Alocución, 5 de junio de 2022, Domingo de Pentecostés

Hoy, 5 de junio, domingo de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo cincuenta días después de la resurrección de Cristo y también celebramos su continua presencia en medio de nosotros hoy. El libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 1 al 11, nos narra lo que pasó ese día de Pentecostés.

(EVANGELIO)

El catecismo de la Iglesia Católica nos dice quién es El Espíritu Santo:

¿Qué quiere decir la Iglesia cuando confiesa todos los domingos: Creo en el Espíritu Santo?

Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y “que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Espíritu Santo “ha sido enviado a nuestros corazones” a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios.

¿Cuáles son los apelativos del Espíritu Santo?

“Espíritu Santo” es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús lo llama también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El Nuevo Testamento lo llama Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de gloria y de la promesa.

¿Con qué símbolos se representa al Espíritu Santo?

Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y sacia la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él.

¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?

El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como el Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Los envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas funciones, para que todos den “el fruto del Espíritu” (Ga 5, 22).

¿Cómo actúan Cristo y su Espíritu en el corazón de los bautizados?

Por medio de los siete sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo, y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración.

(CANTO)

El Papa nos habla del Espíritu Santo:

Jesús dice a sus amigos: “Les envío al que mi Padre ha prometido” (v. 49). Está hablando del Espíritu Santo, el Consolador, el que los acompañará, los guiará, los apoyará en su misión, los defenderá en las batallas espirituales. Entonces comprendemos algo importante: Jesús no abandona a los discípulos. Sube al cielo, pero no nos deja solos. Por el contrario, precisamente al ascender al Padre asegura la efusión del Espíritu Santo, de su Espíritu. En otra ocasión había dicho: “Les conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7), es decir, el Espíritu. El amor de Jesús por nosotros también se puede ver en esto: la suya es una presencia que no quiere restringir nuestra libertad. Al contrario, nos hace un espacio, porque el verdadero amor siempre genera una cercanía que no aplasta, no es posesivo, es cercano, pero no posesivo; es más, el verdadero amor nos hace protagonistas.

Por eso, Cristo asegura: “Voy al Padre, y serán revestidos de un poder de lo alto: les enviaré mi propio Espíritu, y con su poder continuarán mi obra en el mundo” (cf. Lc 24, 49). Por eso, al subir al cielo, Jesús, en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo, se hace cercano a todos con su Espíritu. El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros, más allá de las barreras del tiempo y del espacio, para que seamos sus testigos en el mundo.

Inmediatamente después Cristo levanta las manos y bendice a los apóstoles (cf. v. 50). Es un gesto sacerdotal. Dios, desde los tiempos de Aarón, había confiado a los sacerdotes la tarea de bendecir al pueblo (cf. Nm 6,26). El Evangelio quiere decirnos que Jesús es el gran sacerdote de nuestra vida. Jesús sube al Padre para interceder por nosotros, para presentarle nuestra humanidad. Así, ante los ojos del Padre, están y estarán siempre, con la humanidad de Jesús, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras heridas. Así, al hacer su “éxodo” al Cielo, Cristo “nos abre un camino”, va a preparar un lugar para nosotros y, desde ahora, intercede por nosotros, para que siempre estemos acompañados y bendecidos por el Padre.

Hermanos y hermanas, pensemos hoy en el don del Espíritu que hemos recibido de Jesús para ser testigos del Evangelio. Preguntémonos si realmente lo somos; y también si somos capaces de amar a los demás, dejándolos libres y dejándoles espacio. Y luego: ¿sabemos hacernos intercesores por los demás, es decir, sabemos rezar por ellos y bendecir sus vidas? ¿O servimos a los demás por nuestros propios intereses? Aprendamos esto: la oración de intercesión, interceder por las esperanzas y los sufrimientos del mundo, interceder por la paz. Y bendigamos con la mirada y las palabras a quienes encontramos cada día.

Ahora recemos a la Virgen, la bendita entre las mujeres, que, llena del Espíritu Santo, siempre reza e intercede por nosotros.

Reina del cielo, alégrate, ¡aleluya! Porque el Señor a quien has merecido llevar, ¡aleluya!, ha resucitado, según su palabra ¡Aleluya! Ruega al Señor por nosotros ¡Aleluya! Gózate y alégrate, Virgen María ¡Aleluya! Porque verdaderamente ha resucitado el Señor ¡Aleluya!

(CANTO)

San Agustín nos habla del Espíritu Santo:

No oye el ojo, ni ve el oído, ni la lengua; ni habla el oído o el ojo; pero, con todo, viven; vive el oído, vive la lengua; son diversas las funciones, pero una misma la vida. Así es la Iglesia de Dios: en unos santos hace milagros, en otros proclama la verdad, en otros guarda la virginidad, en otros la castidad matrimonial, en unos una cosa y en otros otra; cada uno realiza su función propia, pero todos viven la misma vida. Lo que es el alma respecto al cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu Santo respecto al cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Espíritu Santo obra en la Iglesia lo mismo que el alma en todos los miembros de un único cuerpo. Mas vean de qué deben cuidarse, ¿qué tienen que cumplir y qué han de temer? Acontece que en un cuerpo humano, mejor, que de un cuerpo humano hay que amputar un miembro, la mano, un dedo o un pie. ¿Acaso el alma va tras el miembro cortado? Mientras estaba en el cuerpo vivía, una vez cortado perdió la vida.

De idéntica manera, el hombre cristiano es católico mientras vive en el cuerpo. El hacerse hereje equivale a ser amputado. Y el alma no sigue a un miembro amputado. Por tanto, si quieren recibir la vida del Espíritu Santo conserven la Caridad, amen la Verdad, deseen la unidad para llegar a la eternidad. Amén.

(CANTO)

Hemos recibido esta hermosa reflexión de un santo sacerdote:

En la historia de la Iglesia tenemos un tesoro de miles de santos diferentes, que han reflejado, cada uno a su modo, la belleza de Jesús. Ellos se dejaron tocar por el Espíritu Santo y Él hizo maravillas en sus vidas. San francisco de Asís reflejó la pobreza y la alegría del Señor. Santa Rita nos mostró la fortaleza y la entrega de Cristo. El Beato Padre Olallo nos mostró su predilección por los pobres y su preocupación por los que sufren. Por eso cuando nos ponemos a rezar frente a la imagen de un santo, San José, por ejemplo, vemos en esa imagen simple de José que el Espíritu Santo nos hace descubrir un reflejo de la inmensa ternura de Jesús; nos hace sentir la caricia de su amor que nos dice: “Yo estoy a tu lado; yo no te abandono; yo te quiero”. Pero cada uno debería preguntarse ahora: “¿Y yo. ¿Qué querrá hacer de mí el Espíritu Santo? Ninguno de nosotros tiene que repetir lo que fue Santa Rosa, ni San Francisco, ni la Santa Teresa de Calcuta. Cada uno llega a ser santo de un modo particular porque Dios lo ha hecho distinto; y el Espíritu Santo quiere poner en tu vida un reflejo de Jesús que no había puesto en los demás. Entreguémonos al Espíritu Santo para que haga su obra. Nos dice San Pablo en la Carta a los romanos, capítulo 12, versículo 1. “Los exhorto, hermanos, a que se entreguen a Dios como una ofrenda vida, santa. Háganla agradable a Él. Ese será el culto espiritual de ustedes”.

(CANTO)

Rezamos al Espíritu Santo por nuestros familiares…

Hoy dejo en tu presencia, Espíritu Santo, a todos mis seres queridos. Porque solo estarán seguros si tú te apoderas de sus vidas…

Penetra en ellos con tu fuerza. Cúralos de toda enfermedad y de toda debilidad…

Sana también todo lo que esté herido en su interior, todo mal recuerdo, toda angustia, todo mal sentimiento…

Tú conoces sus perturbaciones interiores y solo tú puedes liberarlos de sus males más profundos…

Bendice  a mis seres queridos, Espíritu Santo. Concédeles éxito en lo que emprendan. Ilumínalos para que acierten en sus decisiones y concédeles que se cumplan sus sueños más preciosos…

Muéstrales el camino para alcanzar su felicidad. Derrama en ellos tu paz, tu alegría, tu amor…

Llénalos de esperanza de luz de consuelo… Y transfórmalos cada día, Espíritu de Vida, para que puedan madurar y crecer, y sean cada vez más bellos por dentro…

Corrige sus defectos y sus vicios… Muéstrales la hermosura de las virtudes…

Derrama sobre ellos tu amor para que se parezcan cada vez más a Jesús y sigan sus pasos

Llénalos de ti, Espíritu Santo, fortalécelos, libéralos, inúndalos… Amén.

(CANTO)

Ven, Espíritu Santo, libérame, para que no alimente la impaciencia y el desprecio hacia otras personas.

Toma mi mirada para que pueda mirar a los demás como Jesús, con inmensa paciencia…

Contemplo a Jesús tan comprensivo con los pecadores, tan paciente y compasivo con las debilidades de sus discípulos… tan cercanos a todos.

Quiero aprender con Jesús, paciente y humilde, para encontrar descanso y alivio en mis impaciencias…

Bendigo a todas las personas que me molestan, que me desagradan, que me cansan, que me perturban, que me interrumpen… Las bendigo para que sean cada día más bellas y santas; para que reflejen tu amor y hermosura. Pasa tu mano por sus vidas para que sean felices.

Ven, Espíritu Santo, a mi vida. Penetra en mi interior, acaríciame con tu divina calma, cura las heridas de mi intimidad que me llevan a rechazar a los demás… Sana la raíz de mis intolerancias, de mis malas acciones y regálame el don de la paciencia… Amén.

(CANTO)

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Digamos con fe y esperanza:

(PADRENEUSTRO)

Inclinamos la cabeza para recibir la bendición:

Al final de cada invocación rezamos Amén.

El Dios creador de todo el Universo, que en el día de hoy iluminó las mentes de sus discípulos derramando sobre ellas el Espíritu Santo, los alegre con sus bendiciones y los llene con los dones de Espíritu consolador… Amén.

El mismo fuego divino, que de manera admirable se posó sobre los apóstoles, purifique sus corazones de todo pecado, y los ilumine con su claridad… Amén.

Y el mismo Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en la diversidad de lenguas, les conceda el don de la perseverancia en esta misma fe, y así puedan pasar de la esperanza a la plena visión… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sus familias…. Amén.

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