Noticias

Alocución 3 de marzo de 2024

(Canción)

Hoy, 3 de marzo, tercer domingo de Cuaresma, escuchamos en todas las iglesias católicas el evangelio según San Juan, capítulo 2, versículos 13 al 25.

(Evangelio)

El templo para los creyentes es un lugar sagrado donde se adora a Dios, se le canta, se le reza y se le escucha.

El primer gran templo creado por el mismo Dios es el universo en el cual el sol, la luna, las estrellas, la naturaleza, las flores, las plantas, las aves, los peces y los animales alaban a Dios. Otro gran templo, donde fuimos creados a imagen y semejanza de Dios es el seno materno. Allí fuimos concebidos por amor, nos trataron con amor, nos hablaron, nos acariciaron con amor y en ese templo fue creciendo nuestro cuerpo hasta más o menos 40 semanas.

Nuestro mismo cuerpo es otro gran templo.

Somos imagen de Dios, somos hijos de Dios por el bautismo y nuestros diferentes órganos, el cerebro, el oído, los huesos, los ojos, los sistemas circulatorios, respiratorios, renales, digestivos, son una alabanza a Dios por sus funcionamientos maravillosos que nadie puede crear.

Tenemos el templo de nuestro barrio. Allí alabamos a Dios, damos gracias, pedimos por nuestras necesidades materiales y espirituales, por nuestras familias y por todos los conocidos. Allí celebramos la misa por nuestros difuntos. Bautizamos a nuestros hijos y nietos y recibimos los sacramentos. Allí escuchamos la Palabra de Dios, nos disponemos a vivirla y anunciarla. Allí nos disponemos a practicar las obras de misericordias espirituales y corporales. Damos gracia a Dios por los sacristanes, por las personas que adornan nuestro templo, por las personas que los limpian y los embellecen.

(Canción)

La primera lectura de hoy en la liturgia, tomada del libro del Éxodo capítulo 20, versículos 1-17, nos invita a expulsar de nuestro templo personal y eclesial los demonios que dañan la belleza nuestra iglesia.

Nos dice el libro del Éxodo:

Entonces Dios dijo todas estas palabras:

Yo soy tu Dios, el que te libró de la esclavitud de Egipto.

No tendrás otros dioses aparte de mí.

No te harás ninguna de mí.

No te postrarás ante ellas ni le rendirás culto, porque Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso, que castiga en sus hijos, nietos y biznietos los que me aborrecen. Pero con los que me aman y guardan mis mandamientos soy misericordioso por mil generaciones.

No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no dejará sin castigo al que tal haga.

Acuérdate del día del Señor para consagrarlo. Durante seis días trabajarás y harás en ellos todas tus tareas, pero el séptimo es día de descanso consagrado al Señor, tu Dios, en ese día no realizarás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el inmigrantes que viva en tus ciudades, porque el Señor hizo en seis días el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y el séptimo día descansó. Por eso mismo bendijo el Señor su día y lo declaró Día Sagrado.

Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas muchos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.

No matarás.

No cometerás adulterio.

No robarás.

No darás testimonio falso en prejuicio de tu prójimo.

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey ni su asno, ni nada de lo suyo.

Palabra de Dios, te alabamos Señor.

(Canción)

En el templo está la Iglesia, Asamblea del Pueblo de Dios, la cual puede estar en cualquier lugar de nuestro pueblo.

San Ambrosio nos dice:

Es cosa normal que, en medio de este mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la piedra de los Apósto­les, permanezca estable y se mantenga firme sobre esta ba­se inquebrantable contra los furiosos asaltos de la mar. Está rodeada por las olas, pero no se bambolea, y aunque los elementos de este mundo retum­ban con un inmenso clamor, ella, sin embargo, ofrece a los que se fatigan la gran seguridad de un puerto de salvación.

San Ireneo asegura:

Cristo es la luz del mundo e ilumina a la Iglesia con su luz. Y como la luna recibe su luz del sol para poder ella a su vez iluminar la noche, así la Iglesia, recibiendo su luz de Cris­to, ilumina a todos los que se encuentran en la noche de la ignorancia. Cristo es, pues, la luz verdadera que ilu­mina a todo hombre que viene a este mundo, y la Iglesia, recibiendo su luz, se convierte ella en luz del mundo, iluminando a los que están en las tinieblas.

Allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia.

El Beato Isaac escribe:

La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quie­re perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia.

Santo Tomás afirma:

Y sobrevino un gran alboroto en el mar, de modo que las olas cubrían la barca. La nave es la Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones.

La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos.

San Juan Crisóstomo predica:

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús.

La nave de Jesús no puede hundirse (…). Las olas no quebrantan la roca, sino que se tornan ellas mismas espuma. Nada hay más fuerte que la Iglesia. Deja, pues, de combatirla, para no destrozar tu fuerza en vano. Es inútil pelear contra el cielo. Cuando combates contra un hombre, o vences o eres vencido; pero si peleas contra la Iglesia, el dilema no existe. Dios es siempre más fuerte.

San Ireneo nos dice:

Por diversos que sean los lugares, los miembros de la Iglesia profesan una misma y única fe, la que fue transmitida por los Apóstoles a sus discípulos.

San Juan Pablo II proclama:

Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, nosotros proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de todos los fieles como de los Pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este grandísimo título: Madre de la Iglesia.

(Canto)

Oremos, hermanos, a nuestro Salvador, que dio su vida para reunir a los hijos dispersos, y digámosle: Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

-Señor Jesús, que cimentaste tu casa en la roca, confirma y robustece la fe y la esperanza de tu Iglesia.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

-Señor Jesús, de cuyo costado salió sangre y agua, renueva la Iglesia con los sacramentos de la nueva y eterna alianza.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

-Señor Jesús, que estás en medio de los que se reúnen en tu nombre, atiende la oración unánime de tu Iglesia congregada.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

-Señor Jesús, que con el Padre vienes y haces morada en los que te aman, perfecciona a tu Iglesia por la caridad.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

-Señor Jesús, que no echas fuera a ninguno de los que vienen a ti, acoge a todos los difuntos en la mansión del Padre.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia.

 

Padrenuestro…

Avemaría…

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre quienes han hecho posible esta emisión y permanezca para siempre. Amén.

(Canción)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *