Homilía- Sermón de las Siete Palabras
Contemplamos al crucificado que tiene un letrero sobre su cabeza, INRI, las iniciales de cuatro palabras latinas, las cuales traducidas al español dicen: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Vemos a un Rey victorioso, sujeto a la cruz por varios clavos pasantes, vemos a un rey tranquilo, traicionado, vemos a un Rey fiel, coronado de espinas, vemos a un Rey pacífico, con la marca de 40 latigazos, vemos a un Rey pacífico con una herida en el corazón traspasado, vemos a un Rey con brazos extendidos para reunir a crucificados y crucificadores y al mismo tiempo estamos ante un Rey orante con esperanza confiada en su Padre Dios a pesar de que aparentemente está abandonado y este Rey del sufrimiento aceptado en paz por amor a su Padre Dios y a sus hijos, deja moribundo su testamento en estas 7 Palabras que hemos escuchado.
Esta noche presentamos a nuestro Rey crucificado todos los momentos en que nos hemos sentido crucificados, coronados de espinas, flagelados, despreciados. Presentamos las heridas de nuestro corazón. Escribamos todos estos dolores nuestros y los colocamos al pie de una cruz o debajo de una estampa y rezamos:
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.
Puede suceder que en ocasiones nos convirtamos en crucificadores y hagamos sufrir a familiares, amigos, vecinos, personas inocentes y muchos otros. Dios no se cansa de perdonarnos. Solo tenemos que reconocer que hicimos el mal y por ese mal padecieron personas. Reconocido el mal pedimos perdón a Dios y a quienes crucificamos y nos disponemos a nunca más causar sufrimientos a quienes hemos marcado con heridas dolorosas. Y rogamos a Dios que crucificados y crucificadores se conviertan en pacificadores. Un sacerdote, un diácono, una monja, pueden ayudarnos a sanar nuestras heridas y rehacer nuestra vida. Ellos están disponibles. Búscalos. Reconocemos que hemos hecho el mal:
YO CONFIESO así, sin tapujos y sin rodeos,
ANTE DIOS TODOPODEROSO,
ante el cual no hay nada oculto.
Y ANTE USTEDES, HERMANOS,
ante quienes también soy culpable y responsable,
QUE HE PECADO MUCHO, así, tal como suena: que soy peor de lo que parezco y
cuando me juzgan mal se quedan cortos, pues he pecado de todas las maneras
posibles:
DE PENSAMIENTO, PALABRA, OBRA Y OMISIÓN
y no echo la culpa a nadie porque ha sido siempre
POR MI CULPA, POR MI CULPA, POR MI GRAN CULPA pero estoy sinceramente
arrepentido, tanto que voy a reparar mis pecados cuanto antes y de la manera más
plena posible.
Ahora bien, veo que necesito toda la bondad de Dios para merecer el perdón y toda su
fuerza para rehacer mi vida.
POR ESO RUEGO A SANTA MARÍA VIRGEN, A LOS ÁNGELES, A LOS SANTOS Y A
USTEDES, HERMANOS, QUE RUEGUEN POR MÍ ANTE DIOS, NUESTRO SEÑOR.
Esta noche queremos convertir nuestros sufrimientos en oraciones como Cristo en la cruz. Rezamos por cada una de nuestras madres a las cuales hemos hecho sufrir sus hijos. Rezamos por los hijos fajados quienes estuvieron en el mismo seno materno, los cuales crucifican a su mamá. Su reconciliación llenará de felicidad a la mamá. Rezamos por los hijos de la Virgen de la Caridad que están en conflicto y la Virgen en medio de ellos para que vivan en paz.
Rezamos por las madres de los hijos enfermos, presos, conflictivos, discapacitados, emigrantes, difuntos y les pedimos a todas las madres que aprieten contra su corazón una estampa de la Virgen de la Caridad y recen por sus hijos y así regresará la paz.
Rogamos a la Virgen:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén
A Jesús crucificado lo acompañó su mamá, el buen amigo Juan Evangelista y algunas mujeres valientes y consoladoras. Damos gracias a Dios por tantas personas buenas que nos acompañan en nuestros dolores y están allí, no hablan mucho, pero la cercana presencia nos fortalece.
¡Qué maravilla sentir a nuestro lado personas que lloran con nosotros, sufren con nosotros, caminan con nosotros, nos abrazan y nunca nos dejan solos!
El mejor consolador de un enfermo es otro enfermo. El mejor consolador de quien llora, es alguien que sabe de lágrimas.
Cada persona sufriente no se encierre ni se quede con su pena. Consuele a quienes padecen lo mismo. Como Cristo hable desde su cruz a quienes llevan semejantes cruces y el sufrimiento acompañado se convierte en paz para consolador y consolado.
Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.
Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.
Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.
Oremos:
Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre tu pueblo que se dispone a celebrar la Semana Santa con la esperanza de la Santa Resurrección de Cristo; venga sobre él tu perdón; concédele tu consuelo; acrecienta su fe; multiplica su amor y guíalo a la salvación eterna, por Cristo Nuestro Señor. Amén.