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CIENCIAS

Palabras de Apertura del Simposio “Creación y Evolución” a cargo del M.Sc. Nelson O. Crespo Roque.  
“Creación y Evolución”
Palabras de Apertura del Simposio “Creación y Evolución”, efectuado en la Casa Sacerdotal “San Juan María Vianney”
del 29al 31 de octubre de 2009
por Nelson O. Crespo Roque

Con gozo damos inicio al Simposio “Creación y Evolución”, organizado por el Grupo de Reflexión y Servicio del Arzobispado de La Habana.

Tanto la creación como la evolución, por la multiplicidad de teorías y criterios existentes al respecto, siempre suscitan interés y, en no pocas ocasiones, exacerban las pasiones. Si consultamos la literatura especializada, si conversamos con los especialistas o si navegamos en el ciberespacio, rara vez encontraremos este binomio entrelazado con la conjunción “y”, sino, más bien, presentado de manera contradictoria, dígase: “Creación contra Evolución”, “Creación o Evolución”, “Creación Vs. Evolución”, etc

Por ello, al hablar de creación o de evolución hay que preguntarse: ¿estamos refiriéndonos a elementos homologables o estamos hablando de tópicos radicalmente antagónicos e irreconciliables entre sí?

Como exordio debemos precisar que creación y evolución son realidades distintas, tanto en sus respectivos métodos de estudio, como en cada uno de sus ámbitos de competencia.

El término creación refiere el origen de algo “a partir de la nada”, mientras que la evolución se yergue sobre la base de que, para poder operar, necesita de “algo preexistente”; es decir, de algo que sea capaz de cambiar, de evolucionar, pues en el entramado material, en fidelidad a la praxis de las ciencias empíricas o naturales, de la nada, nada sale, de ahí que la evolución en sí misma no crea, sino que sólo transforma lo que ya existe. Amén de que a partir del llamado “Tiempo de Planck” (10 -43 seg.), momento en el cual las leyes físicas actualmente conocidas comienzan a operar, la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, tal y como acotan las Leyes de la Termodinámica.

De este modo, cuando un astrofísico postula el Big Bang , y refiere que una singularidad o un único punto matemático explotó y comenzó a expandirse hasta llegar a nuestro actual Universo; esa singularidad, ese único punto matemático, no es la nada, sino “algo”, pues, evidentemente, la nada no puede explotar ni expandirse. De ahí la ilicitud de intentar identificar el Big Bang con la Creación , tal y como algunos grupos concordistas o fundamentalistas han pretendido realizar.

De igual modo, cuando un biólogo postula que por mutaciones o por selección natural una célula (lo mismo una procariota que una eucariota), un organismo, una especie menos evolucionada, da lugar a otra más evolucionada; esa célula, esa especie más evolucionada, tampoco sale de la nada, sino de un elemento previo, pues resulta evidente que no puede cambiar ni evolucionar lo que aún no existe.

La evolución material del Cosmos, tanto en sus momentos primigenios, como en su fin último (la muerte térmica del Universo), tiene cotas bien precisas. Aunque al respecto debemos precisar que no es permisible identificar “Principio” con comienzo, ni, menos aún, fin con “Finalidad”.

Si nuestro Universo existe, si hoy estamos aquí, es porque el mismo no es eterno, de lo contrario, ni nuestro sol, ni estrella alguna pudiera brillar, pues, después de miles de millones de años de evolución, todas ellas ya se hubieran convertido en enanas blancas y, después de esta etapa, habrían perdido hasta la última porción de energía y serían, definitivamente, astros sin luz, en resuelta e irreversible agonía, lo cual no dejaría posibilidad alguna de que hoy estemos reunidos en este salón.

Precisemos ahora qué es creación. El término creación tienen varias acepciones, pero de cara al tema que nos ocupa, la podemos reducir a dos: una de ellas es la mera denominación de nuestro entorno, por ejemplo, cuando alguien está en una playa, contempla una puesta de sol, y afirma: ¡Estoy extasiado con la hermosura de la creación! Esta acepción del término, sin embargo, no crea discrepancias, sino, más bien, cuando el mismo es referido a la creación “ex nihilo”, es decir, a la creación de la nada.

Estas discrepancias están bien justificadas, y no precisamente por filiaciones ideológicas o filosóficas, sino porque, aun cuando tratemos de evitarlo, cada uno de nosotros, incluso instintivamente, analiza y visualiza el mundo que le rodea a partir de lo palpable por nuestros sentidos, por lo empírico, por aquello que denominamos ordinariamente como: “lo natural”.

Y aquí caemos en el quid del asunto. Como norma llamamos “natural” a lo palpable, a lo empíricamente verificable, mientras que todo aquello que sale de este espectro lo catalogamos como “sobrenatural” o, peor aún, como “anticientífico”.

Pero, ¿cuándo es lícito afirmar que algo es natural y cuándo que algo es sobrenatural? Para responder esta interrogante pongamos un ejemplo trivial: imaginémonos que estamos en un parque donde hay unas palomas posadas en un banco, de pronto vemos que viene un perro, les ladra, y las palomas salen volando. ¿Estamos ante un hecho natural o ante un acto sobrenatural? La respuesta es obvia, estamos ante un acto natural. Pero, ¿por qué podemos afirmar que estamos ante un acto natural? Simple y llanamente porque ladrar es algo propio de la naturaleza de los perros, del mismo modo que volar es algo propio de la naturaleza de las palomas.

Invirtamos ahora la perspectiva e imaginémonos que estamos en el mismo parque y es el perro quien se encuentra ahora en el banco. De pronto vienen unas palomas, le ladran, y el perro sale volando hacia lo alto. ¿Estamos ahora ante un hecho natural o ante un acto sobrenatural? Todos responderán, acertadamente, que estamos ante un acto sobrenatural. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que ladrar no es algo propio de la naturaleza de las palomas, del mismo modo que volar no es algo propio de la naturaleza de los perros.

De lo anterior podemos concluir que la definición del acto de ladrar o de volar como algo natural o como algo sobrenatural, no está determinado por el hecho en sí mismo, sino, más bien, por la naturaleza de aquel que lo realice. Que un perro ladre es algo natural en la medida en que ladrar es algo propio de la naturaleza de los perros, volar no lo es; de modo homólogo, que una paloma vuele es algo propio de su naturaleza, ladrar nunca lo será.

Siguiendo esta línea de análisis, cuando hablamos de la Creación , o para ser más precisos, cuando hablamos de Dios como Creador, ¿estamos hablando de algo natural o de algo sobrenatural? Aunque para la inmensa mayoría, incluso para personas de fe arraigada, ello les pueda sonar contradictorio y hasta escandaloso, hablar de Dios como Creador no es algo sobrenatural, sino algo natural. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el acto creador es algo propio de la esencia, de la naturaleza divina.

Un ser humano nunca podrá crear en un laboratorio absolutamente nada a partir de la nada, ni siquiera un sencillo aminoácido (aunque los aminoácidos no son nada sencillos). ¿Por qué? En primer lugar, porque el acto creador no es algo propio de la naturaleza humana y, en segundo lugar, porque la creación no es un mero cambio, ni un mero movimiento, sino un acto ontológico. La creación es lo que hace que algo que no existe llegue a ser, que se desarrolle y que permanezca.

Si el ser humano lograra algún día producir en un laboratorio aminoácidos en serie, sólo podría hacerlo a partir de elementos ya existentes que tendría ante sí en el laboratorio; estos elementos el hombre los haría reaccionar bajo condiciones, procesos y regulaciones bien controladas y precisas que, racionalmente, inteligiblemente, permitirían su “creación”, pero nunca podría “crearlos” azarosa o arbitrariamente; aún cuando en el Universo exista una combinación de fenómenos azarosos y de fenómenos necesarios, de variaciones y de selecciones que permiten registrar una real direccionalidad en los procesos evolutivos.

Por esta razón, la creación “ex nihilo”, si la referimos a la naturaleza de Dios, no es algo “sobrenatural”, sino, más bien, algo suprarracional para el hombre o, si se quiere, supraempírico; puesto que Dios no es una entidad material y, en consecuencia, no está sujeto a categorías espaciotemporales. No olvidemos que Dios, por idiosincrasia, no es algo de lo existente, sino que su Ser está por encima de toda existencia.

Por este motivo, a Dios jamás lo podremos analizar químicamente en la probeta de un laboratorio para conocer su composición química, ni tampoco, por muy sabios que seamos, seremos capaces de crear un “dio-símetro” que nos cuantifique matemáticamente cuántos kilogramos pesa Dios, o cuántos centímetros, kilómetros o millas tiene de extensión. Dios, reiteramos, no es un elemento material, por ende, en Él no hay magnitud alguna que sea empíricamente medible o cuantificable. De ahí que la Creación o la existencia de Dios no podamos definirla (empíricamente hablando) ni como algo científico ni como algo anticientífico, puesto que Dios trasciende cualquier ciencia que estudie la materia, y también al Universo en sí mismo.

Lo anterior tal vez pudiera parecerle a algunos una especie de fe ciega o un fideísmo irracional, pero no lo es. Si hacemos un alto en el camino y dirigimos nuestra mirada hacia nuestro entorno, veremos que en él existen múltiples ejemplos análogos. Tengamos siempre en cuenta que, como

puntualiza Antoine de Saint-Exupéry en su obra El Principito : “Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible para los ojos”.

El ser humano es una criatura libre, racional y pensante, es, en una palabra: una criatura intelectual. Pero él no es únicamente eso, el ser humano es también una criatura capaz de amar, de sentir, de reír y de llorar. Ahora bien, ¿algún día podremos construir un “amorímetro” o un “amistómetro” que nos cuantifique matemáticamente, porcentualmente, el grado de amor, de amistad o de odio que pueda existir entre dos personas?

Entre materia y espíritu existe una discontinuidad.
El espíritu no fluye, ni puede fluir o
emerger de la materia.
En el ser humano hay un salto ontológico de carácter trascendente que se expresa en su conciencia, en su libertad, en su inteligencia, en su voluntad, en todos aquellos atributos que lo identifican precisamente como “ser humano”, atributos estos que no pueden explicarse a partir de la materia.


Por supuesto que no, ni el amor, ni la amistad, ni el odio, ni sentimiento humano alguno, está asociado a la materia, ni es regulado por ninguna de las cuatro fuerzas primordiales que la rigen y definen; de igual modo que tampoco la inteligencia o la razón pueden considerarse meros frutos de una materia altamente evolucionada, y no por ello alguien se atrevería a catalogar el amor, la amistad o la razón como algo sobrenatural o como algo anticientífico.

No olvidemos que en el entramado material la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma; motivo por el cual resulta imposible que la materia se transforme en algo en lo cual ella intrínsecamente no es.

¿O es que acaso el amor, la amistad, o cualquier otro sentimiento humano, es una mera reacción entre neutrones y protones, o un simple fruto de la reacción química entre el hidrógeno, el helio, el oxígeno, o cualquier otro elemento de la Tabla Periódica ?

Ni la fuerza de la gravedad, ni la fuerza electromagnética, ni la fuerza nuclear fuerte, ni la fuerza nuclear débil, que son las cuatro fuerzas que rigen y definen la materia, generan, ni generarán nunca, el intelecto, la razón, el amor, el odio, ni acción o sentimiento alguno de orden espiritual.

Pascal decía que somos “cañas pensantes”. Nuestro primer deber, en consecuencia, es aprender a usar correctamente nuestra capacidad de pensar, de razonar.

Rectamente entendidas, entre creación y evolución no hay incompatibilidad, más aún, la evolución presupone la creación, puesto que ella es la única que puede proporcionar ese “algo” que la evolución necesita para poder operar.

De ahí que, aún cuando la creación y la evolución sean campos de estudio independientes y autónomos entre sí, aún cuando ellas sean órdenes de conocimiento que no debemos nunca suplantar; sí podamos hablar, sin caer en el concordismo, de una “creación continua” o de una “creación evolutiva”, puesto que, si el universo material opera por leyes que lo regulan, estas leyes no pudieron originarse a partir de la materia, dado que la preceden, ni, mucho menos, ellas pudieron autocrearse a sí mismas, pues nada puede ser causa y efecto de su propio ser.

Si las ciencias empíricas funcionan, y funcionan bien; si hemos pisado la superficie de la Luna y descubierto el genoma humano, si hemos conocido la infancia del Universo y con sólo apretar una tecla podemos enviar un e-mail a cualquier parte del mundo, es porque nuestro universo está regido por una serie de leyes que son las que hacen posible su estudio y el desarrollo de la ciencia y el de la tecnología. De lo contrario, si nuestro universo fuera un eterno y azaroso caos, resultaría imposible tanto el desarrollo de la técnica como el de ciencia experimental alguna. ¿Por qué? En primer lugar, porque el azar no es un término físico y, en segundo lugar, porque él no es algo que pueda ser estudiado, predecible, ni reproducible en un laboratorio. No olvidemos que uno de los axiomas fundamentales de las ciencias empíricas es: “Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”.

Es por ello que podemos afirmar que, si nuestro universo se rige por leyes, si nuestro universo es razonable, como de hecho lo es, es porque existe una Razón que lo trasciende, de ahí que el descubrimiento de las leyes que han hecho posible la evolución no sea algo incompatible con la Creación , ni con la existencia de un Creador que, justamente por serlo, puede, por su causalidad trascendente, no sólo hacerlas ser, sino también hacer que ellas permanezcan y evolucionen en el tiempo.

Sólo una evolución caótica, sólo la ausencia de leyes que rijan el Universo, se podría oponer a la Creación. No obstante, una evolución caótica, una evolución irracional, no sería nunca evolución, por la simple razón de que el caos, el azar, la simple y llana anarquía universal, se opondría a la más mínima posibilidad de que una estructura compleja se forme, se mantenga y se reproduzca a sí misma. Y es que la selección natural puede escoger lo que tiene en sí la capacidad de permanecer, pero no le confiere la estabilidad si no la posee; ella da preferencia a los más aptos, pero no los constituye como tales.

De izquierda a derecha, M.Sc. Nelson O. Crespo Roque, S.E.R. cardenal Jaime Ortega Alamino y el Dr.Sc. Manuel Carreira Vérez,s.j., después de la clausura del Simposio.
De izquierda a derecha, M.Sc. Nelson O. Crespo Roque,
S.E.R. cardenal Jaime Ortega Alamino y el Dr.Sc. Manuel Carreira Vérez,s.j., después de la clausura del Simposio.


Es por ello que la Iglesia no se opone a la evolución, aunque sí pide a los científicos que sean fieles a su ámbito específico de investigación, pues la verdadera ciencia experimental, al restringirse al mundo material, no puede ser ni atea ni creyente, sino objetiva, e insisto, la ciencia experimental debe y tiene que ser objetiva. Por ello, más allá de la filiación filosófica detentada por uno u otro científico, cuando un científico habla como científico no debe, ni puede, negar o afirmar la Creación , pues ello sobrepasaría su ámbito y su método de estudio para intricarse en el terreno de la Filosofía o en el de la Teología.

Tampoco es función de la Iglesia entrar en cuestiones propias de las ciencias empíricas, ellas no competen a la Iglesia , sino a los investigadores; aunque la Iglesia sí tiene la obligación moral de intervenir para explicar las consecuencias de tipo ético y religioso que tales cuestiones comportan. No olvidemos que hay infinidad de científicos que son creyentes e infinidad de analfabetos que son ateos, por tanto, la afirmación o la negación de la Creación no está determinada por la praxis, sino por el ser.

Aún cuando no podemos obnubilar la historia y olvidar que en ocasiones han ocurrido lamentables encontronazos, sí podemos afirmar que la Iglesia tiene en alta estima a la ciencia. Al respecto, el Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a la comunidad científica, afirmaba: “ La Iglesia (no es vuestra enemiga), es vuestra aliada” (Castel Gandolfo, 12 de septiembre de 1982).

Es por ello que, si bien la misión de la Iglesia no es hacer ciencia empírica, sino hacer inolvidable a Jesucristo, su misión sí está dirigida hacia el hombre y su relación con Dios. El hombre, de este modo, es el camino de la Iglesia , y uno de los frutos más excelsos de la racionalidad humana es precisamente el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Por este motivo, el desarrollo de la ciencia siempre debe ser impulsado, promovido y divulgado por la Iglesia ; y en este punto todos debemos hacer un “mea culpa” y reconocer que, en ocasiones, la Iglesia , sin que por ello caiga en el concordismo, ni en la suplantación de campos del saber, sí debería valerse más, de cara a la evangelización, de los datos y de los resultados de la ciencia moderna; algo que nunca irá en detrimento de las verdades teológicas naturales o de la Revelación , sino todo lo contrario.

Al respecto son siempre recurrentes las palabras que en una ocasión expresara el filósofo Jürgen Habermas al entonces cardenal Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI: “ la Iglesia necesita de pensadores capaces de traducir las convicciones cifradas de la fe cristiana al lenguaje del mundo secularizado de hoy para hacerlas así eficaces de nuevo”.

De igual modo que el salmista refiere que los cielos proclaman la gloria de Dios, los descubrimientos científicos, el desarrollo de la tecnología, también proclaman la gloria de Dios, pues ellos son reflejo de uno de los más preciados dones con que Dios ha dotado al hombre: la razón, el intelecto.

Si el hombre puede hacer ciencia es porque está dotado de una racionalidad que constituye un reflejo de la impronta que en él ha marcado la Razón , el Logos Eterno. Es por ello que los descubrimientos científicos, lejos de alejarnos, nos acercan a Dios, puesto que, precisamente, existe una racionalidad que subyace en el Universo y lo trasciende. Porque existe una racionalidad humana capaz de analizarlo, es que la ciencia experimental funciona. Y esto, “la coincidencia entre la razón objetiva y la razón subjetiva, constituye, en palabras del Papa Benedicto XVI, un enigma y un gran desafío porque vemos que, en definitiva, es una la razón que las une a ambas: nuestra razón (subjetiva) no podría, descubrir la otra (objetiva), si no existiera una idéntica razón en la raíz de ambas” ( L'Osservatore Romano , 14 de abril de 2006). Dicho en otras palabras: En el Universo existe una única razón con varias dimensiones.

Para ir concluyendo, puntualicemos ahora algunos puntos:

En primer lugar debemos tener siempre presente que la verdad no puede contradecir jamás a la verdad. Por tanto, ni la verdad revelada, ni la verdad científica, pueden contradecirse; ni tampoco pueden ni deben ser usadas o manipuladas ideológicamente; ni, menos aún, escudarse en la ciencia o en la Iglesia con fines ideológicos, sean estos de derecha o de izquierda.

En segundo lugar, la Biblia nunca ha tenido una finalidad científica experimental, sino religiosa, por tanto, no es lícito intentar buscar en ella postulados de orden científico (ni respecto a la doctrina del origen material del Universo, ni respecto al origen biológico del hombre, ni respecto a ninguna otra consideración de orden experimental).

En tercer lugar, para la Iglesia no hay incompatibilidad alguna entre creación y evolución, aunque sí entre evolucionismo y creacionismo, que, en sí mismos, no son ciencias, sino filosofías.

En cuarto lugar, sobre la cuestión del origen del ser humano, en él se da un salto ontológico. Con respecto a su corporeidad, la Iglesia acepta sin reparos que la teoría de la evolución es, en palabras del Papa Juan Pablo II, “más que una hipótesis” ( L'Osservatore Romano , 25 de octubre de 1996); pero, en el caso del alma, por el hecho de ser espiritual, la Iglesia sí puntualiza que requiere de una acción creadora directa por parte de Dios, puesto que lo espiritual no puede ser resultante de algo que no sea espiritual.

En quinto y último lugar, entre materia y espíritu existe una discontinuidad. El espíritu no fluye, ni puede fluir o emerger de la materia. En el ser humano hay un salto ontológico de carácter trascendente que se expresa en su conciencia, en su libertad, en su inteligencia, en su voluntad, en todos aquellos atributos que lo identifican precisamente como “ser humano”, atributos estos que no pueden explicarse a partir de la materia.

Este salto ontológico, Pascal lo describe de manera poética, pero muy acertadamente con estas palabras:

“El hombre no es más que una caña, lo más débil que existe en la naturaleza; pero es una caña que piensa. No es preciso que el universo entero se alce contra él para aplastarle: un vapor, una gota de agua basta para matarle. Pero aunque el universo lo aplastase, el hombre seguiría siendo más noble que lo que le da muerte, puesto que sabe que muere y conoce la superioridad que el universo tiene sobre él, mientras que el universo no sabe nada.”

Es para exponer, profundizar y debatir sobre estos y otros aspectos que nos hemos reunido; pues no sólo la materia evoluciona, sino también el pensamiento, la sociología, la personalidad, la cultura, y otros tantos aspectos de nuestro día a día.

En nombre del Grupo de Reflexión y Servicio del Arzobispado de La Habana , le damos a todos, y a cada uno de ustedes, nuestra más cordial bienvenida y declaramos abierto este Simposio, cuyos frutos encomendamos a la Santísima Virgen María, Sedes Sapientiae , para que, por su materna intercesión, la Sabiduría Sempiterna nos ayude con su aliento, no sólo para comprender, sino también para meditar sobre lo que en estos días será debatido y, a la par, nos conceda la necesaria humildad de espíritu para reconocer que, como afirmara socráticamente el padre Félix Varela, “entre nosotros nadie sabe y todos aspiramos a saber”.