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Homilía de la Primera Misa del P. Alennis. 6 de diciembre de 2023.

Eminencia, queridas hermanas y hermanos, querido Padre Alennis:

En la homilía de tu primera misa permíteme dejarte solamente algunos apuntes para ser sacerdote en Cuba, hoy.

Recuerda que eres un hombre (por tanto limitado y frágil) en relación. Por lo que no tengas miedo a llevar tu fragilidad y tu limitación ante Nuestro Señor, El Maestro: el mismo que llamó cerca del lago a Simón y Andrés, y luego a Santiago y Juan. Y cuando subas al Altar, recuerda igual que eres limitado y frágil como ellos.

Si le hablas a tu pueblo, háblale de la fuerza y el amor de Dios, no le hables como si tú fueras Dios.

¿Por qué? Porque tú eres medio – instrumento inmediato y diario de la gracia salvadora de Cristo- y no eres fin.

Tendrás poder, pero nunca olvides que es un poder para servir. Por tanto, tu servicio y tu poder tienen que tener como premisa: escuchar (a Dios y a la gente) y aprender (de Dios y de la gente).

No seas un cura de élites. Sé cura de todos. La gente percibe fácilmente cuando eres de unos y no de otros.

No tengas miedo a cansarte haciendo el bien. El mejor descanso es el que viene como consecuencia de un largo trabajo por el otro.

Sé hermano de tus hermanos. No hagas ghettos sacerdotales! Terminarás haciendo ghettos parroquiales.

Entiende que vas a servir en un pueblo con antiguas y nuevas heridas. Tu misión será siempre sanar, no hacer sociología del dolor del pueblo.

El obispo no es un monitor de escuela, no es un vigilante, es un padre, y debe dar esa cercanía. Si no la da, da tú el primer paso. No esperes de él para darle tu cercanía.

Sé un hombre de puentes, no de muro. Por tanto, sé un hombre capaz de generar unidad y no división. ¡De divisiones ya tenemos suficiente!

La madurez sacerdotal se realiza, aclaro, cuando Dios se convierte en el protagonista de nuestra vida. Entonces todo cambia de perspectiva, incluso las decepciones y las amarguras, porque ya no se trata de mejorar componiendo algo, sino de entregarnos sin reservarnos nada, a Aquel que nos ha impregnado de su unción y quiere llegar hasta lo más profundo de nosotros. Jesucristo te invita a seguirle, y cuando lleguen las soledades de este mundo (que vendrán), recuerda que El llena nuestros espacios y sana todas nuestras heridas.

Permítanme un cuento que leí en una ocasión.

Érase una vez un sacerdote recién ordenado que llegó, allá por los años setenta, a su primer destino pastoral, a ejercer el ministerio como párroco de un pequeño pueblo de su diócesis. Tomó el tren con gran ilusión y entusiasmo. Durante el trayecto iba haciendo planes e imaginándose el gran recibimiento que harían en el pueblo por la llegada del nuevo cura. Contento miraba por la ventanilla los parajes por los que debía llevar a Cristo. Llegó a la estación y en vez de banda de música, aplausos, expectativas y convite encontró a un hombre de unos setenta años serenamente sonriente. Bajó del tren en el solitario andén y se acercó al único que apreciaba su llegada. “No mire más a un lado y otro- dijo el caballero-. Sólo estoy yo. Todos tienen cosas más importantes que hacer. Pero, D. Fulanito, no se acostumbre”. Lo acercó a la Iglesia. Un templo descuidado, sencillo y pequeño. Entró y vio que todo estaba abandonado y triste. El acompañante lo miró y repitió poniendo sus ojos en un sagrario flanqueado por media docena de rosas de plástico: “D. Fulanito, no se acostumbre”. Revisó los libros parroquiales y descubrió la poca actividad sacramental de la Parroquia y, de nuevo, la cantaleta del que iba a ser su mano derecha y su apoyo en la labor: “D. Fulanito, no se acostumbre”. Salió a dar un paseo y la indiferencia era la reina de aquel lugar. Miró D. Fulanito al fiel feligrés y se dijo a sí mismo: “Fulanito, no te acostumbres”. No te acostumbres nunca, Alennis, a ser sacerdote pues la monotonía en la costumbre mata el ardor apostólico y la fecunda tarea.

Nunca olvides que lo mejor que te ha pasado en la vida no es ser sacerdote sino ser bautizado. De ahí que lo más importante es ser hijo, y al ser hijo eres igual a tus hermanos.

Mira siempre a María de la Caridad del Cobre. Ella siempre va a estar
y te dirá: “Haz lo que Él te diga”. ANIMO…

Amén

 

+Monseñor Eloy

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