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Alocución 7 de marzo de 2021

 

Buenos días hermanos, les habla Monseñor Polcari, nuestro Pastor el Cardenal Juan de la Caridad no puede estar hoy con ustedes y me ha encargado para que les dirija una reflexión sobre el domingo 7 de marzo, Tercer Domingo de Cuaresma. Siguiendo su buena costumbre, empiezo por agradecerles a todos los que hacen posible este encuentro radial dominical.

La Liturgia de este Domingo pone su acento en la primacía de Dios en su relación con el Pueblo Elegido, en la antigua Alianza marcada por las Diez Palabras o Mandamientos proclamados por Dios para todos sepan que Él es el único y que no hay otro; Él es “su” Dios que se une a Israel y lo hace su pueblo. Dios es celoso, no acepta que se comparta con los falsos dioses el amor que a Él se le debe. El texto propuesto es el Éxodo en el capítulo 20, versículos de 1 al 17.

La aceptación o el rechazo a estas “palabras” corresponderán a las actitudes de fidelidad o adulterio en las relaciones con Dios. La vida del pueblo de Israel estará marcada por esta experiencia que alcanzará su plenitud en Jesucristo, quien resumirá todas las leyes y preceptos en el mandamiento supremo del amor. Como nos enseña Jesús, debemos vivir a plenitud los mandamientos porque son una guía segura y siempre actual, de nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo empezando por la familia, siguiendo con la comunidad de hermanos en la fe y llegando hasta aquellos que no nos quieren bien y que conocemos como enemigos.

(Canción)

El apóstol y evangelista Juan, en el capítulo 2, versículos del 13 al 22, cuyo texto evangélico se nos ofrece hoy, nos narra el episodio de la purificación del templo por Jesús, estando ya cercana la gran fiesta de los judíos.

La vida de Jesús está marcada por el calendario de las fiestas  del pueblo judío, Él las celebra con sus discípulos y les da su significado pleno en su propia persona, como nos dice el apóstol Pablo refiriéndose al sacrificio de Cristo como “nuestra Pascua”.

Jesús se manifiesta como el Señor que reclama el recto cumplimiento de las Escrituras, “porque el celo de su casa le devora” y proclama a la vez su divinidad porque Él es el Señor de la vida: “Destruyan este templo y, en tres días, lo levantaré”. El Señor expulsa no solo a los mercaderes sino, también a los corderos y a los bueyes que se ofrecían en sacrificio.

La narración de Juan llega aquí a su culmen: el cuerpo de Jesús resucitado, es el nuevo templo de Dios, atrás quedará el antiguo, tantas veces profanado por las infidelidades de Israel. Y Él es el único y verdadero Cordero Pascual por el cual se alcanza la salvación y el perdón de los pecados. Jesús anuncia la destrucción del Templo que señalará  el comienzo de una nueva edad en la historia de la salvación. Llegará la hora en que a Dios se le dará culto en espíritu y verdad. Jesús, es el templo definitivo.

Después de la resurrección de Cristo, los apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo; pero San Pablo hablará del cuerpo del cristiano como templo del Espíritu Santo y donde viene a morar la Santísima Trinidad desde el día de nuestro Bautismo. Con el tiempo se construirán iglesias grandes y pequeñas en todo el mundo. Y estos edificios sagrados son un lugar privilegiado del encuentro de los fieles con Dios pero no el lugar exclusivo. La Iglesia está presente donde está un cristiano que vive de verdad su fe, y las casas donde se ora en familia se convierten en Iglesias domésticas. El católico debe hacer de su cuerpo y de su hogar un lugar para Dios, procurando que su familia viva en el amor, el respeto y la preocupación de cada uno de sus miembros, unos por otros.

El texto de la primera carta de san Pablo a los Corintios viene a recordarnos quien es el centro de nuestra Fe cristiana y a quien pertenecemos y a quien seguimos. El liderazgo en la Iglesia corresponde sólo a Cristo y este, crucificado. En el nuevo pueblo de Dios, todos somos servidores y nadie es cristiano por preferencia a determinada persona, no seguimos a los hombres, seguimos a Cristo crucificado, escándalo para un mundo que solo cree en el poder de la eficacia de los planes, del dinero, de lo que resuelve. No se puede aceptar y seguir a Cristo queriendo que su enseñanza y su estilo de vida pase por la lógica humana.

(Canción)

Te invito a que hagamos juntos oración. Todos los que me escuchan,  unámonos espiritualmente con Cristo, y lo hacemos en silencio interior, para pedirle a Dios que en estos días especiales de oración intensa y de conversión, que nos da la Cuaresma, podamos alcanzar de Él sus bendiciones: Te lo pedimos Señor…

+Perdona todas nuestras culpas y afiánzanos en la fe, en la esperanza y en la caridad. Te lo pedimos Señor…

+ Que a imitación de Cristo, tu Hijo, hagamos todo el bien que podamos, preocupándonos por todos y rezando por los más necesitados. Te lo pedimos Señor…

+Por el Papa, por nuestro Obispo Juan de la Caridad, por todos los demás Obispos, presbíteros y diáconos, y por todos los consagrados, para que seamos pastores entregados al servicio del Pueblo. Te lo pedimos Señor…

+ Pidamos por la sanación de los que están enfermos del cuerpo y del espíritu. Muy especialmente por los pacientes con coronavirus y por los que los atienden y sirven. Te lo pedimos Señor…

+ Para que cada católico sea un templo vivo que anuncie el evangelio y acoja a todos sin excluir a nadie. Te lo pedimos Señor…

Y concluimos nuestra oración, poniéndonos imaginariamente delante de la custodia del Santísimo y hagamos una profunda adoración. Te lo pedimos Señor…

Sé que quisieran recibir sacramentalmente a Cristo en su Cuerpo y en su Sangre eucarísticos, pero las circunstancias no lo permiten. Por eso ahora haremos una comunión espiritual pero antes les invito a hacer una oración profunda, en silencio a ese Cristo que contemplamos su Santísimo Sacramento en la Custodia. Es una oración que todos vamos a hacer adorándolo a Él.

(Canción)

“Oh mi buen Jesús creo firmemente que estás presente en el Santísimo Sacramento; te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma, pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente ahora, ven, al menos, espiritualmente a mi corazón. (Breve silencio) Señor Jesús, como si ya te hubiera recibido te abrazo y me uno íntimamente a ti. No permitas que jamás me separé de ti.”

(Canción)

Por ser domingo, la Iglesia centra toda su atención en el mensaje de Cristo, que hemos escuchado; pero no quisiera dejar pasar la celebración de mañana 8 de marzo, de un santo que se consagró a servir a su prójimo, principalmente, en los enfermos con trastornos mentales y nerviosos. Les hablo de San Juan de Dios, un hombre que vivió su experiencia de discípulo de Cristo en el siglo XVI. Nació en Portugal en 1495. Después de una vida un tanto libertina, incluso sirvió un tiempo en el ejército, encontró al Señor a través de las predicas de otro gran Santo, el sacerdote español Juan de Ávila, su conversión fue tan radical, que le tomaron por loco, encerrándolo en el Hospital Real de Granada; gracias a la intervención de San Juan de Ávila pudo verse libre e iniciar su gran labor asistencial fundando hospitales y, como siempre ocurre, su testimonio de vida atrajo a otros jóvenes para formarse, así, la Orden de los Hospitalarios. San Juan de Dios murió en Granada en el año 1550 y fue proclamado santo en 1690.

Los primeros hermanos llegan a La Habana en 1603 y se hacen cargo del único hospital existente en la villa, que trasladado a un nuevo lugar, dio nombre a la plaza de San Juan de Dios.

Y termino esta nota, resaltando el hecho de que dos de los tres Beatos cubanos, fuero Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, me refiero a José Olallo Valdés y a Jaime Óscar Valdés, ambos nacidos en La Habana y criados en la Casa Cuna; el llamado Padre Olallo vivó su ministerio ejemplar, sirviendo al pueblo en Camagüey; y Jaime Óscar, después de servir a muchos enfermos en España y en Colombia, dio el último y total testimonio de su consagración, muriendo mártir en España.

++ Bajo tu amparo nos acogemos,

Santa Madre de Dios, no deseches las súplicas que te dirigimos

En nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro,

Oh Virgen gloriosa y bendita. Amén

(Canción)

Y para concluir nuestro encuentro dominical les doy la Bendición final.

El Señor esté con todos ustedes.

Y con tu espíritu.

La bendición de Dios Todopoderoso, + Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y les acompañe siempre. Amén.

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