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Alocución de S.E.R. cardenal Juan de la Caridad García

Gracias a todos los que hacen posible esta emisión radial, en este domingo 13 del tiempo litúrgico de la Iglesia, 28 de junio.

Hoy en todas las iglesias católicas del mundo entero se lee este evangelio según San Mateo, capítulo 10, versículos 37 al 42.

Nos asustan estas palabras de Jesús de “quien ame a su padre o a su madre más que a mí, no es de los míos”.

Lo que quiere decirnos Jesús es que un padre no puede decirle a su hijo: roba; toma venganza; no compartas nada; no seas bobo y no te mates trabajando; emborráchate; cree en Dios pero no vayas a la Iglesia que es cosa de mujeres; ten muchas mujeres que eso a tu esposa no le importa. Un padre así no ama a sus hijos ni a Dios.

Un padre que ame a sus hijos quiere lo mejor para ellos. Lo mejor para los hijos es lo que nos pide Dios: amor, paz, fidelidad matrimonial, entrega sacrificada a la familia; honradez, servicialidad para con todos, generosidad. Un padre así ama a Dios y ama a sus hijos.

Una madre que le dice a su hija: no le aguantes nada a la suegra; no trabajes mucho, deja que los demás lo hagan y tú dedícate a ver novelas; hazte el aborto que no hay dinero para tener hijos; pídele la mayor cantidad de dinero a tu esposo y gástalo en perfumes y ropa de primera; duerme toda la mañana; si no te conviene el marido, déjalo. Una madre así no ama ni a su hija ni a Dios.

Una madre que ame a su hija la acompaña; la escucha cuando la hija le cuenta las dificultades con la suegra; con el esposo; con la familia de él; con el poco dinero; con los hijos desobedientes; con el nuevo embarazo, alegría inmensa de la familia entera y juntas van buscando soluciones para un mayor amor familiar.

Una madre así ama a Dios y a su hija.

Los esposos que se insultan, gritan y ofenden no se aman ni aman a Dios. Los esposos que se perdonan, conversan y arreglan sus diferencias pacíficamente, se aman y aman a Dios.

(Canción)

Cuentan que en cierta ocasión el león, rey de la selva, se encontraba muy preocupado por la cantidad de cazadores que perseguían a las fieras. Y decidió hacer un ejército con el que pudieran defenderse. Para ello salió a reclutar animales. Y al primero que encontró a su paso fue al enorme y pesado elefante.

-Buenos días, rey de la selva, saluda cordialmente el mastodonte.

-Buenos días, mi querido elefante, ¿quieres formar parte de mi ejército?, le preguntó el león.

-Por supuesto, majestad, por supuesto.

-Tú serás nuestra mayor defensa.

Los dos caminaron juntos en busca de nuevos reclutas. No tardaron en encontrarse con un lobo. Este se inclinó en signo de sumisión y saludó respetuosamente.

-Buenos días, majestad.

-Muy buenos días, lobo feroz. Estoy reuniendo un valiente ejército para defendernos de los cazadores. ¿Te unirías a nosotros?

El elefante miró al león y preguntó:

-¿Para qué te servirá un animal tan pequeño, comparado conmigo?

El rey de la selva, sin hacer caso a las alusiones del paquidermo, se dirigió de nuevo a lobo y le dijo:

-Tú podrías ser un soldado muy fiero.

Por supuesto, el lobo aceptó y los tres caminaron en busca de nuevos reclutas. Dieron entonces con un mono chillón y el león lo invitó también a formar parte de sus huestes.

-¿Para qué lo quieres? No creo que sirva para nada, preguntó el lobo.

-Siempre sería bueno distraer al enemigo, sentenció el león. Y agregó: Nadie mejor que él para eso.

Caminaron entonces los cuatro. Ya sentía el león que el ejército se formaba. De pronto, ante ellos, apareció una asustadiza liebre y un pobre burro que apenas podía caminar. El elefante y el lobo feroz se miraron, extrañados de que el león se dirigiera a esos dos animales.

-¿No querrá reclutarlos, verdad?, se preguntaron el lobo y el elefante al mismo tiempo.

-¡Claro que quiero reclutarlos!, rugió el león.

– ¿Para qué lo quieres? No creo que sirva para nada, preguntó el lobo.

-Siempre sería bueno distraer al enemigo, sentenció el león. Y agregó: Nadie mejor que él para eso.

Caminaron entonces los cuatro. Ya sentía el león que ejército se formaba. De pronto, ante ellos, apareció una asustadiza liebre y un pobre burro que apenas podía caminar. El elefante y lobo feroz se miraron, extrañados de que el león se dirigiera a esos dos animales.

-No querrá reclutarlos, ¿verdad?, se preguntaron el lobo y el elefante al mismo tiempo.

-¡Claro que quiero reclutarlos!, rugió el león.

-¿Para qué?, preguntó el lobo. No te das cuenta que la liebre es un animal siempre asustado, que huye con rapidez hasta su madriguera; y ese pobre burro, está tan viejo que no tiene ya fuerzas ni para cargar con su propio peso. ¡Estos dos sí que no ayudarán en nada!

Pero el león los reclutó.

El día de la batalla, el burro, sentado en un punto de avanzada, rebuznó bien fuerte y su rebuzno alertó a todos de la proximidad del enemigo. Y la liebre corrió aprovechando su rapidez, llevando mensajes de uno a otro. El mono chillón distrajo a los cazadores brincando de un árbol a otro, gritando como sólo él sabía hacerlo.

En tanto que el elefante apareció como una tromba, con su majestuoso tamaño, resoplando y emitiendo sonidos agudos y tras él apareció por un lado el lobo con el lomo erizado y los colmillos amenazantes, y por el otro el mismísimo león, rugiendo mientras sacudía la melena.

Ante todo ello, los aterrorizados cazadores no tuvieron otra opción que huir, abandonando sus armas y jurándose no regresar jamás por aquella selva.

Por supuesto que esto no es más que un cuento infantil, sacado del libro de las fábulas. Pero la lección es clara. El león fue un verdadero líder porque supo trabajar con las fortalezas de los miembros de su equipo, a pesar de que algunos de ellos se concentraban en las debilidades de los demás. El elefante veía muy pequeño al lobo, y ambos, elefante y lobo, no le veían utilidad alguna al mono chillón y menos aún a la huidiza liebre y al burro viejo.

Si pudiéramos concentrarnos más en las cualidades y menos en los defectos de aquellos que nos rodean, llevaríamos una vida más agradable. Pero lo contrario es lo más usual, por desgracia hay demasiada gente concentrada tan solo en los aspectos más desagradables de los otros. El resultado es que llenan sus cabezas con la crítica y la condena y acaban amargándose a sí mismo, y por supuesto, amargando a aquellos que critican. Los padres respecto de sus hijos, los gerentes y supervisores respecto de sus subordinados, los maestros respecto de sus alumnos, los compañeros de trabajo unos respecto de otros, todos deberíamos aprovechar la experiencia del león formando su ejército.

Y si por casualidad no encontráramos cualidades en los demás, debemos preocuparnos, pero no por ellos que seguramente las tienen, sino por nosotros que posiblemente nos habremos vuelto tan negativos que ya no somos capaces de percibir lo bueno de ellos.

Si en la familia, la iglesia, en los trabajos y en múltiples empresas, todos trabajamos juntos según nuestras capacidades, venceríamos muchos males y creceríamos en muchos aspectos de nuestra felicidad personal, familiar y social. Eso es amar a la familia, al prójimo y a Dios.

(Canción)

Mañana lunes la Iglesia celebra la fiesta de San Pedro y San Pablo. Con diferentes textos del Nuevo Testamento, San Pedro nos puede narrar su autobiografía:

Yo, Pedro, aseguro que Jesús me vio con mi hermano Andrés, echando las redes en el agua y dijo: Síganme y los haré pescadores de personas al momento, dejamos las redes y lo seguimos.

Jesús me cambió el nombre. Yo me llamaba Simón y él me puso Pedro – Piedra y tiempo más tarde me dijo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y me dio las llaves del reino de los cielos.

Jesús curó a mi suegra en mi casa, de lo cual estoy muy contento pues así mi única esposa se sintió muy feliz.

Me eligió como apóstol para que lo acompañara y anunciara el evangelio.

Jesús, en el lago de Galilea, se acercó a nuestra barca azotada por el viento contrario, caminó sobre el agua y yo le pedí hacer lo mismo y caminé sobre el agua y tuve miedo y al perder la confianza en Él, me hundí y grité: Sálvame, Señor, y Él me tomó de la mano y me dijo: ¿Qué poca fe tienes? ¿Por qué dudaste?

Ante mi pregunta de lo que hace impuro al hombre me explicó: Lo que entra por la boca del hombre no le hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca. Porque del interior del hombre salen los malos pensamientos, los asesinatos, el adulterio, la inmoralidad sexual, los robos, las mentiras y los insultos. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre.

Nos preguntó a todos los apóstoles: ¿Quién soy yo? Respondí: Tú eres el Mesías, el hijo de Dios viviente. Me felicitó y me dio la misión de ayudarlo en la edificación de su iglesia y protegerla. Eso es ser Papa, Padre Universal.

Jesús se transfiguró en el Monte Tabor y yo lo vi junto a Moisés y Elías y me sentí tan bien que quise quedarme allí pero Él no quiso. Escuché la voz de Dios Padre: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”.

Jesús anunciaba su muerte y yo decía que no podía pasar y yo lo impediría. Una vez me dijo “Satanás” por oponerme a la voluntad de Dios Padre y me anunció que lo negaría.

Jesús celebró la última cena y yo estaba allí. Fue conmovedor poder recibir su Cuerpo y su Sangre en el pan y el vino. Fue mi primera comunión. La recuerdo como hoy. Y allí también supe quién lo iba a traicionar. Jesús me lavó los pies aunque yo no quería porque eso lo hacían los criados y esclavos.

Estando preso Jesús en la casa de Anás negué tres veces que era su amigo por miedo. Después lloré amargamente.

Jesús escuchó muchas veces mi guapería y lo defendí en el huerto pero también me vio huyendo, negándolo, escondiéndome cuando llevaba la cruz y en el momento de su entierro. ¡Qué vergüenza!

Jesús me quiso tanto que me perdonó y cuando en la madrugada del domingo María Magdalena nos avisó que se habían llevado el cuerpo del Señor salí corriendo para allá y sentí mucha admiración por Juan que creyó en la resurrección del Maestro.

Jesús se nos apareció aquel mismo día por la noche, sentí una intensa alegría, recibimos la paz del perdón y la fuerza del Espíritu para predicar el evangelio.

Se nos apareció varias veces y nos invitó a tomar el desayuno que Él mismo preparó.

Me preguntó tres veces si lo quería. Le respondí las tres veces que sí y la última: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.

Tengo dos cartas con mi nombre. Te invito a leerlas, meditarlas, vivirlas y enseñarlas.

La ciudad de La Habana ha tenido la dicha de tener a mi sucesor 263 y participar en la misa el 25 de enero de 1998, presidida por San Juan Pablo II. Muchas frases han quedado grabadas en nuestra memoria y corazón en la visita pastoral a nuestra Patria: “Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón.”

El Papa Benedicto XVI, sucesor 264, de visita pastoral en La Habana nos dijo: “Cuba y el mundo necesitan cambios pero éstos se darán solo si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor sembrando reconciliación y fraternidad.”

El Papa Francisco, sucesor 265 nos impactó con sus últimas palabras en la homilía de la misa en la plaza José Martí cuando dijo: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir.”

Sobre mi tumba construyeron una enorme basílica que lleva mi nombre.

En muchas iglesias tengo una imagen. Ve y rézame. Soy patrono del pueblo de Quivicán. Yo desde el cielo me interesaré por tu vida. Recuerden que yo fui el primer Papa y tengo llaves para abrir la felicidad de Cristo.

San Pedro.

 

Elija un texto del Nuevo Testamento sobre San Pedro y dígalo al teléfono 78624000, en el Arzobispado de La Habana.

(Canción)

 

Mañana celebran aniversario de su ordenación sacerdotal los Padres Pablo Manuel Alonso Cartaya, Fernando Rivero Hernández, Santiago Evasio Fernández Sánchez, Manuel Cortina Fariñas, José Félix Baldrich Camiño, Rodolfo Loiz Morales, Juan Carlos Fuentes Fiallo, Dariel Fong Pérez, Alfredo San Juan Guilarte, Eduardo Enrique Fonseca Ponce y Charles Monegal Ortega. Por ellos rezamos un Ave Maria.

Ave Maria.

Este día 29 de junio rezamos por ellos y lo felicitamos.

 

Nos unimos a Cristo en comunión espiritual:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ponemos en las manos de Dios Padre a todos los que viven en nuestra casa, a todas las personas que amamos, a todos los hijos de nuestro Padre Dios y lo hacemos rezando la oración que Jesucristo nos enseñó, la oración del Padre Nuestro:

Padrenuestro…

Y la bendición de Dios Padre Todopoderoso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus ilusiones y proyectos y permanezca para siempre. Amén.

 

(Canción)

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