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Alocución de S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García

Gracias a todos los que hacen posible esta emisión radial, hoy domingo 23 de agosto, domingo 21 del Tiempo Ordinario litúrgico.

Hoy se lee en todas las iglesias católicas del mundo este evangelio según San Mateo, capítulo 16, versículos 13 al 20.

El Encuentro Nacional Eclesial cubano, celebrado en el año 1986 nos ha dejado un mensaje para los seguidores de Cristo.

Cristo es todo para nosotros, él es “el camino, la verdad y la vida”; la luz; la cabeza; la piedra angular; el fundamento; el pastor bueno; la puerta; la palabra última y definitiva a los hombres; el mediador único; la causa única de nuestra salvación; nuestra paz.

Perfecto en su humanidad, perfecto en su humanidad, perfecto en su divinidad, “Cristo es Dios verdadero y hombre verdadero, que vino para que tengamos vida abundante”. Ante él se dobla toda rodilla, todo se recapitula en Cristo, todo se ordena a Cristo, todo encuentra en él su sentido último. En Cristo encuentra el hombre su dignidad completa: sabemos lo que somos, tenemos, podemos, valemos, cuando aceptamos a Cristo. Por cualquier camino se puede perder el hombre: por el camino de Cristo nunca se ha perdido nadie. Cristo libera, sana, perdona, santifica, vivifica, reconcilia, congrega, salva. Toda la acción de Dios está expresada en Cristo. En Cristo” es una palabra muy original y muy rica que San Pablo no se cansa de repetir. Nadie ha podido absolutizarse como se absolutizó él: “El que no está conmigo está contra mí”. El modificó la moral, se identificó con el Padre; perdonó los pecados; habló con autoridad; dijo que en Él se cumplía la Escritura. Fue el hombre para los demás, pero con tres categorías humanas preferidas: los pobres, los enfermos y los pecadores. El que encontró a Cristo, encontró el tesoro por el cual vale la pena “venderlo todo” porque “todo es pérdida en comparación del conocimiento sublime de Cristo, mi Señor”.

(Canción)

Simón Pedro dijo de Cristo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Las Carmelitas y las Dominicas contemplativas, las Adoratrices, las Hermanas Marta y María, nos dicen que Jesús es el gran orante. Por eso ellas rezan a todas las horas.

Las Hijas de la Caridad, las Hermanas de los Ancianos Desamparados, las Sanchinas, las Siervas de María, las Carmelitas Misioneras, las Hermanas de Santa Ana, nos dicen que Cristo es el pobre, el enfermo, el anciano y por eso le sirven a Él en estas personas.

Las Teresianas, las Salesianas, la Compañía de María, las Hermanas del Amor de Dios, las Carmelitas de San José, nos dicen que Cristo es el Maestro, sentado en el Monte de las Bienaventuranzas. Por eso ellas enseñan la verdad de Dios, de la Iglesia y de la persona humana.

Las Dominicas Misioneras, las Hermanas Misioneras del Corazón de Jesús, las MIC, las Cruzadas, las Siervas del Espíritu Santo, las Misioneras de la Caridad dicen que Cristo es el camino, y por eso ellas caminan anunciando el evangelio.

Todas las monjas nos dicen que Cristo es amor total y por eso ellas entregan todos los latidos de su corazón a quien les dio la muestra más grande de amor que ellas han recibido. Si alguien quiere saber lo que es el verdadero amor, hablen con las monjas.

Los matrimonios nos dicen que Cristo es familia y por eso viven y transmiten el amor al estilo de la Sagrada Familia.

Los trabajadores cristianos nos dicen que Cristo es carpintero y labora con amor. Por eso ellos trabajan para hacer felices a quienes sirven como Cristo y San José.

Y tú, ¿quién dices que es Cristo? Envía al Arzobispado tu breve comentario.

(Canción)

Un grupo de trabajadores tenían una reunión y habían prometido a sus esposas que regresarían temprano a sus casas. En esta reunión estaba Jorgitín. Sin embargo, la reunión terminó un poco tarde y todos salieron corriendo para sus casas. De repente, y sin quererlo, uno de ellos tropezó con una carretilla de mangos en la calle y los mangos se regaron por todas partes. Sin detenerse ni voltearse el que tumbó los mangos y los demás continuó corriendo en busca del transporte. Todos menos Jorgitín, quien experimentó compasión por la muchacha que vendía los mangos y se puso a recogerlos y colocarlos en la carretilla. Su sorpresa fue enorme al darse cuenta de que la dueña de la carretilla era débil visual.

Sin detenerse, muchos pasaban de largo mientras Jorgitín ayudaba a la débil visual.

Cuando terminaron de recoger los mangos, algunos dañados y apolismados, Jorgitín sacó dinero de su cartera y lo entregó a la muchacha como recompensa por los mangos dañados. ¿Estás bien? Ella, llorando, asintió con la cabeza. Él añadió: esperamos no haber arruinado tu día.

Cuando Jorgitín se alejaba, la muchacha le preguntó: “¿Es usted Jesucristo?”

Toda la noche Jorgitín se quedó escuchando la pregunta: ¿Es usted Jesucristo?

Toda la noche Jorgitín la pasó escuchando la pregunta, y al dormirse soñó que San Pablo le decía: “Vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí”. Y toda la noche Carmen, la carretillera durmió plácidamente y soñaba que Jesucristo le ayudaba a recoger los mangos. Y a ti, quienes te rodean ¿te confunden con Jesucristo?

(Canción)

El próximo domingo 30 de agosto comienza la Novena a la Virgen de la Caridad.

El Papa, en la oración del Ángelus del 15 de agosto, día de la Asunción al cielo de la Virgen María nos dice:

¿Qué nos aconseja nuestra Madre? En el Evangelio lo primero que dice es «engrandece mi alma al Señor». Nosotros, acostumbrados a escuchar estas palabras, quizá ya no hagamos caso a su significado. Engrandecer literalmente significa “hacer grande”, engrandecer. María “engrandece al Señor”: no los problemas, que tampoco le faltaban en ese momento, sino al Señor. ¡Cuántas veces, en cambio, nos dejamos vencer por las dificultades y absorber por los miedos! La Virgen no, porque pone a Dios como primera grandeza de la vida. De aquí surge el Magníficat, de aquí nace la alegría: no de la ausencia de los problemas, que antes o después llegan, sino que la alegría nace de la presencia de Dios que nos ayuda, que está cerca de nosotros. Porque Dios es grande. Y sobre todo, Dios mira a los pequeños. Nosotros somos su debilidad de amor: Dios mira y ama a los pequeños.

María, de hecho, se reconoce pequeña y exalta las «maravillas» (v. 49) que el Señor ha hecho en ella. ¿Cuáles? Sobre todo el don inesperado de la vida. María es virgen y se queda embarazada; y también Isabel, que era anciana, espera un hijo. El Señor hace maravillas con los pequeños, con quien no se cree grande sino que da gran espacio a Dios en la vida. Él extiende su misericordia sobre quien confía en Él y enaltece a los humildes. María alaba a Dios por esto.

Y nosotros -podemos preguntarnos- ¿nos acordamos de alabar a Dios? ¿Le damos las gracias por las maravillas que hace por nosotros? ¿Por cada día que nos regala, porque nos ama y nos perdona siempre, por su ternura? ¿Y por habernos dado a su Madre, por los hermanos y las hermanas que nos pone en el camino, porque nos ha abierto el Cielo? ¿Nosotros damos las gracias a Dios, alabamos a Dios por estas cosas? Si olvidamos el bien, el corazón se encoge. Pero si, como María, recordamos las maravillas que el Señor realiza, si al menos una vez al día lo magnificamos, entonces damos un gran paso adelante. Una vez al día podemos decir: “Yo alabo al Señor”, “Bendito sea el Señor”: es una pequeña oración de alabanza. Esto es alabar a Dios. El corazón, con esta pequeña oración, se dilatará, la alegría aumentará. Pidamos a la Virgen, puerta del Cielo, la gracia de iniciar cada día alzando la mirada hacia el cielo, hacia Dios, para decirle: “¡Gracias!”, como dicen los niños a sus padres.

(Canción)

El día 30, junto a la familia, puedes leer el evangelio de San Lucas, capítulo 1, versículos 26 al 38. Te podemos facilitar una guía de la Novena para celebrarla en familia. Llama al teléfono 7862-4000, preferiblemente por la mañana, y dinos tu dirección o la iglesia más cercana donde puedas recoger la guía de la Novena.

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo,

bendita Tú  eres entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros pecadores,  y por todos los que viven en mi casa,

      ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo,

bendita Tú  eres entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por todos los cubanos,

y ayúdanos a librarnos del coronavirus, de todos los males, de los ciclones y huracanes,

      ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

(Canción)

Nos unimos a Cristo espiritualmente:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Inclinamos las cabezas para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos: Amén.

El Dios de todo consuelo disponga los días de ustedes en la paz y afiance sus corazones en el amor familiar: Amén.

Que Dios los libre del coronavirus, de todos los males, de los ciclones y huracanes y les otorgue la bendición familiar: Amén.

Para que enriquecidos por la Fe, la Esperanza y la Caridad abunden en la casa las buenas obras y alcancen algún día todos estar juntos en la Casa del cielo: Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sobre sus familias y permanezca para siempre. Amén.

(Canción)

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