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Alocución, 6 de noviembre, Domingo XXXII del Tiempo Ordinario

(Canto)

Hoy, 6 de noviembre, domingo 32 del Tiempo Litúrgico Ordinario, escuchamos en todas las Iglesias Católicas del mundo el Evangelio según San Lucas, capítulo 20, versículos 27 al 38.

(Evangelio)

En la Profesión de Fe o Símbolo de los Apóstoles afirmamos: “Creo en la Resurrección de la carne y la Vida Eterna”. En la Profesión de Fe o Símbolo de los Cristianos de Nicea y Constantinopla afirmamos: “Espero la Resurrección de los muertos y la Vida del mundo futuro”. El Papa san Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios afirma: “Creemos en la Vida Eterna, creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la Gracia de Cristo, tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del Purgatorio, como las que son recibidas por Jesús en el Paraíso enseguida que se separan del cuerpo como el buen ladrón, constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

Creemos que la multitud de aquellas almas, que con Jesús y María se congregan en el Paraíso, forman la Iglesia Celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también ciertamente en grado y modo diverso juntamente con los Santos Ángeles en el Gobierno Divino de las cosas que ejerce Cristo glorificado. Como quiera que interceden por nosotros, y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza.

Creemos en la Comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la Tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste y unirse en una sola Iglesia. Y creemos, igualmente, que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: “Pidan y recibirán”. Profesando esta Fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la Resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero… amén.

(Canto)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:

¿Qué significa la expresión Resurrección de la carne?

La expresión Resurrección de la carne significa que el estado definitivo del hombre no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida.

¿Qué es la Vida Eterna?

La Vida Eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin, será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, Juez de vivos y muertos y será ratificada en el Juicio Final.

¿Qué se entiende por cielo?

Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos. Formando así la Iglesia del Cielo, donde ven a Dios cara a cara, viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.

(Canto)

El Papa Francisco ha dicho en la Homilía del día 2 de noviembre:

“C”. Estamos en la sala de espera del mundo para entrar en el cielo, para participar en ese banquete para todos los pueblos del que nos habló el profeta Isaías, quien dice algo que nos alegra el corazón porque hará realidad precisamente nuestras mayores expectativas. El Señor abolirá la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros. Es bonito cuando el Señor viene a secar las lágrimas y es feo cuando esperamos que sea algún otro y no el Señor quien las seque, y es más feo todavía no tener lágrimas. Entonces podremos decir: “este es el Señor en quien hemos esperado, aquel que seca las lágrimas. Alegrémonos, gocemos de su salvación”.

” Si vivimos a la espera de recibir bienes tan grandes y hermosos, que ni siquiera podemos imaginar, porque como nos recuerda el apóstol Pablo somos herederos de Dios o herederos con Cristo, y esperamos vivir para siempre, esperamos la redención de nuestros cuerpos. Hermanos y hermanas, alimentemos nuestra espera del cielo, ejercitemos nuestro deseo del cielo. Nos hace bien preguntarnos hoy si nuestros deseos tienen algo que ver con el cielo, porque nos arriesgamos a aspirar continuamente a las cosas que pasan, de confundir los deseos con las necesidades, de anteponer las expectativas del mundo a las expectativas de Dios. Pero perder de vista lo que importa para perseguir el bien, sería el mayor error de la vida. Miremos hacia arriba, porque estamos en camino hacia lo más alto, mientras que las cosas de aquí abajo no subirán allí: las mejores carreras, los mayores éxitos, los títulos y los galardones mas prestigiosos, las riquezas acumuladas y las ganancias terrenales, todo se desvanecerá en un instante y todas las expectativas depositadas en ellos se verán defraudadas para siempre y, sin embargo, cuánto tiempo, esfuerzo y energía gastamos preocupándonos y afligiéndonos por estas cosas, dejando que la atención hacia el hogar se desvanezca, perdiendo de vista el sentido del viaje, el infinito al que tendemos, la alegría por la que respiramos. Preguntémonos, ¿vivo lo que dice el Credo? ¿Espero, es decir la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro? ¿Y cómo es mi espera, voy a lo esencial o me distraigo con muchas cosas superfluas? ¿Cultivo la esperanza o sigo lamentándome porque valoro demasiado tantas cosas que no importan y que luego pasarán?

” Mientras esperamos el mañana, nos ayuda el Evangelio, y aquí surge la segunda palabra que me gustaría compartir con ustedes: sorpresa. Porque la sorpresa es grande cada vez que escuchamos el capítulo 25 de Mateo; es similar a la de los protagonistas que dice: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a visitarte? ¿Cuándo lo hemos hecho?”.

(Canto)

Cuenta una antigua tradición que hubo un cuarto Rey Mago que, por ayudar a un anciano, llegó tarde a la cita con los otro tres. Se desplazó por sus propios medios a Belén, pero la Sagrada Familia había partido ya hacia Egipto en donde intentó buscarlos, pero no los encontró, pues siempre se enredaba ayudando a algún necesitado. Habiendo vuelto a su país de origen, los Tres Reyes Magos le contaron todo sobre el niño Jesús y en su corazón el Cuarto Rey Mago prometió encontrarlo. Cuando después de treinta años oyó lo que se comentaba del profeta de Galilea, quiso verlo. Desafortunadamente, nunca llegaba en el momento oportuno, pues siempre tenía que atender las miserias que iba encontrando en el camino. Por fin, ya anciano, alcanzó a ver a Jesús subiendo al Gólgota y le dijo:

Toda mi vida te he buscado sin poder encontrarte

Jesús contestó:

No necesitabas buscarme porque tú siempre has estado a mi lado, ayudándome cuando estaba hambriento, sediento, enfermo, en la cárcel. Ahora, ven conmigo a la casa del cielo para seguir juntos eternamente

Rezamos con el Papa san Juan XXIII:

“Espíritu Santo, ven a perfeccionar la obra que Jesús comenzó en mí, que llegue pronto el tiempo de una vida llena de tu espíritu. Derrota toda presunción natural que encuentres en mí. Quiero ser sencillo, lleno del amor de Dios y constantemente generoso, que ninguna fuerza humana me impida hacer honor a mi vocación cristiana; que ningún interés por descuido mío vaya contra la justicia; que ningún egoísmo disminuya en mis los espacios infinitos de tu amor; que todo sea grande en mí. También el culto a la verdad y la prontitud en mi deber hasta la muerte; que la efusión del espíritu de amor venga sobre mí, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero… Amén¨

El cementerio de Colón es una enseñanza y catequesis de la Vida Eterna. Camina por el cementerio, describe lo que más te llama la atención de las imágenes del Crucificado, del Resucitado, del Jesús paciente, de la Virgen, de los ángeles y de todo aquello que te sugiere pensar en la Vida Eterna. Envía tu escrito al Arzobispado de La Habana.

(Canto)

Al Dios que nos es necesario porque es el único que puede amarnos eternamente nos dirigimos:

(Oración del Padrenuestro)

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre… Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén.

Recibimos la bendición del Señor. Inclinamos la cabeza para recibir la bendición.

El Dios de todo consuelo, que con amor inefable creó al hombre y en la Resurrección de su Hijo ha dado a los creyentes la esperanza de resucitar, derrame sobre ustedes su bendición… Amén.

Él conceda el perdón de toda culpa a los que vivimos aún en este mundo y otorgue a los que han muerto el hogar de la luz y de la paz… Amén.

Y a todos nos conceda vivir eternamente felices con Cristo, al que proclamamos resucitado de entre los muertos… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros, sobre nuestras familias y nos acompañe siempre… Amén.

(Canto)

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