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Mi homenaje póstumo para el hermano que partió

En las Vísperas de nuestro Santo Patrono San Juan Bautista María Vianney, el Santo Cura de Ars, has llamado a tu presencia a mi hermano Monseñor René Laureano Ruiz Reyes. Recién cumplió sus 75 años de edad, el 4 de julio; nació en ese día del año 1949. Hijo de Desiderio, de Elda y de la Habana Vieja. Hasta en eso éramos hermanos. Conocí a René cuando entré en el Seminario en septiembre de 1968.

Él estaba en un grupo que aún no habían terminado los estudios del Pre. Por distintas vías nos llevaron al Servicio Militar Obligatorio. Yo, con Troadio y Norbeto, entre otros seminarista, a Isla de Pinos; él, con otros de su grupo, al Pre militar Héroes de Yaguajay. Nos empezamos a conocer más al volver al Seminario y comenzar la Filosofía. De ese grupo ya fueron llamados a la Casa del Padre, otros cuatro. El Señor nos unió en una amistad que, sin ser exclusiva, tenía una gran afinidad en carácter, gustos e ideales sacerdotales. Era un seminarista alegre, piadoso sin afectaciones, con una espiritualidad muy salesiana. El Señor nos asoció y acompañamos a muchos jóvenes en la pastoral Juvenil de la Diócesis, ayudando en encuentros, yendo juntos a la playa, participando en Misas y en fiestas.

Era un gran bailadores, yo diría que un artista. Fuimos «faranduleros» con otro tan cercano a nosotros y que también partió ya, el padre Santiago Matheu. Nos gustó siempre la música clásica y la popular, disfrutamos las dos. Vimos juntos obras de teatro, presentaciones de artista. Fuimos «compinches». Pasamos las buenas y las malas. El Señor quiso que fuéramos ordenados juntos; compartimos algunas comunidades (el iba delante y yo detrás: Santiago de Las Vegas, Boyeros y el Rincón; la Caridad) Tuvimos responsabilidades diocesanas. Viajamos juntos. Eramos confesores y consejeros uno del otro. En una ocasión el querido Cardenal Jaime dijo de nosotros: «Polcari -René, René-Polcari». Compartimos gozos y penas, reconocimientos e incomprensiones. Y, también, compartimos los momentos de dolor que toda vida humana tiene. Sé de sus sufrimientos y de sus luchas por ser siempre fiel a Cristo. Amó mucho al Señor, a la Virgen y a la Iglesia. Tuvo defectos, cometió errores, pero nunca perdió la confianza en Cristo, nunca desistió de seguir el camino de la santidad. En los últimos años de su vida, el Señor le concedió el camino de la cruz con las aristas personales que toda cruz tiene.

La sufrió con amor y entrega.

Sé que estaba en manos de Dios y preparado para el último Encuentro.

Murió en paz y salió airoso a la Paz.

Sé que comparto con ustedes la certeza de que contamos con la interseción de un padre -.hermano – amigo.

Mons. René, descansa en paz y vean tus ojos la Luz eterna. Amén .

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