, no un vacío absoluto, sino “algo”.

En segundo lugar, las teorías que exponen la auto-creación del Universo se basan en la combinación de múltiples elementos procedentes de diversas teorías científicas; elementos que constituyen precisamente sus puntos más polémicos. Por ejemplo, de la mecánica cuántica se toma la controvertida idea de que existen “fenómenos sin causa” y la afirmación de que puede crearse (y aniquilarse) materia. Estas afirmaciones requieren matizaciones y su sentido debe limitarse al ámbito de la Física. Extrapolarlas más allá de la Física es un error y una suplantación de planos y metodologías (lo mismo que ocurre con el concordismo fundamentalista), y esto es precisamente lo que sucede cuando se intentan utilizar estas tesis para afirmar la auto-creación del Universo.

En resumen, las teorías que han postulado la auto-creación del Universo se basan (al menos en la actualidad), en afirmaciones y postulados matemáticos altamente hipotéticos (difíciles de corroborar experimentalmente), en combinación con elementos teóricos discutibles; así como con la transmutación semántica de algunos términos utilizados por diversas ramas de las ciencias empíricas (e incluso de la Filosofía y de la Teología ), que pasan a ser empleados con otros significados, de manera que se les pretende dotar de un determinado sentido físico cuando, o bien su significado original es filosófico, o bien son tomados de otras teorías científicas en las que tenían un significado y una función original diferente.

¿EXPULSIÓN DEL CREADOR?

Parafraseando a Stephen Hawking, podríamos decir que “expulsar al Creador” ha sido una de las prioridades esenciales de los defensores de las teorías de la “auto-creación” del Universo. Ahora bien, si se quiere ser racionalmente riguroso (por lo que los prejuicios filosóficos e ideológicos deberán ser dejados a un lado), nos toparemos con el hecho de que, aun aceptando la hipótesis de que el Universo se autocreara a sí mismo, no se puede obviar racionalmente la referencia de un Creador. ¿Por qué?

Por la sencilla razón de que el Universo tiene un origen, sea cual sea este, y una estructura que es resultante de unas leyes físicas que le hacen ser como es. Pues bien, si el Universo se crea a sí mismo lo hará porque determinadas leyes físicas le hacen originarse. Ahora bien, ¿cuál es el origen de estas leyes? Ellas no pudieron, ni originarse con el Universo, puesto que han de ser de alguna manera anteriores a él para poder originarle, ni pudieron originarse a sí mismas, pues nada puede ser causa-efecto de sí mismo. De este modo, aún aceptando la consideración del Universo como “no objeto”, aun aceptando la hipótesis de que el Universo fuera autocontenido y se autocreara, desde la razón no podemos vetar la aceptación de la existencia de un Logos, de una Racionalidad Creadora, de un Creador.

La ciencia que estudia la “creatividad natural” se encuentra, de este modo, ante la paradoja de que la explicación de los fenómenos creativos no se alcanza por ninguno de los resultados de la creatividad natural: el efecto convertido en causa de sí mismo implica el absurdo de tener que operar antes de existir para poder causarse a sí mismo. Dicho en otras palabras: el ser y el operar de la naturaleza no pueden surgir de operación natural alguna por más creativa que esta sea.

Además, la propia “creatividad natural” implica en sí una racionalidad, pues en el desarrollo de la naturaleza no solo son importantes el “dinamismo” y la “modelización” (el surgimiento de nuevos modelos o estructuras espacio-temporales), sino también la “información”. La naturaleza funciona como un conjunto de “instrucciones” que se almacenan, codifican y descodifican haciendo posible los disímiles sistemas naturales; una especie de “racionalidad materializada” con funciones muy específicas y ordenadas; en sintonía muy ajustada con otros procesos y sus instrucciones propias.

La “información” actuante en la naturaleza permite, de este modo, percibir una serie de potencialidades que se despliegan como siguiendo un meticuloso plan y esto hace de nuestro Universo un mundo de diversos niveles de complejidad emergente, abierto a nuevas estructuraciones en función de las latentes potencialidades existentes y la interacción con el propio medio, con el propio entorno.

De este modo, los fenómenos evolutivos naturales que han sido estudiados y asimilados en la cosmovisión contemporánea, están muy lejos de presentarse como ciegos u ontológicamente azarosos; antes bien, la nueva cosmovisión ha obligado a una reinterpretación de los fenómenos evolutivos a partir de la noción de auto organización: en el Universo hay una combinación de fenómenos azarosos y fenómenos necesarios, de variaciones y selecciones, que permiten registrar una real direccionalidad en los fenómenos evolutivos.

De este modo, la Cosmología cuántica no conculca sino que remarca la condición de “objeto” del Universo, pues este continúa siendo un ente independiente, cerrado, original y único, aunque teóricamente se hayan podido desarrollar “universos paralelos” que en su conjunto seguirían siendo y significando en sí: “el Universo”.

Por otro lado, la referencia a una causalidad infinita como explicación, se toparía con el hecho de que cada causa sucesiva de la que se quisiera derivar nuestro Universo tendría las mismas características que el Universo mismo, por lo que el fundamento o la causa del Universo en su conjunto debe serle ajena, independiente y no derivada de él; y con ello se mantienen las eternas interrogantes del ser humano: ¿cómo ha tenido origen el Universo?, ¿tendrá un fin?, ¿cuál es el lugar del hombre en el cosmos?

Al respecto, resulta interesante un episodio ocurrido entre Stephen Hawking y al Papa Juan Pablo II; episodio que hiciera público en el año 2004 monseñor Józef Zycinski, arzobispo de Lublin, Polonia.
Albert Einstein en el paraninfo de la Academia de Ciencias de La Habana, 1930.
Albert Einstein en el paraninfo de la
Academia de Ciencias de La Habana, 1930.


Refiere Zycinski que poco tiempo después de que Hawking expusiera en el Vaticano (Hawking es miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias), ante la presencia del Papa Juan Pablo II su modelo sobre un Universo auto-creado (autocontenido), comentó en varias ocasiones que esperaba –como en el caso Galileo– una condena por parte de la Iglesia ; pero que el Papa Juan Pablo II lo había decepcionado, pues, sin sentirse agraviado, había escuchado su versión de la “Creación del Universo”, en la que no se hacía la más mínima mención de Dios.

Continúa narrando monseñor Zycinski que, en un encuentro con el Papa en la residencia pontificia de Castel Gandolfo, tuvo ocasión de comentarle que Hawking estaba decepcionado por no haber recibido condena alguna de su parte, a lo que el Papa Juan Pablo II respondió:

“¿Por qué tendría que haberme puesto a discutir con él? Un físico no debe hablar de un Dios creador: eso es tarea de los teólogos. Pero un físico no puede impedir que un teólogo haga preguntas del tipo: ¿por qué existen leyes que gobiernan el Universo o por qué se puede usar un lenguaje matemático? No creo, concluía el Papa Juan Pablo II, que Hawking se oponga a tales preguntas. Es por eso que no veo motivo alguno para un conflicto”.

¿CONTINGENCIA O RACIONALIDAD?

Por tanto, ¿qué hace ser y operar al Universo?: ¿la contingencia o la inteligencia? ¿La contingencia o la racionalidad? Bástenos contemplar al ser humano, culmen de la Creación , y nos daremos cuenta de que él no es solamente (como dijera Carl Sagan): “Polvo de estrellas contemplando a las estrellas”; él es mucho más. El ser humano es, a pesar de su contingencia: “Polvo de estrellas racionalizando a las estrellas”.

Esas estrellas, ese Universo, que ha sido dispuesto por la Razón Creadora , por el Logos Eterno, no como dados lanzados azarosamente al aire esperando obtener de ellos un armonioso conjunto; sino un Universo meticulosamente estructurado, que es, en medio de su diversidad y heterogeneidad, “un Todo” monolítico e indivisible, dispuesto con medida, número y peso (cf. Sab 11, 20).

Medidas, números y pesos sin los cuales nuestras imprescindibles ciencias empíricas o aplicadas no pudieran ni remotamente operar. Y ello constituye una realidad que nadie, medianamente sensato, osaría siquiera cuestionar, ni desde la praxis, ni, menos aún, desde la razón.


Referencias

-Carlos Alberto Marmelada Sebastián: Cosmología actual, Filosofía y Religión , Aceprensa, 15 de septiembre de 2000.
-Héctor Velásquez Fernández: La compatibilidad de Dios con la cosmovisión científica contemporánea , Tópicos, 27, México, 2004.
-Juan Antonio Aguilar: “Ecos de un principio”,   Revista Universitaria Teológica , Albacete, 1998.
-Manuel Carreira: “Principio antrópico”, Revista Abril , No 68, España
-Mariano Artigas: La Cosmología cuántica y el origen del Universo , Aceprensa, 15 de abril de 1992


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