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Alocución, 12 de septiembre, XXIV domingo del Tiempo Ordinario

Gracias a todos los que hacen posible esta emisión radial, hoy 12 de septiembre, XXIV domingo del tiempo litúrgico ordinario. Escuchamos en todas las iglesias católicas el Evangelio según San Mateo capítulo 8 versículos 27 al 35.

(EVANGELIO)

Como la Palabra de Dios es eterna y consecuentemente actual, hoy Jesucristo te pregunta a ti: ¿quién dice la gente que soy yo? Quizás no sabes lo que piensa el esposo, la esposa, los hijos, los nietos, las nueras, los yernos, los vecinos, los que trabajan contigo. La mejor manera de saberlo es preguntarles a cada uno, ¿qué dices?, ¿qué piensas?, ¿qué opinas?, ¿qué crees de Cristo? Sería muy bueno que escribieras las respuestas para no olvidar y contarle a Cristo exactamente lo que te dijeron. Así cada uno de nosotros tendrá la primera pregunta respondida.

La segunda pregunta de Cristo es a ti directamente: ¿y tú quien dices que soy yo? La respuesta puede ser como la de san Pedro, “tú eres el Mesías, el Cristo, el ungido”… La respuesta puede ser como la del paralítico en la piscina de Betesda, “es quien  me ha sanado”. También como la  respuesta de la samaritana, “es quien me ha dicho todo lo que he hecho”, o la de Marta, “yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo”, o la de la multitud de Jerusalén, “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, o la del Libro de los Hechos que narró todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio, o las del Nuevo Testamento, “el camino, la verdad, la vida, la luz, la cabeza, la piedra angular, el fundamento, el buen pastor, la puerta, la palabra última y definitiva, el mediador único, nuestra paz”. También mi respuesta puede ser la del Credo de los Apóstoles: “creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”.

Recordamos lo que nos enseñó nuestra catequista, la que nos preparó para el bautismo, la confirmación, la primera comunión, el matrimonio. Si fuera posible podríamos preguntarle a esta catequista nuevamente quién es Jesucristo.

Hay muchas respuestas a la pregunta de Cristo. Parecidas a la del pueblo de Samaria que dijo: “ya no creemos por lo que nos ha contado la mujer que fue al pozo y habló con Cristo, sino que creemos porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que es realmente el salvador del mundo”.

Hay respuestas de vida y no solo de palabras. Para quien participa en misa todos los domingos, Cristo es el Señor; para quien comulga diariamente y visita al Santísimo, Cristo es el pan de vida; para los matrimonios fieles, Cristo es el amor: para quienes auxilian a necesitados, enfermos, presos, discapacitados, Cristo es el mismo auxiliador. Hay otras muchas más respuestas dichas y vividas.

Damos gracias a Dios por esta maravilla, y ahora lo más importante es lo que a solas le digas a Cristo. Busca un lugar tranquilo y silencioso, y dile a Cristo tu respuesta a su pregunta, ¿quién dices que soy yo?

(CANTO)

La Palabra de Dios en la Carta del apóstol Santiago capítulo 2 versículos 14 al 18 nos invita a dar respuestas vivas a la pregunta de Cristo…

(EVANGELIO)

(CANTO)

El Papa Francisco, el domingo pasado, nos invitó a escuchar la Palabra de Dios, nos invita a escuchar a quienes nos rodean para después dar respuestas positivas a lo que el mismo Señor nos inspira y los demás desean de nosotros:

“Todos tenemos oído, pero muchas veces no logramos escuchar. ¿Por qué? Hermanos y hermanas hay de hecho una sordera interior que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Y esta sordera interior es peor que la física, porque es la sordera del corazón. Atrapados por las prisas, por mil cosas que decir y hacer, no encontramos tiempo para detenernos a escuchar a quien nos habla. Corremos el riesgo de volvernos impermeables a todo y de o dar cabida a quienes necesitan ser escuchados. Pienso en los hijos, en los jóvenes, en los ancianos, en muchos que no necesitan tanto palabras y sermones sino ser escuchados. Preguntémonos: ¿cómo va mi escuchar? ¿Me dejo tocar por la vida de las personas, sé dedicar tiempo a los que están cerca de mí para escuchar? Esto es para todos nosotros, pero de manera especial para los curas, para los sacerdotes. El sacerdote debe escuchar a la gente, no tener prisa, escuchar…, y ver cómo puede ayudar, pero después de escuchar. Y todos nosotros: primero escuchar, luego responder. Pensemos en la vida familiar: ¡cuántas veces se habla sin escuchar primero, repitiendo los propios estribillos que son siempre iguales! Incapaces de escuchar, siempre decimos las mismas cosas, o no dejamos que el otro termine de hablar, de expresarse, y lo interrumpimos. La  reanudación de un diálogo, a menudo, no se da mediante las palabras, sino mediante el silencio, por el hecho de no obstinarse y volver a empezar pacientemente a escuchar a la otra persona, escuchar sus agobios, lo que lleva adentro. La curación del corazón comienza con la escucha. Escuchar. Y esto restablece el corazón. ‘Pero padre, hay gente aburrida que siempre dice lo mismo…’. Escúchalo. Y luego, cuando terminen de hablar, di la tuya, pero escucha todo.

”Y lo mismo ocurre con el Señor. Hacemos bien en inundarle con peticiones, pero haríamos mejor si primero lo escucháramos. Jesús lo pide. En el Evangelio, cuando le preguntan cuál es el primer mandamiento, responde: ‘Escucha Israel’. Luego añade el primer mandamiento: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (…) y a tu prójimo como a ti mismo’. Pero en primer lugar: ‘Escucha Israel”. Escucha, tú. ¿Nos acordamos de escuchar al Señor? Somos cristianos, pero quizás, entre las miles de palabras que escuchamos cada día, no encontramos unos segundos para dejar que resuenen en nosotros algunas palabras del Evangelio. Jesús es la Palabra: si no nos detenemos a escucharlo, pasa de largo. Si no nos detenemos a escuchar a Jesús, pasa de largo. Decía san Agustín: ‘Tengo miedo del Señor cuando pasa’. Y el miedo era dejarlo pasar sin escucharlo. Pero si dedicamos tiempo al Evangelio, encontraremos un secreto para nuestra salud espiritual. He aquí la medicina: cada día un poco de silencio y escucha, algunas palabras inútiles de menos y algunas palabras más de Dios. Siempre con el Evangelio en el bolsillo, que ayuda a mucho. Escuchemos hoy, como el día de nuestro bautismo, las palabras de Jesús: ¡’Effatá, ábrete’! Ábrete los oídos. Jesús, deseo abrirme a tu Palabra, Jesús abrirme a tu escucha; Jesús sana mi corazón de la cerrazón, Jesús sana mi corazón de la prisa, Jesús sana mi corazón de la impaciencia”.

(CANTO)

San Maximiliano Kolbe, sacerdote, mártir, en el año 1941, en un campo de concentración siguió plenamente a Cristo con su oración, con su estudio de la Palabra de Dios y con su vida. Un día se fugó un preso. La ley de los alemanes en el campo de concentración era que por cada preso que se fugara, tenían que morir diez de sus compañeros. Hicieron el sorteo, 1, 2, 3, 4,…, 9, 10 y al que le iba correspondiendo el número diez era puesto aparte para echarlo a un sótano a morirse de hambre. De pronto, al oírse un diez, el hombre al que le correspondió ese número dio un grito y exclamó: “Dios mío yo tengo esposa e hijos, ¿quién los va a cuidar?”. En ese momento el padre Kolbe dice al oficial: “Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre”. El oficial le responde: “¿Y por qué?”. “Es que él tiene esposa e hijos que lo necesitan, en cambio yo soy célibe y estoy solo y nadie me necesita”. El oficial duda un momento y enseguida responde: “Aceptado”; y el prisionero, el padre Maximiliano Kolbe es llevado con sus otros nueve compañeros a morirse de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días son de angustias y agonías continuas. El santo sacerdote anima a los demás y reza con ellos. Poco a poco van muriendo los demás, y al final, después de bastantes días, solamente queda él con vida. Como los guardias necesitan ese local para otros presos que están llegando, le ponen una inyección de cianuro y lo matan. Era el 14 de agosto de 1941.

San Maximiliano Kolbe, sacerdote, mártir, ruega por nosotros para que aprendamos a seguir a Cristo en los momentos de gozo y alegría, pero también en los momentos difíciles.

(CANTO)

Felicitamos a todas las personas que llevan el dulce nombre de María y también felicitamos a las comunidades católicas de Nueva Gerona y Barreras que celebran el 15 de septiembre su fiesta patronal: Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. Por todas estas personas, por los enfermos, por los que viven en nuestra casa, rezamos a la virgen María:

Dio te salve María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre sus enfermos y permanezca para siempre. Amén.

(CANTO)

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