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Alocución, 29 de enero, IV Domingo del Tiempo Ordinario

Hoy, domingo 29 de enero, IV Domingo del Tiempo Ordinario, escuchamos en todas las Iglesias católicas del mundo, el Evangelio según San Mateo, capítulo 5, versículos 1 al 12.

(Evangelio)

Ha sido el mismo Señor Jesús, quien ha vivido estas bienaventuranzas del evangelio de hoy antes de pronunciarlas. Siendo rico en la gloria del cielo de la eternidad, el Hijo de Dios, que es Dios desde la eternidad, se hizo hombre en el seno virginal de María. Nació pobre, vivió pobre, compartió todo lo que tenía, sus bienes materiales, su sabiduría, su divinidad y la entregó a todos los pobres que somos los humanos faltos de fe, amor y esperanza. Para la Biblia, pobre es el que comparte. Como Jesús compartamos con los demás y una gran dicha y felicidad se hará presente en nuestras vidas a pesar de la pobreza material.

Jesús lloró a la vista de Jerusalén ante la dureza de corazón de sus habitantes. Lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Lloró ante la traición de sus amigos. Lloró en la cruz. Sus lágrimas nos ayudan a nosotros y queremos llorar junto a Él, para que Él mismo nos consuele, seque nuestras lágrimas y como Él seguir adelante a pesar del fracaso del bien y de nuestros buenos proyectos.

También Jesús fue juzgado y condenado injustamente. ¡Bendito los que sufren injustamente, porque es peor sufrir por hacer el mal, que sufrir por hacer el bien!

Un cojo con muletas y un ciego se encontraron en un camino hacia el pueblo donde querían ir los dos. El ciego decía: “No puedo, no veo”. El cojo decía: “No puedo caminar tanto, son muchos kilómetros, avanzaré muy poca distancia”.  Pero como los dos tenían misericordia, el ciego dijo: “Se me ocurre una idea para ayudar al cojo”, y al mismo tiempo el cojo pensó: “Pobre ciego, quiero ayudarlo”, y los dos conversaron y encontraron una solución. “Yo ciego no veo, pero tu cojo sí”. “Yo cojo no camino, pero veo”. El ciego, hombre fuerte, montó al cojo sobre sus hombros e iniciaron el camino, y el cojo iba indicando al ciego los baches, los caminos, las dificultades y además los dos iban cantando. La misericordia mutua realiza milagros.

Qué maravilla alegrarse del bien de los demás, cumplir la promesa hecha Dios y a los hermanos y amigos, decir la verdad, pensar bien de los demás, eso es ser limpios de corazón. Dichosos los pacíficos… ¡Qué bonito es reconciliar personas en conflicto! Si las conoces, ponte en camino hoy para solucionar dichos conflictos, serás muy feliz y harás feliz a los conflictivos, que aunque no lo digan están deseosos de paz.

Dichosos los perseguidos por la justicia y por seguir a Cristo. La historia habla de muchas injusticias, entre ellas, una de la Edad Media: Un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad el verdadero autor era una persona muy influyente del reino y por eso desde el primer momento se procuró un chivo expiatorio para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio, ya conociendo que tendría escasas o nulas esperanzas de escapar al terrible veredicto, la horca. El juez, que también estaba comprado, cuidó, no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo. Por ello dijo al acusado: “Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en tus manos tu destino. Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras culpable e inocente. Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino”. Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: culpable. Y la pobre víctima, sin conocer los detalles, se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa, no había escapatoria. El juez le ordenó al hombre tomar uno de los papeles doblados. Este respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados y cuando la sala ya comenzaba a impacientarse abrió los ojos y con una extraña sonrisa tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo tragó rápidamente. Sorprendido e indignados los presentes, le reprocharon, ¿pero qué hizo?, ¿y ahora cómo vamos a saber el veredicto? El hombre respondió: “Es cuestión de leer el papel que queda y sabremos lo que decía el que me tragué”. Con un gran coraje disimulado tuvieron que liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.

Dichosos ustedes cuando los insulten, los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa, estén alegres y contentos porque la recompensa será grande en el cielo.

Si ha sido insultado, criticado, marginado por causa de tu fe, dichoso tú.

(Canto)

El Papa Francisco nos dice que el primer anuncio de Jesús tiene cinco elementos:

“El primer elemento es la alegría. Jesús proclama: ‘El espíritu del Señor sobre mí, me ha enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (…) No se puede hablar de Jesús sin alegría, porque la fe es una estupenda historia de amor para compartir, testimoniar a Jesús. Hacer algo por los otros en su nombre, es decir, entre las líneas de la vida, haber recibido un don tan hermoso que ninguna palabra basta para expresarlo. Sin embargo, cuando falta la alegría, el evangelio no pasa, porque este, lo dice la misma palabra, es Buena Nueva, y evangelio quiere decir Buena Nueva, anuncio de alegría. Un cristiano triste puede hablar de cosas muy hermosas, pero todo es vano si el anuncio que trasmite no es alegre. Decía un pensador, “un cristiano triste, es un triste cristiano”. No olvidar esto.

(Canto)

Vamos al segundo aspecto, la liberación. Jesús dice que ha sido enviado a proclamar la liberación de los cautivos. Esto significa que quien anuncia a Dios no puede hacer proselitismo, no. No puede presionar a los otros, sino aligerarlos. No imponer pesos, sino aliviar de ellos. Llevar paz, no llevar sentimientos de culpa, cierto. Seguir a Jesús conlleva sacrificios. Por otro lado, si cualquier cosa hermosa lo requiere, mucho más la realidad decisiva de la vida. Pero quien testimonia a Cristo, muestra la belleza de la meta, más que la fatiga del camino. Nos habrá sucedido contarle a alguien sobre un bonito viaje que hemos hecho. Por ejemplo, habremos hablado de la belleza de los lugares, de lo que hemos visto y vivido, no del tiempo que tardamos en llegar ni de las colas del aeropuerto, no. Así, cada anuncio digno del Redentor, debe comunicar liberación como el de Jesús: “hoy hay alegría, porque he venido a liberar”.

(Canto)

Tercer aspecto, la luz. Jesús dice que ha venido a traer la vista a los ciegos. Llama la atención que en toda la Biblia antes de Cristo, nunca aparece la curación de un ciego, nunca. De hecho, era un signo prometido que llegaría con el Mesías. Pero aquí no se trata solo de la vista física, sino de una luz que hace ver la vida de forma nueva. Hay un venir a la luz, un renacimiento que sucede solo con Jesús. Si lo pensamos así empezó para nosotros la vida cristiana, con el bautismo que antiguamente se llamaba, precisamente, iluminación. ¿Y qué luz nos dona Jesús? Nos trae la luz de la filiación. Él es el hijo amado del Padre, viviente para siempre y con Él también nosotros somos hijos de Dios amado, para siempre, a pesar de nuestros errores y defectos. Entonces la vida ya no es un ciego avanzar hacia la nada, no. No es cuestión de suerte o fortuna, no es algo que dependa de la casualidad o de los astros, ni tampoco de la salud o de las finanzas, no. La vida depende del amor, del amor del Padre que cuida de nosotros, sus hijos amados. Que hermoso compartir con los otros esta luz.

(Canto)

Cuarto aspecto del anuncio, la sanación. Jesús dice que ha venido para dar libertad a los oprimidos. Oprimido es quien en la vida se siente aplastado por algo que sucede: enfermedades, fatigas, angustias, sentimientos de culpa, errores, vicios, pecados… Oprimidos por esto. Pensemos, por ejemplo, en los sentimientos de culpa por eso, por lo otro… Lo que nos oprime, sobre todo, es precisamente ese mal que ninguna medicina o remedio humano puede resanar: el pecado. Y si uno tiene sentido de culpa por algo que ha hecho, y este se siente mal, pero la buena noticia es que con Jesús, este mal antiguo, el pecado, que parece invencible, ya no tiene la última palabra. Yo puedo pecar porque soy débil. Cada uno de nosotros puede hacerlo, pero esta no es la última palabra. La última palabra es la mano tendida de Jesús que nos levanta del pecado. Y, Padre, ¿esto cuando lo hace? ¿Una vez?, no; ¿dos?, no; ¿tres?, no. Siempre. Cada vez que tú estás mal, el Señor siempre tiene la mano tendida, solamente hay que aferrarse y dejarse llevar. La buena noticia es que con Jesús, este mal antiguo ya no tiene la última palabra. La última palabra es la mano tendida de Jesús que te lleva adelante.

(Canto)

Una última cosa. Esta Buena Nueva que dice el evangelio está dirigida a los pobres. A menudo nos olvidamos de ello, sin embargo, son destinatarios mencionados explícitamente porque son los predilectos de Dios. Acordémonos de ellos y recordemos que para acoger al Señor, cada uno de nosotros debe hacerse pobre dentro. Con esa pobreza que hace decir, “Señor necesito perdón, necesito ayuda, necesito fuerza”. Esta pobreza que todos nosotros tenemos, hacerse pobre dentro. Se trata de vencer toda pretensión de autosuficiencia para saberse necesitado de gracia y siempre necesitado de Él. Si alguien me dice: “Padre, pero ¿cuál es la vía más breve para encontrar a Jesús? Hazte necesitado, hazte necesitado de gracia, necesitado de perdón, necesitado de alegría y él se acercará a ti.

(Canto)

(Oración del Padrenuestro)

A la Virgen de la Candelaria, madre de la luz, le rezamos:

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte… Amén.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, sobre sus familias  y permanezca para siempre… Amén.

(Canto)

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