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Alocución 25 de junio de 2023

Hoy, 25 de junio, duodécimo domingo del tiempo ordinario, se escucha en todas las iglesias católicas el evangelio según San Mateo, capítulo 10, versículos 26 al 33.

(Evangelio)

En ocasiones tenemos miedo porque se nos olvida que Dios es nuestro Padre y va al lado de nosotros.

Un niño iba en una barca azotada por una tempestad y se puso a jugar a las bolas en la cubierta y un marino le gritó: ¡Muchacho, estás loco! ¿No tienes miedo?

El niño respondió: No tengo miedo, porque el capitán del barco es mi papá.

En ocasiones a las embarazadas les meten miedo y las asustan diciéndole innumerables dificultades pero ella continúa hacia delante sabiendo que lleva dentro la maravilla del fruto bendito del amor de su esposo y con la confianza en Dios Papito y con el cariño de su esposo, de su mamá, de la familia dio a luz al hijo y hubo una gran fiesta y el miedo fue vencido, eso lo sabe cada uno de nosotros.

El niño cuando empieza a dar los primeros pasos, si las abuelas le meten miedo de que se puede caer, se paralizan, pero afortunadamente el papá, la mamá, le invitan a seguir dando pasos y si se cae el papá lo carga, lo acaricia, lo levanta y lo invita a seguir dando pasos.

El miedo no puede detener nuestras vidas, nuestro camino. Los barcos no fueron creados para estar en el puerto, sino para navegar y aunque haya viento contrario y tiempo malo, navegan con su carga preciosa hasta el puerto señalado.

La vida es para vivirla, la vida está hecha para crecer, cada uno en la vida tiene una meta, una ilusión, y ningún miedo puede paralizarnos y vencido el miedo caminamos, luchamos, progresamos.

Tenemos una gran meta: Constituir una bella familia donde reine el pleno amor y lo intentamos a pesar de que algunos nos digan que es imposible.

Damos gracias a Dios por todos aquellos que luchan incansablemente para construir una bella familia y lo intentan todos los días a pesar del fracaso de ayer.

Damos gracias a Dios por todos aquellos que tienen en su casa un cuadro del Corazón de Jesús y de la Virgen de la Caridad y piden la bendición familiar y no hacen caso a quienes los critican.

Damos gracias a Dios por todos aquellos que los domingos dan gracias al Señor creador, salvador, santificador de nuestras familias.

Damos gracias a Dios por todos aquellos que perseveran en acciones buenas a pesar de que algunos los asustan diciéndoles que pierden el tiempo pero continúan sembrando bien.

El miedo tocó a la puerta; la fe fue a abrir. No había nadie.

(Canción)

El Papa, recuperado de su operación, habló en la Plaza Vaticana el domingo pasado.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Deseo expresar mi gratitud a cuantos, en los días de mi ingreso en el Policlínico Gemelli, me han manifestado afecto, preocupación y amistad, y me han asegurado el apoyo de la oración. Esta cercanía humana y espiritual ha sido para mí de gran ayuda y consuelo. ¡Gracias a todos, gracias a ustedes, gracias de corazón!

Hoy, en el Evangelio, Jesús llama por nombre –llama por nombre– y envía a los doce Apóstoles. Al enviarles, les pide que anuncien una sola cosa: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 10,7). Es el mismo anuncio con el que Jesús inició su predicación: el reino de Dios, es decir su señorío de amor, se ha hecho cercano, viene en medio de nosotros. Y esta no es una noticia entre las otras, sino la realidad fundamental de la vida: la cercanía de Dios, la cercanía de Jesús.

(Canción)

De hecho, si el Dios de los cielos está cerca, nosotros no estamos solos en la tierra y en las dificultades tampoco perdemos la fe. Esto es lo primero que hay que decir a la gente: Dios no es distante, sino que es Padre. Dios no es distante, es Padre, te conoce y te ama; quiere tomarte de la mano, también cuando vas por senderos empinados y difíciles, también cuando caes y te cuesta levantarte y retomar el camino; Él, el Señor, está ahí, contigo. Es más, a menudo en los momentos en los que eres más débil puedes sentir más fuerte su presencia. ¡Él conoce el camino, Él está contigo, Él es tu Padre! ¡Él es mi Padre! ¡Él es nuestro Padre!

(Canción)

Nos quedamos en esta imagen, porque anunciar a Dios cercano es invitar a imaginarse como un niño, que camina de la mano del padre: todo le parece diferente. El mundo, grande y misterioso, se vuelve familiar y seguro, porque el niño sabe que está protegido. No tiene miedo y aprende a abrirse: encuentra otras personas, encuentra nuevos amigos, aprende con alegría cosas que no sabía y después vuelve a casa y cuenta a todos lo que ha visto, mientras crece en él el deseo de hacerse mayor y hacer las cosas que ha visto hacer al padre. Es por esto que Jesús parte de aquí, porque la cercanía de Dios es el primer anuncio: estando cerca de Dios vencemos el miedo, nos abrimos al amor, crecemos en el bien y sentimos la necesidad y la alegría de anunciar.

(Canción)

Si queremos ser buenos apóstoles, debemos ser como los niños: sentarnos “en las rodillas de Dios” y desde ahí mirar el mundo con confianza y amor, para testimoniar que Dios es Padre, que Él solo transforma nuestros corazones y nos da esa alegría y esa paz que nosotros mismos no podemos alcanzar.

(Canción)

Anunciar que Dios está cerca. ¿Pero cómo hacerlo? En el Evangelio Jesús aconseja no decir muchas palabras, sino realizar muchos gestos de amor y de esperanza en el nombre del Señor; no decir muchas palabras, sino realizar gestos: «Curen enfermos –dice– resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron: denlo gratis» (Mt 10,8). Este es el corazón del anuncio: el testimonio gratuito, el servicio. Les digo una cosa: a mí me dejan siempre perplejos los “parlanchines”, con su mucho hablar y no hacer nada.

(Canción)

Llegados a este punto, hagámonos algunas preguntas: nosotros, que creemos en el Dios cercano, ¿confiamos en Él? ¿Sabemos mirar adelante con confianza, como un niño que sabe que es llevado en brazos del padre? ¿Sabemos sentarnos en las rodillas del Padre con la oración, con la escucha de la Palabra, acercándonos a los Sacramentos? Y, finalmente, cerca de Él, ¿sabemos infundir valentía a los otros, hacernos cercanos a quien sufre y está solo, a quién está lejos y también a quien nos es hostil? Esta es la concreción de la fe, esto es lo que cuenta.

Y ahora rezamos a María, que nos ayude a sentirnos amados y a transmitirnos cercanía y confianza.

(Canción)

Hace ya algún tiempo, una maestra pública fue contratada para visitar a ni­ños internados en un gran hospital de la ciudad de México. Su tarea era guiarlos en sus deberes a fin de que no estuvieran muy atrasados cuando pudieran volver a clases.

Un día, esta maestra recibió una llamada de rutina pidiéndole que visitara a un niño en parti­cular. Tomó el nombre del niño, el del hospital y el número de la habitación, y la maestra del aula del niño, del otro lado de la línea le dijo:

-Ahora estamos estudiando sustantivos y adver­bios en clase. Le agradecería si lo ayudara con sus deberes, así no se atrasa respecto de los demás. Hasta que la maestra no llegó a la habitación del niño no se dio cuenta de que se hallaba ubica­da en la unidad de quemados del hospital. Nadie la había preparado para lo que estaba a punto de descubrir del otro lado de la puerta.

Antes de que le permitieran entrar, tuvo que ponerse un delantal y una gorra esterilizada por la posibilidad de infección. Le dijeron que no tocara al niño ni la cama. Podía mantenerse cerca pero debía hablar a través de la máscara que estaba obligada a usar.

Cuando por fin terminó de lavarse y se vistió con las ropas prescriptas, respiró hondo y entró en la habitación. El chiquito, horriblemente quemado, sufría mucho. La maestra se sintió in­cómoda y no sabía qué decir, pero había llegado demasiado lejos como para darse la vuelta e irse.

Por fin pudo tartamudear:

-Soy la maestra del hospital y tu maestra me mandó para que te ayudara con los sustantivos y los adverbios.

Después, le pareció que no fue una de sus mejores sesiones.

A la mañana siguiente, cuando volvió, una de las enfermeras de la unidad de quemados le preguntó:

-¿Qué le hizo a ese chico?

Antes de que pudiera terminar una lista de disculpas, la enfermera la interrumpió diciendo:

-No me entiende. Estábamos muy preocupa­dos por él, pero desde que vino usted ayer toda su actitud cambió. Está luchando y ahora responde al tratamiento…

Es como si hubiera decidido vivir.

El propio niño le explicó luego de algún tiempo, que había abandonado completamente la esperanza y sentía que iba a morir, hasta que vio a esa maestra especial. Todo había cambiado cuando se dio cuenta de algo. Con lágrimas de felicidad en los ojos, el chiquito tan gravemente quemado que había dejado de lado toda esperan­za, lo expresó así:

-No le habrían enviado una maestra para traba­jar con los sustantivos y los adverbios a un chico agonizante, ¿no le parece?

La esperanza es el factor preponderante que mantiene viva la llama que desarrolla nuestros proyectos. Si se pierde la esperanza de algo, se pierde la motivación y todo lo referente a ello parece no tener sentido. No resulta entonces difícil imaginarse lo que ocurriría si se pierde la esperanza de vivir. Todo parece derrumbarse, y la voluntad nada puede hacer porque está para­lizada por la sensación de “sin sentido”. Es una situación terrible que puede acarrear consecuen­cias también terribles. Pero basta una pequeña palabra de esperan/a para despertar todos los sentidos, para movilizar todo aquello que se hallaba paralizado. Porque se le comienza a en­contrar a la vida un significado fundamental, que va dando respuestas a muchas preguntas sobre la existencia, sobre el ser. Es importante mantener viva la esperanza de un mañana, lis importante la certeza de que mañana también está la vida…

Si mañana tenemos “sustantivos y adverbios”, eso significa que hay… un mañana

Y se renueva entonces la motivación de seguir adelante en búsqueda del más preciado tesoro-. La felicidad…

Señor de todo lo creado, escúchanos.

Padre de infinita bondad, míranos

por tu nombre santificado, protégenos

poder entrar en tu Reino, permítenos

siempre hacer tu voluntad, concédenos

con tu pan cada día, aliméntanos

nuestros muchos pecados, perdónanos        .     

como hacemos con quien nos ofende, dinos

y nunca, nunca, nos dejes caer en tentación.

 

Dios y Señor del cielo y la tierra

consiente que en este transitar

por el ruidoso desierto de la vida

busquemos en el silencio tu Palabra.

Dios y Señor del cielo y la tierra

que jamás ofendamos tu Santidad

al pensar, al hablar, al actuar, al omitir.

 

Dios y Señor del cielo y la tierra

que no busquemos nuestro reino

de efímera caducidad humana

sino el tuyo verdadero y eterno.

 

Dios y Señor del cielo y la tierra

que seamos prontos a tu voluntad

pues no es la nuestra importante

sino la tuya ahora y por siempre.

 

Dios y Señor del cielo y la tierra

es tu pan el que nos da vida

la sangre la que nos vivifica

tu agua la que conduce al paraíso.

 

Dios y Señor del cielo y la tierra

que tu perdón sea fuerza veraz

para lograr vencernos a nosotros

y perdonar a nuestros enemigos.

“Y no nos dejes caer en la tentación”. Amén

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre sus familias, sobre los que han hecho posible esta emisión, y permanezca para siempre, Amén.

(Canción)

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