Noticias

Alocución 14 de abril de 2024

 

 

Hoy, 14 de abril, 3er domingo de Pascua, escuchamos en todas las iglesias católicas del mundo el evangelio según San Lucas, capítulo 24, versículos 35 al 48.

(Evangelio)

Los apóstoles y los discípulos estaban reunidos. Ante la alegría de la resurrección y las apariciones del resucitado están juntos. La alegría invita a la convocación, a estar en familia, a celebrar, a comunicar los gozos.

Y en medio de esta fiesta, Jesús resucitado multiplica la alegría y hace una pregunta: ¿Por qué se alarman? Aquí estoy Yo, el crucificado y resucitado que ahora vive y está con ustedes. Almorcemos. Y continuó hablando del sufrimiento pasado, de la vida resucitada y nueva de sus seguidores y les pide ser testigos.

Todos los domingos los cristianos se reúnen en fiesta para celebrar la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, para escucharlo, para recibir la fuerza de lo alto y salir a proclamar el evangelio, a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el banquete de la Eucaristía. Y el mismo Señor nos repite lo que dijo a los once apóstoles y sus discípulos: Paz a ustedes. ¿Por qué se alarman? Aquí estoy Yo, el crucificado y resucitado.

Todos los domingos las familias cristianas almuerzan juntos. Allí escuchamos el evangelio del domingo, el cual encontramos en el librito Evangelio 2024, lo comentamos, hablamos de nuestras ilusiones, proyectos, alegrías, preocupaciones y el Señor nos repite lo que ha dicho tantas veces a sus discípulos: Paz a ustedes. ¿Por qué se alarman? Aquí estoy Yo, en persona.

(Canción)

Ira y Paz tienen 3 letras.

Odio y Amor tienen 4 letras.

Miedo y Valor tienen 5 letras.

Triste y Alegre tienen 6 letras.

Ignorar y Escucha tienen 7 letras.

Reproche y Gratitud tienen 8 letras.

Quebranto y Felicidad tienen 9 letras.

Melancolía y Esperanza tienen 10 letras.

Tienes dos realidades a escoger:

Muerte y Vida.

Mal y Bien.

Destrucción y Resurrección.

Está en tus manos decidir.

 

(Canción)

Un joven solía conversar frecuentemente con un sacerdote anciano. En una visita el sacerdote contó que había tenido un sueño.

-¿Qué soñó Padre?

Soñé que moría y que al llegar al cielo San Pedro me dijo: Puedes pedir un deseo.

Sorprendido dije que siempre había tenido la curiosidad de conocer el ángel que consoló a Jesús en la agonía del huerto de Getsemaní.

Vino el ángel y le pregunté: ¿Qué dijiste a Jesús cuando sudaba sangre al contemplar todo lo que iba a sufrir el Viernes Santo? ¿Cómo lo consolaste?

El ángel me respondió: ¿De veras quieres saber lo que dije? Pues claro. El ángel me dijo: Le hablé de ti y de tu discípulo. Le conté del bien que hacían y que la cruz los fortalecería para vencer el mal con el bien.

Pregunta a este ángel qué le dijo a Jesús acerca de ti en el huerto de Getsemaní.

(Canción)

Nuestro cuerpo siempre nos da el primer aviso. Hemos llegado al límite. La presión, el cansancio, el estado de ánimo, la confusión, el agota­miento y la falta de claridad indican que se están agotando todas nuestras fuerzas. Es tiempo de actuar. Llegó el momento que decidimos dar un ataque frontal contra todos los asuntos que nos abruman.

Tenemos la esperanza de triunfar, de terminar de una vez por todas con los problemas que nos agobian. No debemos engañarnos, el objetivo de terminar de un solo golpe con nuestras preocupaciones es difícil de lograr.

En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar. Hasta en el escudo del pueblo se dibujaba su silueta. El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia.

No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.

Los leñadores llegaron una mañana con sierras automáticas y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Esperaban oír el estrépito producido por el choque del inmenso árbol contra el suelo.

Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco principal en un lugar lo más pegado a la tierra. Pero los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas.

En ese orden de arriba hacia abajo cortan desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así, cuando terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco central, y en poco tiempo más aquel poderoso roble yacía cuidadosamente tirado en el suelo.

El sol ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía, era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí. Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída, puede quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuando más pequeño se le hace.

El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor si se lo hace lo más pequeño posible. Para lograrlo, es aconsejable podar, en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden el disfrutar de cada día y así ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de estos y mejorar, todo se derrumbe.

En ese orden, quitando del comienzo los pequeños problemas, podemos, gradualmente, ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Para cambiar hay que realizar una tarea a la vez, quitar las ramas de la preocupación de una en una, ocuparnos y no preocuparnos. Tal como indica la palabra. Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida y mantener una verdadera determinación para librarnos poco a poco de todo el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir, transformando nuestras ansiedades, miedos y preocupaciones en coraje, esperanza y fe.

(Canción)

Llenos de gozo por la resurrección de Jesucristo y renovados en el Espíritu, supliquemos nuevamente al Señor cantando: Cristo, vida nuestra, sálvanos.

-A Cristo, Señor nuestro, que con su Resurrección ha vencido las fuerzas del abismo y ha destruido el pecado y la muerte. Supliquémosle por toda la santa Iglesia. Cristo, vida nuestra, sálvanos.

-A Cristo, Señor nuestro, que con su Resurrección nos ha dado una nueva vida y ha renovado a toda criatura. Invoquémosle por el bien de todos los pueblos. Cristo, vida nuestra, sálvanos.

-A Cristo, Señor nuestro, que con su Resurrección ha dado gozo a los vivos y vida a los muertos. Pidámosle por todos los que sufren. Cristo, vida nuestra, sálvanos.

-A Cristo, Señor nuestro, que nos ha prometido participar de su triunfo. Pidámosle resucitar con una vida nueva. Cristo, vida nuestra, sálvanos.

-A Cristo, Señor nuestro, que por su Resurrección ha colmado de alegría a los pueblos, los ha enriquecido con sus dones y ha llenado de gozo nuestros corazones. Pidámosle que renueve nuestras almas. Cristo, vida nuestra, sálvanos.

Padrenuestro…

Ave María…

Inclinamos la cabeza para recibir la bendición, al final de cada invocación rezamos: Amén.

-El Dios que por la resurrección de su unigénito nos ha redimido y adoptado como hijos nos llene de alegría por sus bendiciones… Amén.

-Y ya que, por la redención de Cristo, hemos recibido el don de la libertad verdadera, por su bondad, recibamos también la felicidad eterna… Amén.

-Y confesando la fe hemos resucitado con Cristo en el bautismo, por nuestras buenas obras, merezcamos ser admitidos en la patria del cielo… Amén.

-Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre quienes han hecho posible esta emisión, y esta bendición permanezca para siempre… Amén.

(Canción)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *