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Alocución V Domingo de Cuaresma

Agradecemos a todos los que hacen posible esta emisión radial correspondiente al V Domingo de Cuaresma, que es el domingo anterior a la Semana Santa. En efecto, el próximo domingo 28 de marzo comienza la Semana Santa, la más importante para los cristianos, pues en ella hacemos la conmemoración anual de los misterios fundamentales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El padre Ariel Suárez Jáuregui, párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Caridad y Basílica Menor nos hace un comentario sobre la liturgia de hoy.

Padre Ariel Suárez: Delante de Dios pedimos perdón por nuestros pecados, por el mal que hicimos o pensamos, por el pobre testimonio de fe que hemos dado a otros y por el bien que dejamos de hacer. Decimos: “Tú que tanto nos amas, Señor, ten piedad. Tú que has dado la vida por nosotros, Cristo ten piedad. Tú que nos invitas a vivir en el amor, Señor ten piedad.

El Evangelio que se proclama hoy en todas las iglesias católicas del mundo prepara nuestros corazones para celebrar adecuadamente la Semana Santa y para vivir como auténticos cristianos durante todas las semanas del año; está tomado del capítulo 12 de San Juan, versículos del 20 al 33, lo escuchamos con atención:

(EVANGELIO)

Padre Ariel Suárez: Permítanme comentar con ustedes tres punticos a partir del Evangelio que acabamos de escuchar. Primer punto, “queremos ver a Jesús”. Esta frase aparece en el Evangelio de hoy en boca de unos griegos que se han acercado a Jerusalén para las fiestas judías de la Pascua. Ellos no son del pueblo judío, que fue el pueblo elegido por Dios en el Antiguo Testamento para darse a conocer a todos los pueblos, pero son simpatizantes de la religión judía, de la espiritualidad y la moral de los judíos, que reconocen más elevada y superior respecto a otros pueblos. Ellos han entrado en la explanada del templo, y a un cierto punto llegan hasta un lugar donde hay trece columnas con una inscripción en griego que prohíbe el paso a los no judíos, incluso con la amenaza de la muerte para quienes incumplan esa norma. Por tanto, era un modo de decirles a los paganos, a los que no pertenecieran al pueblo judío: “ustedes no pueden entrar hasta el lugar santo, hasta el lugar santísimo, a ustedes se les prohíbe acceder a lo más íntimo y profundo de Dios”. Pero estos griegos de nuestro Evangelio, que nos representan a nosotros, han descubierto de alguna manera que el verdadero lugar santo, el verdadero templo de Dios, el verdadero ámbito en el que los hombres descubren quién y cómo es Dios, es la persona de Jesús. De ahí que expresan un deseo profundo: “queremos ver a Jesús”. Eso significa: “sólo viendo a Jesús vemos a Dios, entramos en el ámbito de Dios, en el santuario; solo viendo a Jesús descubrimos el rostro verdadero de Dios, la manera de ser de Dios, su estilo, su modo de estar presente en el mundo”.

También hoy nosotros nos preguntamos con honradez: “¿Yo quiero ver a Jesús? ¿De qué modo lo quiero ver? Porque el ver a una persona está vinculado a la relación que deseamos o tenemos con ella. ¿Podemos tener y contentarnos con un ver superficial, o podemos querer un ver en profundidad? Pongamos un ejemplo. Imaginémonos en una plaza y vemos un joven que camina hacia nosotros. Todos lo estamos viendo, pero para la mayoría es un desconocido que camina. En cambio, si junto a nosotros está la madre, la esposa o la novia del joven, cuando él se acerca, ella ve mucho más que lo que vemos nosotros. Ella ve una persona única, especial, amadísima, alguien que le ha cambiado la vida.

El cristiano, si quiere ser tal, debe tener este deseo de ver a Jesús. Verlo como una persona única, especial, la más amada, la que nos puede cambiar la vida radicalmente y hacer de ella una vida plena y feliz. Esto es también lo que expresamos hoy: “queremos ver a Jesús, queremos verlo así, en su intimidad y profundidad”.

(CANTO)

Segundo punto: “la hora de Jesús”. Nos sorprende la respuesta de Jesús a la pregunta de los griegos. Cualquiera hubiera esperado algo así como: “tráelos acá o vamos a verlos ya que me quieren conocer”. En cambio, Jesús comienza hablando de su hora y dice: “ha llegado la hora de que el hijo del hombre sea glorificado”. En las bodas de Caná, Juan, capítulo 2, Jesús le dice a su madre que su hora no ha llegado, y en otro momento del mismo evangelio, Juan, capítulo 7, se nos narra que intentaron tomarlo preso, pero nadie le puso las manos encima porque todavía no había llegado su hora. La hora de Jesús llega finalmente en la Semana Santa. Es la hora de su entrega de la cruz. ¿Y por qué dice que es la hora de ser glorificado? ¿Cómo se puede hablar de gloria cuando se contempla a un crucificado? ¿No fueron más bien gloriosos los momentos en que muchos lo seguían, lo aplaudían, Él hacía milagros y todos hablaban bien de Él? No, esa es la gloria mundana, la gloria del mundo a la que aspiran los hombres cuando son mundanos. La gloria de Dios es cuando Jesús puede mostrar realmente quién es Dios y Dios es amor. Cuando Jesús puede mostrar cuánto ama a Dios, ese es el momento glorioso. La gloria de Dios es cuando Él muestra cuánto Dios ama a la humanidad. Jesús ha ido revelando durante toda su vida ese amor de Dios, pero ahora, en su ofrenda de la vida en la cruz lleva ese amor a plenitud, sin posibilidad de malinterpretaciones o ambigüedades. Y, entonces, responde verdaderamente al deseo de los griegos y de nosotros. Solo se ve a Dios, solo se conoce a Dios en profundidad cuando somos alcanzados por su amor infinito de la cruz.

(CANTO)

Tercer punto: “la imagen del grano de trigo”. Jesús, como buen pedagogo, ahonda en la explicación de su hora con una comparación: “si el grano de trigo caído en tierra no muere, no produce fruto y se queda solo, pero si muere y se trata de una muerte aparente, produce mucho fruto. Esta imagen nos dice lo que sucede con una semilla, cuando se coloca en la tierra desaparece, parece morir, pero en realidad hace explotar la plenitud de la vida. Jesús, con la imagen del grano de trigo, nos ha entregado una síntesis de su vida, de su muerte y su resurrección, pero al mismo tiempo, nos ofrece esa misma vida para que sea nuestra vida, la vida de sus seguidores y amigos, la vida de un cristiano. De hecho, nos lo propone con un lenguaje desconcertante y paradójico. El que se ama a sí mismo se pierde y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

Hemos de confesar que al escuchar estas palabras nos cuesta trabajo entenderlas.  ¿­Por qué parece que se condena el amarse a sí mismo, y por qué se nos pide aborrecernos a nosotros mismos para entrar en la vida plena? ¿Qué quiere decir el Señor? Jesús nos dice que quien busca única y exclusivamente su propio “estar bien” egoístamente, en vez de hacer el bien arruina su vida. ¿No es esa la experiencia de tantos matrimonios que terminan en divorcios o de amistades que terminan en enemistad porque no se ha renunciado al “yo” egoísta con sus caprichos y reclamos? En cambio, aquel que es capaz de renunciar a cosas, incluso legítimas o deseables, por un amor más grande a otros, descubre junto a Jesús una manera más humana y plena de vivir, y si no, recordemos todos a nuestros padres buenos. Cuántas veces se levantaron de madrugada para atender a nuestro llanto de bebé, y cuántas veces se privaron del pedacito de pollo o de bistec para dárnoslo a nosotros, y de tantas otras cosas que solo Dios conoce para que nuestra vida fuera más saludable y feliz. Damos gracias a Dios por ellos.

San Maximiliano María Kolbe fue un fraile capuchino polaco, que pidió tomar el lugar en el campo de concentración de un padre de familia que había sido condenado a la muerte. Él, como Cristo, entregó la vida por aquel hombre, renunció a sí mismo y encontró la vida con mayúscula. Santa Teresa de Calcuta, renunciando también a comodidades y a vida placentera, incluso a las costumbres de su pueblo, Albania, se hizo ciudadana de la India, decidió vivir pobre entre los pobres y entregar su vida al servicio de los pobres, compartiendo con ellos el amor, la cercanía y la ternura. Los santos son los que en la historia han mostrado el auténtico rostro de Cristo, el rostro de Dios; y al hacerlo, han dado al mundo la luz, la alegría y la vida.

Ustedes y yo conocemos mucha gente así, padres de familia, esposos, abuelos, hijos y nietos que se ocupan con amor del resto de la familia y de sus vecinos. Conocemos obispos, sacerdotes, médicos, monjitas, enfermeros, maestros, hombres y mujeres de todas las profesiones y edades, que intentan con la ayuda de Dios amar y hacer el bien. Toda persona que ama a su prójimo, que aborrece una vida egoísta y busca donar y compartir amor, nos deja ver a Jesús, nos lo muestra, nos permite conocerlo en profundidad. ¿Estaremos dispuestos también tú y yo a dejar que otros vean a Cristo en nuestra vida? Ese sería el mayor fruto de una buena Semana Santa.

(CANTO)

Hagamos ahora oración por nuestro pueblo y por el mundo entero. Por el fin de la pandemia, por los científicos que luchan por encontrar remedio a ella, por los programas de vacunación en Cuba y el mundo. Oremos por los gobernantes para que busquen el bien común y la paz y la justicia. Oremos por los matrimonios, para que sean fieles a su amor mutuo y por aquellos que están esperando un hijo, para que nazca con salud y traiga alegría al hogar. Oremos por los enfermos, los encarcelados, los que sufren y los que están lejos de la patria. Oremos para que no nos cansemos de amar, para que todos los cubanos nos tratemos siempre con amor y respeto. Lo hacemos juntos con la oración del Señor.

(Oración del Padrenuestro)

Ahora hacemos la comunión espiritual…

(CANTO)

El pasado viernes 19 de marzo, con la fiesta de San José, patrono de la Iglesia Universal, el Papa Francisco inauguró un año de la familia. Que la Sagrada Familia de Jesús, María y José ampare, bendiga y proteja a todas las familias en Cuba y en el mundo. Se lo pedimos al Señor por intercesión de la Virgen de la Caridad.

“Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Amén.

Cardenal Juan de la Caridad García: Escuchamos al Papa:

“Todos los días, durante más de 40 años, después del laudes, recito esta oración a San José, tomada de un libro de devociones francés del siglo XIX, de la congregación de las Religiosas de Jesús y María, que expresa devoción, confianza y un cierto reto a san José.

”Glorioso patriarca san José, cuyo poder sabe hacer posible las cosas imposibles, ven en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad.

”Toma bajo tu protección las situaciones tan graves y difíciles que te confió para que tengan una buena solución.

”Mi amado Padre, toda mi confianza está puesta en ti. Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder”.

Amén.

(CANTO)

Padre Ariel Suárez: Y ahora pedimos al cardenal arzobispo de La Habana, Mons. Juan de la Caridad García que nos dé a todos la bendición de Dios.

Cardenal Juan de la Caridad: Inclinamos la cabeza para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos amén.

“El Dios, Padre de misericordia, en la Pasión de su Hijo nos ha dado ejemplo de amor, les conceda por su entrega a Dios y a los hombres la mejor de sus bendiciones”.

Amén.

“Y que gracias a la muerte temporal de Cristo, que alejó de ustedes la muerte eterna, obtengan el don de una vida sin fin”.

Amén.

Y así, imitando su ejemplo de humildad, participen un día en su Resurrección gloriosa”.

Amén.

“Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre los enfermos, y permanezca para siempre”.

Amén.

(CANTO)

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