Homilía del arzobispo monseñor Giampiero Gloder, actual Presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica y Vicecamerlengo de la Santa Iglesia
Señor Cardenal, queridos hermanos y hermanas,
En esta celebración eucarística del primero de enero hay muchos elementos que guían nuestra reflexión.
Comenzamos un nuevo año civil, el 2020, y queremos pedir al Señor que sea un año de serenidad, para nuestro país, para nuestras familias y para cada uno de nosotros, un año de paz, iluminado por la presencia y la guía del Señor.
Hoy es también la fiesta más grande de la santísima Virgen María, porque la celebramos como Madre de Dios, que es su título más importante y es la misión que el Señor le ha confiado en la historia: ser la madre del Hijo de Dios y donarlo al mundo para la salvación de todos. Pongamos, entonces el año recién comenzado bajo su amparo, bajo su mirada, ya que es la contemplación de la Madre de Dios, que es también la madre de cada uno de nosotros y nos quiere y nos acompaña con el corazón lleno de amor.
Recordemos también que desde 1967, el Papa San Pablo VI estableció que el primero de enero fuese “La Jornada Mundial de la Paz”; una invitación a comenzar el nuevo año orando para que la paz crezca en el mundo, también una invitación a las potencias mundiales, a los que gobiernan los diversos países, pero también a cada uno de nosotros, a ser siempre constructores de paz y reconciliación en los lugares donde vivimos, empezando sobre todo por las relaciones familiares, porque la paz también se construye en nuestros hogares.
Quería compartir con Ustedes unos elementos del Mensaje del Papa Francisco para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de este año, que lleva el título: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.
El Papa Francisco con referencia a la situación del mundo de hoy, empieza diciendo que “La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad”. Nosotros esperamos en la paz, porque “la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables”. (N. 1). Y es verdad, lo que guía nuestros caminos, nuestros ideales, nuestro deseo de paz, de reconciliación, de un futuro mejor, es la gran virtud de la esperanza.
Sin embargo, no podemos ignorar que el mundo en que vivimos lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido y que no dejan de afectar nuestra historia. Todavía hoy, – dice el Papa Francisco – “a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro” (ibid.) Muchos conflictos y guerras están presentes en nuestro mundo.
Entonces – se pregunta el mismo Papa Francisco – ¿cómo construir un camino de paz?, ¿cómo romper la lógica … de la amenaza y del miedo?
El Papa nos indica una meta muy clara: para construir un camino de paz hay que construir “una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca” (ibid.) , y nos propone tres caminos que tenemos que recorrer: el camino de la escucha, basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad, el camino de la reconciliación en la comunión fraterna, y el camino de la conversión ecológica.
- Primero: el camino de la escucha, basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad.
El Papa Francisco, después del reciente viaje a Japón, tiene en su mente y en su corazón los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, que mantienen vivo el recuerdo, la memoria de aquellos trágicos hechos y afirma: “Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores” (N. 2).
Pero hay otra memoria muy importante que hay que mantener viva en nuestros corazones y que es el horizonte de nuestra esperanza: los gestos de generosidad y de amor, porque “muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas” (ibid.).
Así los gestos concretos de solidaridad y de fraternidad construyen la paz porque el mundo “no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. […] Un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes” (ibid.) en un esfuerzo común de edificar la paz “buscando siempre el bien común”. Cómo decía José Martí: “Con todos y para el bien de todos”. No podemos tener ilusiones: la paz es “un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia” (ibid.).
El Papa Francisco escribe: “La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas” (ibid.).
Cada uno de nosotros tiene que preguntarse: ¿Cómo miro a mi vecino, a mi hermano y hermanas? ¿Soy capaz de gestos de generosidad, de amor, de solidaridad para ser también artesano de paz?
- El segundo camino para construir la paz es el camino de la reconciliación en la comunión fraterna.
Es importante “abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos” (N. 3). El respeto al otro es el primer paso para vivir la reconciliación, romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.
Con referencia al momento en el cual Jesús dice al apóstol Pedro que no hay que calcular cuantas veces se tiene que perdonar al hermano, porque se tiene que perdonar siempre, el Papa Francisco también nos invita a buscar siempre en “lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz” (ibid.).
También acerca de esto camino cada uno de nosotros tiene que preguntarse si sabe perdonar, reconciliarse, respetar al otro.
- El tercer camino que nos indica el Papa Francisco es el camino de la conversión ecológica.
Ante una creciente “hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales…” (N. 4), el Papa nos hace reflexionar que necesitamos una conversión ecológica, nos invita a contemplar, a mirar con ojos llenos de maravilla y de escucha a la creación, “el mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común”. En la Sagrada Escritura se dice con claridad que Dios, el Creador, nos ha confiado “los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma para ser “cultivadas y preservadas (cf. Gen 2,15), también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno” (ibid.).
La conversión ecológica significa mirar de modo diferente, con mayor respeto a la naturaleza, al otro y a toda la creación, “considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida” (ibid.). Saber respetar la naturaleza, saber compartir con nuestros hermanos y hermanas los dones de la creación, trabajar por el bien común en contra de todo egoísmo, es una llamada a convertir nuestro modo de vivir.
Vamos a reflexiona también sobre nuestra vida, sobre nuestra postura para con la naturaleza, que es don de Dios, para con nuestros hermanos y hermanas: ¿necesito una conversión? ¿Hay algo que pueda mejorar en mi vida?
Queridos hermanos y hermanas, el Papa Francisco nos ha dado muchos elementos de reflexión para empezar en nuestras vidas, a ser cada vez más constructores de paz y de reconciliación. Ciertamente el camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. Incluso la paz no se logra si no se la espera, es decir tenemos que creer en la posibilidad de la paz.
María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, a quien nosotros veneramos como Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación y de la paz. Amén.