Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en su Carta de Fundación
del Consejo Pontificio para la Cultura dijo que la "síntesis de
la cultura y de la fe no es solamente una exigencia de la cultura sino
también de la fe". En esta interrelación que se esencializa como
síntesis de ambas, se apoya todo el quehacer pastoral de la cultura
en su marcha hacia el nuevo milenio.
Sobre estas condicionantes surge la configuración de los Centros Culturales
Católicos. Así, el misterio de la Iglesia, vivido a plenitud en el propio
campo de acción social del hombre, permite la asunción de las posturas
existenciales que "viven" el Evangelio según las potencialidades
del intelecto y libertad humanas.
La función de los Centros Culturales Católicos se torna aún más compleja
al tener una misión de compromiso laical proyectada fuera de sí pero
a veces también introspectada, pues de hecho, a pesar de la identificación
manifiesta del grupo con la Iglesia a la cual sirve, no siempre su dedicación
apostólica o confesional se explicita claramente dado que su composición
es altamente heterogénea, lo cual particulariza el protagonismo de su
función que es, como se ha dicho, la funcionalidad del diálogo.
Sobre estos presupuestos surge en 1990 el llamado entonces Centro Arquidiocesano
de Estudios, respuesta inmediata al programa pastoral para la cultura
trazado en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) celebrado en
Cuba en 1986 y que decidiera una acción más enérgica y audaz, consonante
con la realidad de la nación; acción de una Iglesia orante, encamada
y evangelizadora" ratificada luego en el Encuentro Conmemorativo
(ECO) en 1996 luego de una década de énfasis y revitalización de su
misión, y del Encuentro celebrado en el 2006 que consolida y actualiza
el programa de acción pastoral a 20 años de trazado.
Acogido a su seno y por el prestigio en ganancia ofrecido, se organiza
el Centro de Estudios por la necesidad de un grupo de personas, de confrontar
ideas y proyectos en un espacio alternativo a la oficialidad. Creyentes
o no creyentes, ideológicamente comprometidos o no, establecen los puentes
de entendimiento y empatía a partir de una misma carencia y, por tanto,
vital necesidad de coexistencia intelectual en un espacio abierto, tolerante
y sobre todo, respetuoso de criterios y sentimientos.
Por los cambios operados dentro y fuera del país, aún dentro de una
mayor flexibilidad constitucional, calificado el Estado cubano como
laico y no ya plenamente "ateo" –aunque si identificado en
lo operante por el ateísmo científico de la doctrina marxista-leninista-
se reconoce además la ayuda que la fe cristiana y, por ende, las iniciativas
pastorales y evangelizadoras de la Iglesia, pueden aportar al bien social
y a la educación espiritual del cubano.
Como bien destacara Su Eminencia el Cardenal Jaime Ortega Alamino en
su intervención en el histórico encuentro de 1996 ya referido, el ateismo,
que ya casi se había convertido en una forma de "religión oficial"
fue perdiendo, en la última década que nos marca en formación, esas
características para descubrir resquicios en el muro de separación de
creyentes y no creyentes. Esperanza hallada en ese "mundo de la
increencia" (como lo definiera el Cardenal Paul Poupard) que ya
va vislumbrando en el vacío existencial que es la falta de fe, otra
dimensión que debe ser también vivida. Del "renegar de Dios"
o el "afrontar la vida como si Dios no existiera", síndrome
de una mentalidad educada en el ateismo, se ve transitar a un hombre
que, ya al menos, se percata de una grieta en su espiritualidad.
Es este el panorama de acción del Centro de Estudios dentro del espíritu
de la doctrina social de la Iglesia que propugna, no un proyecto utópico
para el hombre, sino la posibilidad de humanizar al máximo su acción
como persona libre y plenamente digna. Por esta opción de vida y posibilidad
de alcance espiritual de la persona humana, por este espacio de diálogo
y concertación de criterios, por la unicidad y multiplicidad que es
escuchar con respeto el criterio ajeno y contrario como otra voz sólo
desconocida e ignorada pero propia, "con todos y para el bien de
todos" como reza, en un retomar martiano, también la letra de la
Constitución de la República, y por hacer que el sentimiento cristiano
fundacional no quede al margen - como tantas veces lo ha sido un proyecto
no estatal - del gran proyecto social de la nación cubana, por su función
social y cultural y no por un "a pesar de su fe religiosa",
se ha sostenido el Centro de Estudios en estos años.
Ya para mayo de 1998, como parte de una renovación y reestructuración
que le permitiera lograr con más eficacia sus objetivos y en consonancia
a su vez con el compromiso de fe y evangelización que dejara en el ánimo
de los cubanos la visita del Papa Juan Pablo II a nuestra Patria cuando
exhortara, además, porque las iniciativas ya existentes en el campo
de la cultura encontraran "apoyo y autoridad" y fueran acicate
para un diálogo permanente con el "mundo de la cultura", se
presenta el grupo bajo la denominación de Centro de Estudios de la Arquidiócesis
de La Habana.
En sus palabras ante el Mundo de la Cultura en el Aula Magna de la Universidad
de La Habana, Su Santidad Juan Pablo II expresaba: "Los animo a
proseguir en sus esfuerzos por encontrar una síntesis con la que todos
los cubanos puedan identificarse; a buscar el modo de consolidar una
identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno sus múltiples
tradiciones nacionales. La cultura cubana, si está abierta a la Verdad,
afianzará su identidad nacional y la hará crecer en humanidad".
Imposible desoír el llamado imperioso y urgente que requiere, en tal
sentido, buscar nuevas síntesis unificadoras – y muy dentro de ellas
como secular componentes la catolicidad de nuestro yo nacional – para
lo cual es necesario dialogar sin prejuicios ni límites y abrir un espacio
con todos los factores de la sociedad que aporten a tan alta misión,
desde una postura científica que estructure los sistemas y métodos más
adecuados.
El ánimo y el acicate que constituyó para todos los cubanos la visita
del Papa y su exhortación apostólica, consolidó en gran medida el curso
proseguido por el ya constituido Centro de Estudios. Sus aportes se
hicieron más concretos y más participativos, en función de una inserción
más impetuosa dentro de la Sociedad a la que por derecho pertenecemos.
Volver
a la Portada