Alocución Domingo de Ramos, 28 de marzo de 2021
Gracias a todos los que hacen posible esta emisión radial, hoy, domingo de Ramos, día en que comienza la Semana Santa.
Leemos el texto evangélico que da origen a la celebración del guano bendito. Es el evangelio según San Marcos, capítulo 11, versículos 1 al 10.
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El pueblo cantaba: Bendito el que viene en nombre de Dios. Bendito Jesús, ven a nuestra casa y así nos enseñas cómo el esposo y la esposa pueden amarse más y fajarse menos.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Señor Jesús, ven a nuestra casa y sé maestro de nuestros hijos y así ellos puedan ser más honrados, más cariñosos con los viejitos de la casa, ayudar más en las tareas domésticas, ser protagonistas de la concordia familiar, llenar de alegría el hogar con sus risas, ocurrencias, sus cantos, su juventud.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Señor Jesús, ven a nuestro barrio, allí hay personas muy buenas como tus amigos, Lázaro, Marta, María, Jairo, la suegra de Pedro, Juan Bautista y otros más.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Esta noche te contamos las acciones buenas que muchas personas han tenido con nuestra familia. Visítalos. Necesitan tu felicitación y tu aliento para que no se cansen de hacer el bien sin esperar nada a cambio.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Bendito eres, Jesús. Ven a las casas de la viuda, de la mamá que llora la muerte de su hija o su hijo, de quien está paralítico, enfermo.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Ven a la casa de la esposa abandonada, que lucha y trabaja sola por sus hijos. Ven a la casa de la madre del preso. Consuela a toda su familia.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Señor Jesús, ven y deja en todo nuestro barrio tu amor, tu paz, tu esperanza y en esta Semana Santa todos sonreiremos.
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor.
Ven a nosotros Señor, cuando nos invade la noche, ven a nosotros en la noche de la decepción, ven a nosotros en la noche de la falta, ven a nosotros en la noche de la angustia, ven a nosotros en la noche del odio, ven a nosotros en la noche del amor perdido, ven a nosotros en la noche de la inquietud, ven a nosotros en la noche del dolor, ven a nosotros en la noche de la interrogación, ven a nosotros en la noche del rechazo, ven a nosotros en la noche de la ruptura, ven a nosotros en la noche de la desesperanza, ven a nosotros en la noche de la nada, ven a nosotros en la noche de la muerte. Ven a mí en mi noche y quédate conmigo, Dios mío, cada vez que estoy en la noche. Amén.
(Canción)
En el comienzo de la Semana Santa, el Papa Francisco nos habla:
La liturgia del quinto domingo de Cuaresma proclama el Evangelio en el que san Juan relata un episodio que ocurrió en los últimos días de vida de Cristo, poco antes de la Pasión. Mientras Jesús estaba en Jerusalén para la fiesta de pascua, algunos griegos, llenos de curiosidad por lo que estaba haciendo, expresaron su deseo de verlo. Se acercaron al apóstol Felipe y le dijeron: «Queremos ver a Jesús». «Queremos ver a Jesús», recordemos este deseo: «Queremos ver a Jesús». Felipe se lo dice a Andrés y luego juntos van a decírselo al Maestro. En la petición de aquellos griegos podemos ver la súplica que muchos hombres y mujeres, en todo lugar y tiempo, dirigen a la Iglesia y también a cada uno de nosotros: “Queremos ver a Jesús”.
También hoy mucha gente, a menudo sin decirlo implícitamente, quisiera “ver a Jesús”, encontrarlo, conocerlo. Esto nos hace comprender la gran responsabilidad de los cristianos y de nuestras comunidades. Nosotros también debemos responder con el testimonio de una vida que se entrega en el servicio, de una vida que toma sobre sí el estilo de Dios —cercanía, compasión y ternura— y se entrega en el servicio. Se trata de sembrar semillas de amor no con palabras que se lleva el viento, sino con ejemplos concretos, sencillos y valientes, no con condenas teóricas, sino con gestos de amor. Entonces el Señor, con su gracia, nos hace fructificar, incluso cuando el terreno es árido por incomprensiones, dificultades o persecuciones, o pretensiones de legalismos o moralismos clericales. Esto es terreno árido. Precisamente entonces, en la prueba y en la soledad, mientras muere la semilla, es el momento en que brota la vida, para dar fruto maduro en su momento. Es en esta trama de muerte y de vida que podemos experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del amor, que siempre, repito, se da en el estilo de Dios: cercanía, compasión, ternura.
Que la Virgen María nos ayude a seguir a Jesús, a caminar fuertes y felices por el camino del servicio, para que el amor de Cristo brille en todas nuestras actitudes y se convierta cada vez más en el estilo de nuestra vida diaria.
(Canción)
El guano bendito y otros signos religiosos nos recuerdan que estamos celebrando la Semana Santa. En la medida de lo posible coloquemos signos religiosos en la puerta del refrigerador, del cuarto, de la sala, donde creamos más conveniente. Al verlos nos ayudarán a vivir una buena Semana Santa.
Miremos al cielo y a la luna llena. Bajo esa misma luna llena que contemplamos, Jesús celebró la Ultima Cena con sus apóstoles, fue crucificado, muerto, sepultado, y resucitó. Y vive para siempre.
Esta semana, bajo esta misma luna llena, comamos todos juntos, sentados alrededor de la mesa. Hagamos una pequeña oración antes de comer y conversemos, como Jesús y los apóstoles, cómo querernos más.
Antes de dormir, como Jesús en el Huerto de Getsemaní, recemos juntos el Padre Nuestro y al otro día antes de salir a la calle, hagamos una señal de la cruz en la frente de quienes salen.
Y ahora nos dirigimos a nuestro Padre Dios con la oración que Jesucristo nos enseñó:
Padre Nuestro…
Y ahora escuchamos a Dios que reza por nosotros.
Nos dice Dios:
«Hijo mío que estás en la tierra, preocupado, solitario, tentado,
yo conozco perfectamente tu nombre y lo pronuncio como santificándolo, porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mí,
y juntos construimos este reino del que tú vas a ser el heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad porque mi voluntad es que tú seas feliz
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente.
Cuenta siempre conmigo y tendrás el pan para hoy, no te preocupes,
sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.
Sabes que perdono todas tus ofensas antes incluso de que las cometas,
por eso te pido que hagas lo mismo con los que te ofenden a ti.
Para que nunca caigas en la tentación cógete fuerte de mi mano. Amén.
(Canción)
Jesucristo en la cruz rezó el Salmo 22, costumbre de los israelitas cuando vivían momentos difíciles. Rezamos el Salmo 22 unidos a Jesucristo.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estas ajeno a mi grito, al rugido de mis palabras? Dios mío te llamo de día y no respondes. De noche y no hallo descanso. Aunque tú habitas en el Santuario, gloria de Israel.
En ti confiaban nuestros padres, confiaban y los ponías a salvo. A ti clamaban y quedaban libres. En ti confiaban y no los defraudaste. Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la humanidad, asco del pueblo. Al verme se burlan de mí, hacen muecas, me niegan la cabeza. Acudió al Señor que lo ponga a salvo, que lo libre si tanto lo ama.
Fuiste tú quien me sacó del vientre, me confiaste a los pechos de mi madre. Desde el seno me encomendaron a ti, desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos, que el peligro se acerca y nadie me socorre. Me acorralan un tropel de novillos, toros de Bazán me cercan. Abren contra mí sus fauces leones que descuartizan y rugen. Me derramo como agua, se me descoyuntan los huesos. Mi corazón como cera se derrite en mi interior. Mi garganta está cerca como una teja. La lengua pegada al paladar me hunde en el polvo de la muerte.
Unos perros me acorralan, me cercan una banda de malvados, me inmovilizan las manos y los pies, puedo contar todos mis huesos, ellos me miran triunfantes, se reparten mis vestidos, se sortean mi túnica. Pero tú Señor, no te quedes lejos, ven fuerza mía a socorrerme, libra mi vida de la espada, mi única vida de las garras del mastín. Sálvame de las fauces del león. Defiéndeme de los cuernos del búfalo. Contaré tu fama a mis hermanos. Te alabaré en medio de la Asamblea.
Fieles del Señor, alábenlo.
Descendientes de Jacob, glorifíquenlo.
Témanlo, descendientes de Israel.
Porque no ha desdeñado ni despreciado la desgracia del desgraciado, no le ha escondido su rostro, cuando pidió auxilio, lo escuchó.
Te alabaré sin cesar en la gran Asamblea.
Cumpliré mis votos ante los fieles.
Comerán los pobres hasta saciarse y alabarán al Señor los que buscan.
No pierdan nunca el ánimo.
Lo recordarán y se volverán al Señor todos los confines de la tierra.
Se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos porque el Señor es Rey, él gobierna a los pueblos.
Ante Él se postrarán los que duermen en la tierra, en su presencia se encorvarán los que bajan al polvo.
Mi vida lo conservará. Mi descendencia le servirá. Hablará de mi Dios a las generaciones venideras.
Contará su justicia al pueblo por nacer. Así actuó el Señor.
(Canción)
¿Se ha sentido identificado alguna vez con los primeros versículos del Salmo 22?
¿Se ha sentido identificado alguna vez con los versículos del 23 al 32?
Rece con sinceridad, repitiendo varias veces a lo largo de la Semana Santa el salmo 22 y acérquese a una persona que se sienta abandonada por Dios en su aflicción y sea para ella manifestación del amor y del cuidado de Dios Padre.
Inclinamos la cabeza para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos, Amén.
-El Dios, Padre de misericordia, que en la Pasión de su Hijo nos ha dado ejemplo de amor, nos conceda por la entrega a Dios y a los hombres, la mejor de sus bendiciones… Amén.
-Y que gracias a la muerte temporal de Cristo, que alejó de nosotros la muerte eterna, obtengamos el don de una vida sin fin. Amén.
-Y así, imitando su ejemplo de humildad participemos un día en su Resurrección gloriosa. Amén.
Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.
(Canción)