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Alocución 26 de mayo de 2024

Muy buenos días gentil audiencia que escucha la Radio Capitalina.

Una vez más desde el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, le presentamos este espacio de la Iglesia Católica para juntos durante casi 30 minutos compartir nuestra fe.

Hoy, tras haber concluido los 50 días de Pascua y con la alegría inmensa de la resurrección de Jesucristo, los cristianos celebramos uno de los elementos claves de la fe. En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. En efecto, ese es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con esos tres nombres nos referimos a un único y mismo Dios.

Puede parecerle algo complicado de entender, por eso en el transcurso del programa le iremos explicando de forma clara y sencilla que es la Santísima Trinidad. Para eso, nada mejor entonces que leer y escuchar la voz de Dios.

Le recomendamos que tenga a mano una Biblia para que siga la lectura y luego medir el texto. Leeremos del Evangelio según San Mateo, el capítulo 28, versículos del 16 al 20.

Reitero, Evangelio según San Mateo, capítulo 28, versículos del 16 al 20.

Luego escucharemos al Padre Antonio Diego, rector de nuestro seminario, con una reflexión sobre el Evangelio proclamado.

(Evangelio)

Estimados hermanos, celebramos en este domingo una fiesta de la Santísima Trinidad. Parece algo innecesario, pues toda la vida de los cristianos transcurre bajo el signo Trinitario. En cuanto venimos al mundo, la Iglesia se apresura a recibirnos bautizándonos en el nombre del Dios que es uno y que es Trino, del Dios que es un solo Dios y que a la vez es Padre, Hijo y Espíritu.

Desde pequeños aprendemos la señal de la cruz que acompaña nuestra vida de creyentes. Al salir de casa, al ingresar a una iglesia, al pasar delante del cementerio o incluso al pasar delante de alguna calamidad o dificultad, en los momentos importantes nuestra mirada vuelve hacia el Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu.

Parece innecesario, digo, que celebremos una fiesta específica de la Santísima Trinidad, pues todo está marcado por el Dios Trinitario. Y sin embargo, la Iglesia parece querer poner su atención sobre las tres personas del único Dios en el que confiesa nuestra fe. Así, parece un poco más lógico, si consideramos que hemos celebrado la fiesta del Hijo con la Resurrección y la fiesta del Espíritu con Pentecostés. Ahora contemplamos al Dios Trinitario, al Dios que en una sola naturaleza se hace para nosotros visible y patente, por lo que Jesús nos ha dicho.

Esta fiesta de la Trinidad se inscribe dentro de los días que concluyen la Pascua. Y, ciertamente, el año cristiano está dentro de esta relación de Dios que es Trinidad. La contemplamos tal como nos la ha dado conocer Jesús. Él nos revela, como nos dice la misa de hoy, que Dios es amor no es la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. En el credo confesamos a Dios que es creador y padre misericordioso. Confesamos que Dios es Hijo unigénito, eterna sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros. En El Credo confesamos que Dios es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos, la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres personas que son un solo Dios porque el padre es amor, el hijo es amor y el espíritu es amor. Dios es todo amor y solo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que es más bien fuente inagotable de vida que se entrega y comunique incesantemente. Nosotros, cuando miramos este macro universo, podemos comprender que hay una unidad dentro de todo ello. Todo lo que existe está grabado en cierto sentido, por el nombre de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta las últimas partículas es ser en relación. Y así nosotros podemos contemplar que Dios también es relación, que en el interior de Dios, en su seno, lo que se vive es una relación de amor, y de ahí proviene todo.

Señor, ¿qué admirable es tu nombre en toda la tierra?, dice el Salmo. Hablando precisamente de este nombre, la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación y donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el tejido del que está hecho, hace referencia a un principio que es trascendente, a la vida eterna e infinita. Dice San Pablo en los Hechos de los apóstoles: En él, en Dios, vivimos, nos movemos y existimos. Y la prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta.

Solo el amor nos hace felices. Solo porque vivimos en relación y vivimos para amar y para ser amados, podemos encontrar la felicidad. Es curioso, en un mundo donde cada vez se nos pregona más el deseo de individualismo, la excelencia de ser autónomo, sabemos que nuestro corazón se siente feliz cuando nos encontramos con personas a las que amamos. Sabemos que nos realizamos cuando nos dejamos amar por los demás, cuando mostramos nuestra cercanía, nuestro cariño. La felicidad del hombre no consiste en vivir aislado o en vivir sin necesidad de los otros. La felicidad del hombre consiste ante todo en vivir esta relación de amor. Y así la Iglesia está hecha a imagen de la Trinidad. En la Iglesia de los Cristianos tenemos que aprender a vivir amándonos profundamente y cuando esta experiencia del amor se da en nuestras comunidades cristianas, podemos decir que estamos experimentando la belleza de la Iglesia, o lo que viene a ser lo mismo, la belleza de Dios manifestada en la Iglesia. Por eso, el Señor nos ha invitado a vivir unidos, para expresar el amor y la comunión que vive en el seno trinitario Dios, Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu.

Todavía debemos insertar un elemento más. Hoy, comúnmente, los jóvenes hablan de eso que se llama ahora relaciones tóxicas. En una relación tóxica, una persona quiere dominar a la otra, quiere manipularla, quiere que la otra persona, en lugar de ser ella misma, sea una simple copia de sí. Desde luego, que no es el amor lo que mueve a estas personas, no le mueve el interés o el bien del otro, le mueve su propio interés. Nosotros nos preguntamos: ¿cómo es posible que Dios, uno que Dios que es unidad, sea también y a la vez relación de tres personas distintas, Padre, Hijo y espíritu. Pues esto es posible porque ese ser de Dios, esa naturaleza de Dios, es el amor, y el amor permite que el otro sea, que el otro exista y tenga su realidad. Lo contrario a esto es precisamente la anulación del otro. Y el Padre no quiere anular al Hijo, ni el Hijo siente celos del Padre, porque no es Padre, ni el Espíritu siente celos del Hijo, porque es el unigénito. Más bien, dado que se mueven siempre en la naturaleza del amor, permiten que el otro sea, exista, se realice.

Queridos hermanos, nuestra mirada hacia la Santísima Trinidad es una mirada hacia el misterio más profundo de nuestra fe. Por eso, cuando insertamos a alguien a la vida de la fe, lo hacemos en el nombre del Dios Trinidad, como fundamento primero y último de todo lo que hacemos en nuestra vida. Vayan al mundo entero y bauticen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

No es secundario que la primera lectura que hemos escuchado nos haga pensar también en que este Dios, que es Trinidad, es un Dios bueno, es un Dios que busca para nosotros lo mejor que nos ama y que se ha manifestado en su ley como un Dios bondadoso. Con razón, exclamaba el autor del Deuteronomio: ¿Acaso hay una nación que tenga un Dios tan cercano como nosotros tenemos al nuestro? El Dios Trinitario, el Dios que es amor, vive hacia nosotros, vive acercándose constantemente, y en Jesús lo hemos comprobado. Con razón, Él mismo nos dice al final del Evangelio de hoy: Yo estoy con ustedes todos los días hasta el final del mundo. Y sabemos que estando Jesús con nosotros está la Trinidad entera, el Padre, el Hijo, el Espíritu.

Es también curioso que en esta cercanía de Dios, manifestada en Jesús, puede inscribirse todo el Evangelio. Aquel que nació como el Dios con nosotros, nos promete ahora estar con nosotros todos los días hasta el final de la historia.

Qué misterio grande es el de la Trinidad. Misterio, ante todo, que se pone ante nuestros ojos para que podamos considerarlo y para que podamos amar más profundamente a Dios. Hermoso misterio, hermanos, que nos hace vivir más cristianamente, considerando que este Dios tan grande ha querido venir a vivir con nosotros en Cristo y que su mandato de insertarnos en él sigue vigente hoy. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu.

(Música)

Amigo que nos escuchas, es tiempo de la catequesis. Adentrémonos en los misterios de la fe, para juntos descubrir la belleza e inmensidad de nuestra religión.

-Buenos días, Dariel: ¿Listo para preguntar?

-Siempre listo.

-A propósito de la festividad de hoy, ¿por qué la Santísima Trinidad es el misterio central de la vida cristiana?

-Pues se trata de Dios en sí mismo. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios, por los cuales el dios verdadero y único que es padre, hijo y espíritu santo se rebela a los hombres.

– Entonces, no se trata de tres dioses, ¿verdad?

– El único Dios es Padre, Hijo y Espíritu a la vez. Cada persona divina comparte la misma y única naturaleza de Dios. Hay algo muy importante y donde se evidencia la Santísima Trinidad, que es el signo del cristiano, la señal de la cruz. Explícame la forma correcta de hacernos la señal de la cruz.

– En efecto, es muy importante. Con la señal de la cruz se inicia toda celebración en la iglesia y toda oración. Siempre con la mano derecha nos tocamos la cabeza como símbolo del Padre que está en el cielo luego el pecho como símbolo del Hijo que vino al mundo y luego el hombro izquierdo y después el derecho como símbolo del Espíritu Santo que lo cubre todo.

-Muchísimas gracias. Ha sido en verdad muy interesante lo que me has explicado sobre la Santísima Trinidad. Y a usted, que me escucha, le deseo un buen domingo.

(Música)

– Es tiempo de dar testimonio. Escuchemos hoy a Junior P. Prieto, un joven camagüeyano, cuya vida cristiana se encamina hacia el sacerdocio ministerial.

-Junior, bienvenido a este espacio que la Radio Habanera dedica a compartir cada domingo la fe católica. Coméntanos cómo supiste que Dios te llamaba para ser sacerdote.

– Buenos días, Julio. Me di cuenta que el Señor me llamaba el sacerdocio cuando en mi pueblo natal de Redención visitábamos la Semana Santa, semanas de misión, visitábamos pueblos alrededor de ese gran pueblo de Redención y ahí veía que hacía falta presencia del sacerdote, de la iglesia, para que esas personas también conocieran a Dios, y ese deseo también dentro de mí de llevar la palabra a Dios a esas personas, y fue algo que fue marcando y fue forjando mi vocación. También marcó mi vocación al sacerdocio, el trato con los enfermos, con el mundo del dolor, del sufrimiento, fue algo que fue marcando puntos que me fueron dando pasos, ahí descubriendo la opción por el sacerdocio.

-En tu vida cristiana y como seminarista, ¿has experimentado la presencia de la Trinidad?

-Yo creo que en la vida cristiana, Julio, se experimenta cuando uno recibe las aguas del bautismo, la presencia de la Trinidad que habita en nuestra vida y que todo nuestro proceder cristiano parte a raíz de ese encuentro con Dios que es Trinidad y en la medida en que uno va actuando se va reflejando esa unión íntima con Dios que es terminar en Cristo su hijo.

-¿Qué elementos de este misterio de nuestra fe crees que son esenciales para un santo ministerio sacerdotal?

-Yo creo que un elemento primordial que distingue y que define a la Trinidad es la comunión. Yo creo que el sacerdote debe ser el arquitecto de la comunión en la comunidad cristiana. Debe construir esa comunión en la medida que se va entregando cada día a su pueblo y ser ese garante de la comunión en medio de los hombres.

-Te agradecemos, Junior, tu presencia en nuestro espacio. Terminas ya tus ocho años de formación. En nuestro seminario te encaminas también hacia el ministerio sacerdotal y nosotros te seguiremos acompañando con nuestras oraciones.

(Música)

Confiando en que Dios siempre nos escucha, pongamos en sus manos nuestras peticiones.

Padre Dios todopoderoso y eterno, envía, en nombre de tu Hijo, el Espíritu Santo sobre la Iglesia, para que la mantenga en la unidad de la caridad y la verdad plena.

– Suscita, Señor, hombres y mujeres con un corazón dispuesto a anunciarte para que hagan discípulos en todas partes. Bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Padre todopoderoso que todos reconozcamos que tú, junto con Cristo y el Espíritu Santo, eres uno, para que sólo a ti amemos, en ti confiemos y en ti esperemos.

(Canción)

Agradecemos su amable sintonía sobre casi media hora de duración y le invitamos a que cada domingo escuche este espacio desde el Arzobispado de La Habana.

Feliz domingo y que Dios los bendiga.

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