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Alocución de S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García

Gracias a los que hacen posible esta emisión radial en el domingo 12 de julio, decimoquinto domingo del tiempo litúrgico.

En todas las iglesias católicas del mundo se lee este fragmento del evangelio según San Mateo, capítulo 13, versículos 1 al 23.

Una cosa es la semilla y otra el terreno donde cae.

La semilla en este texto bíblico es la Palabra de Dios, buenísima semilla. Es amor, paz, nos hace crecer en la misión que tenemos de esposos, padres, hijos, nietos, abuelos, amigos, servidores, trabajadores.

Ahora cae en nuestro corazón. Si nuestro corazón está lleno de mala hierba y marabú, esa hierba hay que arrancarla.

Si hay odio, venganza, desprecio de la familia, alcohol, droga, robo, no puede dar fruto la semilla. Pero si chapeamos lo malo y limpiamos el corazón, la semilla crecerá y nos llenará de felicidad.

Si nuestro corazón tiene piedras y no se inmuta, ni le interesa lo que Dios nos dice, lo que nuestros padres, abuelos, verdaderos amigos nos dicen, muere la semilla en nuestro corazón.

El corazón ha de escuchar, reflexionar, conocer, aceptar la verdad aunque nos duela y la semilla dará su fruto.

Si nuestro corazón tiene como principal preocupación el dinero, la elegancia del cuerpo, el buen vestir, el mejor comer hasta la gula, el sobresalir aplastando a los demás, toda esta semilla se ahoga, se ahoga el amor familiar, el estar y luchar juntos, el preocuparnos por la felicidad de todos.

Siempre hay que sembrar la Palabra de Dios y resultará lo que dice Dios en el libro del profeta Isaías, capítulo 55, versículos 10 al 11.

Esto dice el Señor:

Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá, después de empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

Palabra del Señor…. Gloria a Ti, Señor Jesús.

El Padre Antonio Rodríguez nunca ha sembrado una semilla de mango en su vida. Y se ha comido miles de mangos, miles de batidos, y jugos y dulces de mango. Y no conoce a las personas que sembraron estas matas de mango.

Sembremos fe, esperanza, amor, honradez, concordia familiar, educación, Palabra de Dios y dará mucho fruto en personas, en esas familias, en esas iglesias y pueblos aun después de nuestra muerte.

Quizás no se enteren nunca que fuimos nosotros quienes sembramos pero están disfrutando de la siembra y Dios sí sabe lo que hicimos sembrando con lágrimas.

Nadie sabe a dónde puede llegar una siembra.

(Canción)

Se encontraban una vez en la cumbre de una montaña tres pequeños árboles, juntos pensaban sobre lo que querían llegar a ser cuando fueran grandes.

El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo: “Yo quiero guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y ser llenado de piedras preciosas. ¡Yo seré el baúl de tesoros más hermoso del mundo!”.

El segundo arbolito miró un pequeño arrollo realizando su camino al océano y dijo: “Yo quiero viajar a través de aguas temibles y llevar reyes poderosos sobre mí. ¡Yo seré el barco más importante del mundo!.

El tercer arbolito miró hacia el valle que estaba debajo de la montaña y vio hombres y mujeres trabajando en un pueblo trabajador y dijo: “Yo no quiero dejar jamás la cima de la montaña. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se pare a mirarme, levante su mirada al cielo y piense en Dios. ¡Yo seré el árbol más alto del mundo!”.

Los años pasaron y los pequeños árboles se convirtieron en majestuosos cedros. Un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña. El primer leñador miró al primer árbol y dijo: “¡Qué árbol tan hermoso!”, y con la arremetida de su hacha brillante el primer árbol cayó. “Ahora me deberán convertir en un baúl hermoso, deberé contener tesoros maravillosos!”, dijo el primer árbol.

El segundo leñador miró el segundo árbol y dijo: “Este árbol es muy fuerte, es perfecto para mí”. Y con la arremetida de su hacha brillante, el segundo árbol cayó. “¡Ahora deberé navegar mares inmensos!”, pensó el segundo árbol, “deberé ser el barco más importante para los reyes más poderosos de la tierra”.

El tercer árbol sintió su corazón hundirse de pena cuando el último leñador lo miró. El árbol se paró derecho y alto, apuntando al cielo. Pero el leñador ni siquiera miró hacia arriba y dijo. “Cualquier árbol es bueno para mí”. Y con la arremetida de su hacha brillante, el tercer árbol cayó.

El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó a una carpintería. Pero el carpintero lo convirtió en un mero pesebre para alimentar a las bestias. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni guardó tesoros, sino que fue usado para poner el pasto.

El segundo árbol sonrió cuando le leñador lo llevó cerca de un embarcadero. Pero no estaba junto al mar, sino en un lago. No había reyes, sino pobres pescadores. En lugar de sus sueños, el árbol fue cortado y convertido en un simple bote de pesca, demasiado chico y débil para navegar en el océano.

El tercer árbol estaba confundido cuando el leñador lo cortó para hacer tablas fuertes y lo abandonó en un almacén de madera. “¿Qué estará pasando?”, fue lo que se preguntó el árbol, “yo todo lo que quería era quedarme en la cumbre de la montaña y apuntar a Dios…”

Muchísimos días y noches pasaron. A los tres árboles ya casi se les habían olvidado sus sueños.

Pero una noche, una luz de estrella dorada alumbró al primer árbol cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido en la caja de alimento. “Yo quisiera haberle podido hacer una cuna al bebé”, le dijo su esposo a la mujer: la madre le apretó la mano a su esposo y sonrió mientras la luz de la estrella alumbraba a la madera suave y fuerte de la cuna. Y la mujer dijo: “Este pesebre es hermoso”. Y de repente, el primer árbol supo que contenía el tesoro más grande del mundo, el Hijo de Dios hecho niño.

Una tarde, un viajero cansado y sus amigos se subieron al viejo bote de pesca. El viajero se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente hacia adentro del lago. De repente, una impresionante y aterradora tormenta llegó al lago, el pequeño árbol se llenó de temor, él sabía que no tenía la fuerza para llevar a todos esos pasajeros a la orilla a salvo con ese viento y lluvia. El viajero cansado se levantó, y alzando su mano dijo: “Calma”. La tormenta se detuvo tan rápido como comenzó. Y de repente el segundo árbol supo que llevaba navegando al Rey del Cielo y de la Tierra, Jesucristo.

Un viernes en la mañana el tercer árbol se extrañó cuando sus tablas fueron tomadas de aquel almacén de madera olvidado. Se asustó al ser llevado a las espaldas de un hombre muy maltratado, a través de una impresionante multitud de personas enojadas. Se llenó de temor cuando unos soldados clavaron las manos del hombre en su madera. Se sintió feo, áspero y cruel.

Pero el domingo por la mañana, cuando el sol brilló y la tierra tembló con júbilo debajo de su madera manchada de sangre, el tercer árbol supo que el amor de Dios había cambiado todo, que el crucificado había resucitado.

Esto hizo que el árbol se sintiera fuerte, y tuviera la certeza de que, cada vez que la gente pensara en el tercer árbol, pensaría en Dios. Eso era mucho mejor que ser el árbol más alto del mundo.

Tú eres un árbol. Prepárate para la misión que Dios te encomienda.

(Canción)

El próximo 16 de julio celebramos la fiesta de la Virgen del Carmen. Felicitamos a todas las personas que llevan el nombre de Carmen y a todas las comunidades que tiene por Patrona a la Virgen del Carmen.

Si quieres que enviemos una felicitación a las personas que llevan el nombre de Carmen como primer o segundo nombre, llama al 78624000 y dinos sus nombres y apellidos.

Santa María del Carmen, que llevaste en tu seno a Jesucristo,

lo cargaste, le enseñaste la Palabra de Dios, y de tu mismo Hijo

aprendiste a vivir plenamente esta Palabra,

enséñanos  a conservar y meditar el Evangelio de tu Hijo.

Santa María del Carmen, que te hiciste presente en el Monte Carmelo,

donde vivió el Profeta Elías, y fuiste amparo y fortaleza

para quienes en Comunidad quisieron seguir a tu Hijo,

ayúdanos hoy a vivir en familia como Tú, José y Jesús

y a quienes nos llamamos cristianos, acompáñanos

para tener un solo corazón y una sola alma.

Santa María del Carmen que desde lo alto de tu Iglesia proteges y rezas por La Habana

ruega por nosotros para que alabemos a Dios en tus templos,

sirvamos a los enfermos y más necesitados,

y eduquemos en la fe, la esperanza y la caridad,

a los más pequeños de la familia.

Santa María del Carmen, queremos revestirnos de tu escapulario y de tu amor,

para, al final de nuestras vidas, escuchar de los labios de Cristo:

“Ven, bendito (a) de mi Padre y toma posesión del Reino preparado para ti,

porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber;

fui forastero y me hospedaste; anduve sin ropa y me vestiste;

enfermo y en la cárcel y me visitaste”.

Santa María del Carmen, mira con amor a los sacerdotes, monjas y religiosos

que profesan la espiritualidad carmelitana

y ruega al Espíritu Santo suscite en Cuba muchos obreros del Evangelio

al estilo de los santos y santas carmelitas.

Santa María del Carmen, acuérdate de que eres Madre de los navegantes,

de las que se llaman Carmen, acuérdate de cuántos te veneran en este templo

y acuérdate también de nuestros difuntos;

Ponte al lado de estos hijos tuyos, como estuviste al pie de la Cruz de tu Hijo,

y presenta a Dios Padre todas nuestras súplicas,

ahora que estás en la gloria del cielo con tu Hijo Jesucristo que vive y reina

por los siglos de los siglos. Amén.

Nos unimos a Cristo espiritualmente:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

La bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todas las personas que llevan el nombre de Carmen y permanezca para siempre. Amén.

(Canción)

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