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CIENCIAS

“No actuar conforme a la razón
es contrario a la naturaleza de Dios”
Benedicto XVI

por Nelson O. Crespo ROQUE

Platón conversa con Aristóteles.
Platón conversa con Aristóteles.

La razón:
puente entre ciencia y fe
En la segunda mitad del siglo XIX Claude Bernard, considerado el fundador de la medicina experimental, aconsejaba: “El biólogo que llega a su laboratorio debe dejar no sólo su abrigo en el guardarropa, sino también sus concepciones filosóficas sobre el mundo…”.

Esta sugerencia de Claude Bernard es adecuada desde el punto de vista metodológico. Sin embargo, en la práctica de cada día resulta que para cualquier persona, incluyendo a los científicos, resulta mucho más fácil quitarse el abrigo y dejarlo en el guardarropa, que dejar a un lado las convicciones filosóficas que a lo largo de la vida han sido asimiladas y que orientan, en mayor o menor grado, su modo de pensar, vivir y actuar.

Los cánones que precedieron el modo de pensar de la postmodernidad nos han inducido a mirar el desarrollo de las ciencias naturales no tanto como un logro de la razón humana, del ingenio y de la creatividad del hombre, sino como un elemento cuyo espectro lo abarca todo y que posee licitud para suplantar todo aquello que no entre en el modus operandi de su método de estudio.

Esta mentalidad, no científica, sino “cientificista”, plantea un monumental desafío para la fe cristiana. Para poder dar respuesta a este modo de pensar es necesario desarrollar, cada vez más, un diálogo constructivo, tanto por parte de teólogos y personas de fe abiertas a los últimos avances científicos, como por parte de científicos con una sólida base filosófica; pues, como afirmara sarcásticamente Étienne Wilson: “Nada iguala la ignorancia de los filósofos modernos en cuestiones de ciencia, excepto la ignorancia de los científicos actuales en cuestiones de filosofía”.

PARADIGMA EN ENTREDICHO


Durante siglos la filosofía vivió armónicamente con la teología en una visión que, a pesar de sus matices, era predominantemente antropocéntrica. El hombre era tenido como el “elemento” más encumbrado de la Creación, no tanto por constituir el ser de “mayor evolución biológica”, o por ser el que se encuentra en la “cúspide de la cadena alimenticia”, sino por ser aquél que, creado a imagen y semejanza del Creador, era el portador de su sello, el portador del mandato de dominar sobre todo lo creado. El ser humano era tenido, pues, no sólo como el fin hacia el cual se encaminaba la Creación, sino como el único “elemento” de ella que, a pesar de su contingencia, era no solo amado y redimido por Dios, sino también destinatario de las promesas eternas.

Esta situación cambió a partir del siglo XVII. El ejemplo paradigmático de este “cambio de visión” es el controvertido y manipulado caso Galileo, caso que por sus variadas aristas es mucho más que la abjuración de Galileo en el convento de “Santa María sopra Minerva” o la mera reclusión domiciliaria del sabio toscano, primero en el aristocrático palacio de los Médicis en Roma y luego en su propia villa florentina.

El caso Galileo demarca, no sólo en cuanto a la esencia, sino también en cuanto al método, el nacimiento de la nueva ciencia, nacida en polémica con la filosofía y que no parecía poder llenar el hueco que ésta dejaba. De Copérnico a Newton, la Tierra, y con ella el hombre, deja de ser el centro del Universo, no sólo astronómicamente hablando, sino también de forma filosófica y antropológica. Esto desencadenaba una serie de cambios en la concepción de ese mundo y de ese hombre que ya no ha de constituir el epicentro hacia el cual convergían la ciencia, la filosofía y el saber, sino que se produce el nacimiento de una visión matemática y mecanicista de la ciencia, que reclama independencia con respecto al propio hombre, a la ética y a la filosofía, de ahí el consecuente conflicto.
Así llegamos al siglo XX, que es pragmáticamente engendrado con el grito nihilista de Friedrich Nietzsche: “Dios ha muerto”.

El siglo XX fue pródigo en el campo de la ciencia. En tan solo 100 años hemos medido la velocidad de la luz y hemos desarrollado la mecánica cuántica; hemos pisado la superficie de la Luna y enviado sondas a Marte y a Júpiter; hemos conocido la infancia del Universo y su acelerada expansión, pero, a pesar de ello, el hombre continúa sin comprender cómo se originó todo y qué hay de telón de fondo.

Si desde mediados del siglo XIX, con la entronización del materialismo, hasta adentrado el siglo XX, no pocos proponían a la materia ordinaria como el “non plus ultra” de todo lo existente, y la presentaban con atributos metafísicos cuasi homólogos a aquellos que la fe cristiana reservaba exclusivamente para Dios, dígase: “elemento causal”, “increada”, “absoluta”, “eterna”…; para finales del siglo XX los estimados obtenidos la ceñían, si nos atenemos a las particularidades que definen físicamente a la materia ordinaria, a un escaso 10 por ciento de la composición del Universo; en el 2001 a un 5 por ciento, y a comienzos del año 2003 a solamente un 4 por ciento. El resto, nada menos que el 96 por ciento de este vasto Universo que creíamos conocer bajo el prisma de nuestros potentes telescopios, estaría compuesto en un 23 por ciento por un extraño elemento que se ha venido en denominar “materia oscura”, elemento tan vago como su nombre, mientras que el 73 por ciento restante lo ocuparía una misteriosa “energía oscura”, una especie de fuerza antigravitatoria que posibilitaría que el Universo no sólo se expanda, sino que además esté acelerando esta expansión.

Ello ha llevado al hombre de hoy a replantearse no sólo su posición en el Universo, sino también los elementos causales del mismo. De ahí que en los círculos científicos hayan surgido voces que estén señalando que toda nuestra manera de pensar se encuentra ante un “cambio de paradigma”, es decir, ante un cambio en la propia manera científica de pensar.

Este Universo en transformación y movimiento de principios del siglo XXI, ya no es el Universo de Galileo, Copérnico o Newton. Es un Universo cuya concepción es mucho más compleja y extensa, sobre todo a partir de los postulados de la “Teoría de la Gran Explosión” o del “Big Bang”, en la cual todo lo existente: la materia, la energía, el espacio y hasta el mismísimo tiempo, estuvieron contenidos en una “singularidad” o “único punto matemático”, un punto de distorsión infinita del espacio y el tiempo, tesis que recibiría el espaldarazo definitivo con el descubrimiento de la “Radiación de Fondo de Microondas” de modo accidental por Arno A. Penzias y Robert W. Wilson en la década de los años 60s del siglo XX.

A partir de entonces ya no solo es común oír hablar a los astrofísicos de “elemento o fuerza causal”, “comienzo del tiempo” o “suspensión de las leyes físicas”, sino que se tiene la “certeza” (si es que es lícito usar este término en el campo de la ciencia), de un “tiempo cero”, aún cuando ello, al menos en física, no pueda ser más que una abstracción mental, máxime si tenemos en cuenta que al acercarnos a este instante nos topamos inexorablemente con el llamado “tiempo de Planck” (10-43 segundos), punto donde el tiempo y el espacio dejan de comportarse del modo en que estamos habituados, las leyes de la física actualmente conocidas pierden sentido y operatividad, las hipótesis dejan de ser verificables y entramos en el terreno de la especulación.

Y es que escudriñar lo que precede al tiempo de Planck, al menos en las condiciones actuales, es como intentar saber qué hay más allá del Polo Norte y para ello nos dirigiéramos a él guiados solo por una brújula. Una vez llegados al Polo, ¿cómo proseguir el viaje? Caminemos en la dirección en que caminemos, la brújula nos indicará que debemos retroceder inexorablemente sobre nuestros propios pasos.
Robert Jastrow.
Robert Jastrow.


BIG BANG: ¿SINÓNIMO DE CREACIÓN?


¿Es acaso éste el instante en el cual Dios hace su entrada en la historia de la evolución del Universo?

Ciertamente no. Dios no debe ser ubicado a modo de tapón en los huecos que nuestros conocimientos no pueden aún llenar, pues no se trata sólo de saber cómo o cuándo ha surgido materialmente el Universo, ni cómo o cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, por un destino ciego, por una necesidad anónima, o bien por un Ser Racional, Creador, Trascendente e Inmanente, al que llamamos Dios.

Además, la idea de un Dios que sea únicamente otra fuerza o agente funcionando en la naturaleza, moviendo los átomos aquí o allá, en rivalidad con las fuerzas físicas, es profundamente desoladora. El verdadero milagro de la naturaleza se debe buscar en la ingeniosa e indesviable racionalidad y legalidad del Universo, una racionalidad y una legalidad que permite al orden complejo emerger desde el caos, a la vida emerger desde la materia inanimada; una racionalidad y una legalidad que produce seres que no solo se plantean grandes interrogantes sobre su propia existencia y sobre la del universo que las rodea, sino que, a través de la ciencia y de otros modos de investigación, están empezando incluso a obtener respuestas. Y es que Dios no es solo Causa Primera, sino también Aquel por el cual el Universo es y en quien tiene su consistencia.

Al respecto el astrofísico Robert Jastrow, en su obra “Dios y los astrónomos”, plantea: “Cuando los astrónomos llegan a la cumbre de sus conocimientos sobre el origen del cosmos, le dan la bienvenida los teólogos que estaban allí esperándolos desde hace muchísimos siglos…”.

¿En qué sentido? En uno elemental: Sea cual sea la variante o la teoría que se enuncie para explicar su génesis, el Universo ha tenido un principio, un acto inicial, un “fiat lux”. Y es que en la actualidad podemos afirmar, sin temor a errar, que todo esfuerzo por postular un Universo eterno, formado por una materia eterna, esencia y fundamento de todas las cosas, se estrella frontalmente contra los datos y los descubrimientos científicos.

En ocasión del centenario del natalicio de Albert Einstein en 1979 el Papa Juan Pablo II subrayaba que la razón científica, después de un largo camino, nos hace volver a descubrir las cosas con un maravillarse de nuevo; nos induce a replantear de nuevo con una intensidad renovada algunas de las grandes preguntas de todos los tiempos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? La cosmología que intenta sondear el misterio del Universo, el misterio de la totalidad de aquello que existe como ser experimentalmente observable, conduce espontáneamente a la pregunta sobre la totalidad misma, pregunta que no encuentra respuesta alguna en el interior de tal totalidad.

La ciencia experimental se propuso, a partir de la llamada revolución científica del barroco (siglo XVII), eliminar toda emoción y toda ideología (religiosa o política), de su quehacer, con la pretensión de alcanzar un conocimiento objetivo. A pesar de este loable propósito, los científicos son seres humanos y están condicionados por el ambiente, por la educación y por los paradigmas predominantes; a fin de cuentas, la naturaleza no tiene la culpa de los planes de estudios que se imparten en las escuelas, cualesquiera que estos sean. La mayoría de los científicos intentan mantener la objetividad, pero es justo reconocer que es mucho más fácil hacer “ciencia objetiva” estudiando el átomo, las mariposas o los volcanes, que abordando la espinosa cuestión del origen del Universo, de la vida o de la condición humana.

Es por ello que las asperezas que aún existen entre ciencia y acción divina solamente se podrán limar cuando se disipen, mediante el diálogo desideologizado, los errores en que incurren en sus extrapolaciones determinados científicos y determinados hombres de iglesia; pues, ni la Biblia contiene datos científicos desconocidos en la época en que fue escrita, ni presume de ser un libro de ciencia que explique los “cómo”; ni tampoco es legítimo, ni científico, negar todo aquello que no sea alcanzado mediante el método hipotético-probatorio propio de las ciencias empíricas, o afirmar en nombre de las ciencias empíricas postulados que su propio método de estudio no puede validar o rebatir.


CIENCIA-RAZÓN-FE


Y es que la razón moderna propia de las ciencias naturales porta en sí, como acota el Papa Benedicto XVI, una pregunta que la trasciende a ella y a sus posibilidades metódicas. Ésta debe simplemente aceptar la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y la estructura racional operante en la naturaleza como algo dado de hecho, sobre lo cual se basa su vía metódica. Pero la pregunta sobre el por qué esto es así, de hecho existe y debe ser transmitida por las ciencias naturales a otros niveles y modos de pensamiento, a la filosofía y a la teología.

Para la razón, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente la fe cristiana, constituye una fuente inagotable de conocimiento, negarlas significaría una reducción inaceptable de nuestra capacidad de escucha y de respuesta. Al respecto el Papa trae a colación un diálogo entre Sócrates y Felón donde, después de la exposición de algunas opiniones filosóficas erradas, Sócrates dice: “Sería muy comprensible si uno, por la irritación ante tantas cosas equivocadas, odiase y despreciase por el resto de su vida toda conversación sobre el ser”. De este modo, concluye el Papa, se perdería la verdad del ser y se sufriría un enorme daño.

La observación empírica permite captar la armonía y el fino equilibrio del Universo, que se basa en leyes y propiedades de la materia y remite necesariamente a una Causa Superior, a una Racionalidad subyacente, no con demostraciones de las ciencias empíricas, sino con un razonamiento correcto. Negarlo sería una afirmación ideológica, no científica. La ciencia, en cuanto tal, con sus métodos, no puede demostrar, pero tampoco excluir, que se haya realizado un designio superior, cualesquiera que sean sus sendas, en apariencias también casuales o naturales e, incluso, el resultado de un proceso natural realmente contingente puede entrar en el plan providencial de Dios para la Creación.

 
El verdadero milagro de la naturaleza
se debe buscar en la ingeniosa
e indesviable racionalidad
y legalidad del Universo,
una racionalidad y una legalidad
que permite al orden complejo emerger desde el caos, a la vida
emerger desde la materia inanimada.
Por ello, frente al racionalismo, que pretende seguridades a toda costa, en la actualidad es necesario, en palabras del filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira, saber qué es lo que sabemos, y en qué plano de abstracción lo sabemos; creer cuando se debe creer, en el grado en que se debe creer; dudar cuando se debe dudar, y graduar nuestro asentimiento con la justeza que esté a nuestro alcance. En cuanto a nuestra ignorancia, no procurar ni velarla, ni olvidarla jamás; y, en ese estado de espíritu, obrar en el sentido que creemos bueno, por seguridades o por probabilidades, según corresponda, sin violentar la inteligencia y sin forzar la creencia.



DE LOS MÉTODOS AL MÉTODO


Dada esta situación, las ciencias empíricas siempre van a ser incapaces de determinar, en fidelidad a su propio método de estudio, si Dios existe o no, si el alma humana existe o no, y si existe si es inmortal o no. Tampoco se podrá hallar en el ámbito de la investigación científica experimental la razón última de nuestra existencia, o la respuesta que clarifique cuál es el sentido de nuestra muerte o el sentido del dolor o el del cuestionamiento moral.

Es por ello que el Papa Benedicto XVI al respecto ha precisado que la fe en el Dios que es en persona la Razón Creadora del Universo debe ser acogida por la ciencia de un modo nuevo, como un desafío y una oportunidad. Recíprocamente, la fe cristiana debe reconocer nuevamente su intrínseca amplitud y su propia racionalidad. La razón necesita a Aquel que está en el inicio y es nuestra luz. La fe, por su parte, necesita del coloquio con la razón moderna para darse cuenta de su propia grandeza y corresponder a sus responsabilidades, y esto no es una cuestión puramente académica, dado que en ello está en juego el futuro del propio hombre.

El humanismo que nuestra época necesita debe incluir, en consecuencia, una correcta valoración de la racionalidad humana. Es importante advertir que la verdad existe, que puede alcanzarse, y que, aunque el conocimiento humano es limitado, podemos en muchos casos llegar a certezas, aunque no agotemos todo el contenido de la verdad poseída. También es importante comprender que el conocimiento ordinario, la ciencia experimental, la reflexión filosófica y la teología, constituyen accesos diversos pero armónicamente complementarios a la única verdad objetiva.

Sin embargo, para ello se necesita, como expresara el filósofo Jürgen Haberlas al entonces Cardenal Ratzinger, “pensadores capaces de traducir las convicciones cifradas de la fe cristiana al lenguaje del mundo secularizado de hoy para hacerlas así eficaces de nuevo”. Distinguiendo claramente el diálogo entre “ciencia y fe” del diálogo entre “ciencia y teología”; sobre la base de que el primero antecede y prepara el segundo, dado que en la actualidad la conjunción científico-teólogo abunda mucho menos que la de científico-creyente. En efecto, mientras el parentesco científico-teólogo es formal, la relación científico-creyente se refiere más bien a una actitud personal frente a los contenidos, frente a la verdad Una que por estos dos carriles el ser humano busca y que en él convergen indivisamente, si su búsqueda se realiza con un espíritu abierto a la razón y a la Verdad en todo su espectro y alcance.

La ciencia necesita profundamente de un sostenimiento no sólo empírico, sino también racional. No podemos simplemente hacer ciencia sin preocuparnos por la fuente de los presupuestos filosóficos que, querramos o no, debemos aceptar para ello. Los pragmatistas, que desean comenzar desde donde estamos, tienen todavía que explicar por qué estamos en nuestro presente estado de conocimiento científico y por qué este conocimiento puede considerarse fiable. La racionalidad que fundamenta el propio método científico se asienta en una racionalidad mucho más profunda que muestra el orden inherente a las cosas.


¿HIPÓTESIS INNECESARIA?


La ideología “cientificista” parece haber contribuido de modo significativo a la puesta entre paréntesis de Dios en la Modernidad. La famosa respuesta de Laplace a Napoleón es un índice de una situación que se ha generalizado en la actualidad: Dios se habría convertido, según Laplace, en una “hipótesis innecesaria”, no sólo en física, sino también en las más disímiles ramas del saber. Asistimos, pues, a una puesta entre paréntesis de Dios que se extiende sistemáticamente a todos los ámbitos del pensar y, sobre todo, del actuar.

Esta puesta entre paréntesis de Dios ha tenido como consecuencia, en palabras del Papa Benedicto XVI, que las preguntas propiamente humanas sobre nuestro origen y nuestro destino, las preguntas acerca de la religión y la ética, ya no encuentran lugar en el espacio de la razón común delimitado por la así entendida “ciencia” y deben ser relegadas al movedizo espacio de lo subjetivo. Es el sujeto quien decide entonces, basado en su experiencia, lo que puede considerar religioso, y la “conciencia subjetiva” se convierte finalmente en la única instancia ética, con los peligros que ello entraña, tanto para la fe, como para la razón.

Ante ello enfatiza el Papa: Valor para ensanchar la razón, no renunciar a su grandiosidad, debe ser el programa con el que una teología comprometida con la fe bíblica entre en el debate de nuestro tiempo; teniendo siempre presente que no actuar razonablemente, no actuar con el logos, no actuar conforme a la razón, es contrario a la naturaleza de Dios.

Y es que la dicotomía que tenemos ante nosotros no es en modo alguno una opción entre la ciencia y la fe, o entre la razón y la fe. Las antípodas modernas refieren más bien una opción entre el azar y el orden, entre lo irracional y la razón, entre lo contingente y lo absoluto. Al fin y al cabo, el verdadero cristianismo jamás estará en contra de la razón. La fe cristiana se sustenta en la revelación de Aquel que es en sí mismo la Razón hecha carne, el Logos que se hizo hombre y puso su morada como hombre en medio de los hombres y que como Logos ha actuado y se ha manifestado, no solo como la Sabiduría eterna, como la Razón inmanente y trascendente a la Creación misma, sino, sobre todo, como el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. (Jn 1, 1-14).

Referencias
- Benedicto XVI, Encuentro con los representantes de la ciencia en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, 12/9/2006.
- Carlos Alberto Marmelada Sebastián, Cosmología actual, Filosofía y Religión, Aceprensa, 15/11/00.
- Mons. Józef Zycinski, Las leyes de la naturaleza y la inmanencia de Dios en el universo en evolución, Scripta Theologica, 1998.
- Nelson O. Crespo Roque, ¿Un diseño con Diseñador?, Espacio Laical, No. 2, año 2, 2006.
- Nelson O. Crespo Roque, Encuentro “Cosmología actual: implicaciones científicas y teológicas”, Seminario San Carlos y San Ambrosio, 29 de octubre de 2005, Espacio Laical, No. 1, año 2, 2006.
- Roger Trigo, La racionalidad en la ciencia y la teología, Universidad de Warwick, Gran Bretaña, Scripta Theologica, 30, 1998.

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