Homilía de S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García, arzobispo de La Habana en la Misa Crismal

Queridos padres, maestros, sacerdotes, pastores:

Queridos hijos de sus sacerdotes:

Dios Abba nos pensó desde la eternidad para ser sacerdotes y se ha ido sirviendo de innumerables personas para lograr su voluntad salvadora a través de nuestro sacerdocio. Nuestros padres fueron colaboradores en la realización de lo querido por nuestro Papito Dios. Por ellos venimos a la vida y maravillas de ternura nos sembraron desde el seno materno y al nacer en la enseñanza, educación y corrección. Dios es ternura, nuestros padres y familiares fueron ternura, las monjas destilan ternura para con los enfermos, ancianos y discapacitados, un sacerdote es un padre de ternura para con todos sus hijos, los buenos, los malos, los creyentes, los santeros, espiritistas, los ateos, los de todas las edades.

Los hijos de un sacerdote no se cuentan por los que vienen a la Iglesia, todos los habitantes de la parroquia son sus hijos. Por eso es precioso que nos digan: Padre, y nos lo dicen porque tratamos a todos los hijos con ternura.

Una persona clave en nuestro camino al sacerdocio ha sido nuestra catequista, la que nos preparó para el bautismo, la primera comunión, la confirmación y nos enseñó con pasión y perseverancia las verdades de la fe, la celebración de la fe, la vida de la fe y la oración. Si uno vive el catecismo es un santo.

El Espíritu de ternura nos inunde de la sabiduría para vivir todo lo que conocemos de la Santísima Trinidad, de la Iglesia, de la Virgen María y de la persona humana, imagen y semejanza de Dios y nos conceda enseñarlo a todos nuestros hijos.

El pueblo nos quiere santos. Un camino seguro de santidad es confesarse con la frecuencia que nos enseñó nuestro padre espiritual.

Nos han contado que el cura de Ars, a quien no querían ordenar por no saber latín, pero que sí vivía el catecismo, pasaba horas sentado en el confesionario y acudían multitudes, de tal manera que aumentaron los trenes de París a Ars. Una manera de fabricar santos es confesar.

Damos gracias a Dios por el sacerdote que nos confiesa. Damos gracias a Dios por las personas que confesamos. Salen felices ellas y nosotros también.

Damos gracias a Dios por los que bautizamos. Salen felices ellos, sus familias, y nosotros también.

Damos gracias a Dios por las misas diarias que celebramos. Todos los días podemos decir: Vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí.

Damos gracias a Dios por los enfermos que ungimos. Se sienten acogidos por el Padre Dios aún en medio de su enfermedad.

Damos gracias a Dios por los matrimonios salvados, aconsejados, acompañados, regañados, bendecidos. Es nuestra forma de hacer feliz y santa a la Arquidiócesis de La Habana. Un pueblo se compone de familias y si las familias son felices, el pueblo es feliz.

Para ser santos y hacer santos, para ser papás de ternura, para ser maestros de catecismo, para guiar por el camino de Cristo hemos sido creados, predestinados, elegidos, ungidos y enviados.

La Virgen nos cargue y ruegue por nosotros para llevar a plenitud nuestra misión que es más que para hombres.

Santo Cura de Ars, ruega por nosotros y por nuestros hijos. Amén.

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