Edición 1024 X 768
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Aludíamos a esa potencia vigilante, multiplicada de ojos como la cola de Juno o ciertos emblemas del Apocalipsis, productora de esas tensiones donde se cifra nuestra época. Estas tensiones han elaborado la arribada de la novedad como categoría estética. He ahí otro acercamiento del periodista e intelectual mostrado por nuestros días. La novedad es la momentánea destreza de la presentación y no la esperada lentitud de la factura, la búsqueda de la sensación inmediata y su cabrilleante refracción, las fascinantes sorpresas engen-dradas por las bruscas concentraciones del tiempo, el ejercicio de operar sobre las más increíbles y bruscas situaciones de la niebla y la espuma, parecen acercar como un signo de nuestro momento las obras hechas para la eternidad, con las que surgieron para cumplimentar las sucesión de las lunas. Pero así como el escritor se decide por la forma y arquetipo de ese instante, buscando tal vez una estructura que intente sobrevivirle, el periodista jubilosamente adentrado en el deporte de ese instante, prefiere rendirlo en su más servicial adamismo, en las más imantadas y nobles formas de la sencillez. En ese culto de la inmediata novedad Picasso y Delanuy han inundado sus cuadros con cintillos de indiferentes o afanosas noticias, y Tristán Tzara y Gertrudis Stein han extraído palabras al azar, tijereteadas de los periódicos para confeccionar sus juveniles y sanguíneos poemas. Más en la lejanía, pero mucho más cercano en el otro tiempo, se percibe a Walt Whitman y su enorme lápiz de corrector de pruebas. Así se une aquel furor o éxtasis, que los griegos valoraban para traspasar lo inmediato y unir lo novedoso con lo secular, con una calidad de testimonio, con la que se da fe de que la fugacidad ha sido entrevista. Furor o éxtasis para ir más allá de lo inmediato y testimonio para su acto puro. Búsqueda de lo secular trascendente, pero naciente sentido para la captación inmediata del añadido fragmento diario. Añade el periodista ese inquietante fragmento con el justo júbilo de sorprender que parte de sus noticias se deshacen por las arenas y las crónicas, y parte se reconstruye para lo histórico y perdurable.
Entresacado el artículo de Luis Amado-Blanco, le sorprendemos el terror de la casa vacía y la manera de llegarle la sobreabundancia de los símbolos. La casa vacía, la no coincidencia en la sobremesa gustosa, en torno de la doctrina del padre, de la exquisita perdurable variedad de la familia. La ausencia de conversación con el padre, colocando la bondad y el dogma en la subconciencia, destierra la marcha secular de los símbolos. Si la casa se habita de nuevo con un sentido eficaz, si se convierte en un misterio que persiste como un arca en el tiempo, vuelven los símbolos a su más claro nacimiento. Hagamos la resuelta escultura de la sobremesa y sus lindos regustos para que se fijen símbolos. A ese sentido crítico, mantenido en el cotidiano comentario de cultura, añade Luis Amado-Blanco, su afán de resolver en una metáfora, de hacer bailar los temas de una discontinua atmósfera de claras nieblas. Y siempre con el deseo de prolongar la metáfora por todo el comentario, de querer llenar con la metáfora la casa vacía. Con esa inquietud que muestra la metáfora, cuando no se dirige al poema y queda con la nostalgia de su propio cuerpo correspondiente. Es innegable que esa nostalgia puede ser premiada.
Me reprendo y eximo, y después consiento naturalmente porque el jurado haya decidido que sea yo el que estreche a Luis Amado-Blanco en el otorgamiento. Y verlo como llevará el Justo de Lara hasta su escudo y su recuerdo, donde parece situarse como divisa del dicho de Gómez Manrique: Cítara y Ultramar.
José Lezama Lima.
Directora
Ivette Fuentes de la Paz
Asesor
Monseñor Rodolfo Loiz
Edición
Ángeles Ulloa
Ilustraciones
Portada/Fotos : Mauricio Hernández
Interiores/Fotos: Chinolope
y Archivo Familiar José Lezama Lima (Cortesía Ernesto Bustillo)
Publicación del Centro de Estudios de la Arquidiócesis de la Habana
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