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Alocución 7 de abril de 2024

(Canción)

Hoy, 7 de abril, segundo domingo de Pascua, escuchamos en todas las iglesias católicas el evangelio según San Juan, capítulo 20, versículos 19 al 31.

(Evangelio)

El Señor Jesús, después de la crucifixión, resucitado, se hace presente a sus discípulos y el primer saludo es:

Paz a ustedes y el segundo saludo es Paz a ustedes. Después de tanto sufrimiento ante la coronación de espinas, latigazos, la cruz cargada en la que fue clavado de pies y manos, la lanza en el corazón, el saludo es paz. La paz está por encima de los sufrimientos. La paz es la seguridad de que soy hijo de Dios y aún en los momentos más difíciles el Papá Dios no me abandona.

Los discípulos, ante la cruz de Cristo, se olvidaron de todo esto que nos lleva a la paz, y ahora Jesús resucitado lo recuerda.

La paz es permanente. No depende de las circunstancias favorables o desfavorables. Permanece porque Dios está allí, en mi vida siempre y me manifiesta su amor de una y mil maneras. Aunque camine por un valle tenebroso, estoy en paz porque Dios me carga y me lleva por sus caminos de paz.

Al gozar de la paz de Dios, la contagio en mi casa y a todas las personas con las que me encuentro. Al estar en paz, todos notan mi tranquilidad y desean tener este fruto del Espíritu Santo. Soy instrumento de paz con mis amigos y enemigos. No declaro la guerra a nadie, no insulto a nadie. Pongo paz entre las personas en conflicto.

Lo pacifico todo a mí alrededor y así vivo en paz, trabajo en paz, como en paz, celebro mis fiestas en paz, sufro en paz, muero en paz y voy a la casa de Dios en el cielo en la que viviré la plenitud de la paz.

Entra, Señor Jesús, a mi casa y salúdanos: La paz esté con ustedes. Dímelo otra vez, como a los apóstoles: La paz esté con ustedes.

Donde no está Jesús se encuentran pleitos y guerras, pero donde Él está presente, todo es serenidad y paz.

(Canción)

Tomás no estaba con los apóstoles en la primera aparición de Cristo resucitado. Lo que se perdió al no estar en la iglesia apostólica. Y cuando los demás le contaron, manifestó su incredulidad: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, no lo creo.

El Resucitado aparece de nuevo a los apóstoles y saluda: Paz a ustedes y se dirige a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás responde: Señor mío y Dios mío. Y Jesús le dice: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

La incredulidad de Tomás nos ha conseguido una felicitación a los que creemos sin haber visto.

Dichosos los que no hemos podido viajar a la estrella más cercana que está a dos millones de años luz, y creemos que Dios la creó.

Dichosos los que disfrutamos al contemplar las orquídeas, los gladiolos, las azucenas, las rosas y no sabemos cómo se formaron, pero creemos que Dios es el creador de estas maravillas.

Dichosos los esposos que no han visto el amor y sienten ese amor por quienes aman y saben que ese amor es divino y proviene de Dios.

Dichosos todos aquellos que aman, no han visto el amor pero lo experimentan, lo disfrutan, lo gozan y saben que Dios es amor y regala su amor a sus hijos.

Todos los domingos los creyentes afirmamos como Tomás: Señor mío y Dios mío y lo hacemos con la profesión de fe de los apóstoles, rezada por los que en Roma se bautizaban en los primeros tiempos del cristianismo.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.

El Beato Juan Pablo I ha dicho:

Mi madre cuando era mayor me decía: De pequeño estuviste muy malo, tuve que llevarte de un médico a otro y velar noches enteras, ¿me crees? ¿Cómo habría yo podido decir: Madre, no te creo? Pero sí que creo, creo lo que me dices, más te creo especialmente a ti. Y así ocurre con la fe. No se trata solo de creer lo que Dios ha revelado, sino a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y tanto ha hecho por nuestro amor.

(Canción)

El Papa ha dicho en la Vigilia Pascual:

Hermanos y hermanas, Jesús es nuestra Pascua, Él es Aquel que nos hace pasar de la oscuridad a la luz, que se ha unido a nosotros para siempre y nos salva de los abismos del pecado y de la muerte, atrayéndonos hacia el ímpetu luminoso del perdón y de la vida eterna. Hermanos y hermanas, mirémoslo a Él, acojamos a Jesús, Dios de la vida, en nuestras vidas, renovémosle hoy nuestro “sí” y ningún escollo podrá sofocar nuestro corazón, ninguna tumba podrá encerrar la alegría de vivir, ningún fracaso podrá llevarnos a la desesperación. Hermanos y hermanas, mirémoslo a Él y pidámosle que la potencia de su resurrección corra las rocas que oprimen nuestra alma. Mirémoslo a Él, el Resucitado, y caminemos con la certeza de que en el trasfondo oscuro de nuestras expectativas y de nuestra muerte está ya presente la vida eterna que Él vino a traer.

(Canción)

Invoquemos a Dios, Padre Todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro Salvador y Señor, y aclamémosle, diciendo: Ilumínanos Señor, con la luz de Cristo.

-Padre Santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria, haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable.

Ilumínanos Señor, con la luz de Cristo.

-Tú que nos has salvado por la fe, haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo.

Ilumínanos Señor, con la luz de Cristo.

-Tú que quieres que busquemos los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a tu derecha, líbranos de la seducción del pecado.

Ilumínanos Señor, con la luz de Cristo.

-Haz que nuestra vida, escondida con Cristo en ti, brille en el mundo, como signo que anuncie el cielo y la tierra nuevos.

Ilumínanos Señor, con la luz de Cristo.

Padrenuestro…

Ave María…

 

Inclinamos la cabeza para recibir la bendición. Al final de cada invocación rezamos: Amén.

Los bendiga Dios Todopoderoso en estos días solemnes de Pascua, y que su misericordia los guarde de todo pecado. Amén.

Y El que los ha redimido por la resurrección de Jesucristo los enriquezca con el premio de la vida eterna. Amén.

Y a ustedes que al terminar los días de la Semana Santa, celebran con gozo la cincuentena Pascual, les conceda también alegrarse con el gozo de la Pascua eterna. Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre los que han hecho posible esta emisión radial y permanezca para siempre. Amén.

(Canción)

 

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