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Alocución, 12 de marzo de 2023, III Domingo de Cuaresma

Buenos días, queridos radioescucha. De nuevo les habla Monseñor Ramón Suárez Polcari. Nuestro pastor, el cardenal Juan de la Caridad, no podrá estar hoy con ustedes, pues se encuentra reunido con sus hermanos, Obispos de toda Cuba, en el Santuario Nacional y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Por tal motivo me encargó que les dirigiera la reflexión sobre el III Domingo de Cuaresma. Siguiendo su buena costumbre, antes de comenzar la reflexión, quiero agradecer a todos lo que hacen posible este encuentro radial dominical de reflexión y oración.

En el III Domingo de Cuaresma, en todas las Iglesias Católicas del mundo, se escucha el evangelio según San Juan capítulos 4, versículos del 5 al 42.

(Evangelio)

El ciclo A que estamos utilizando en este año litúrgico, recoge la antigua tradición que acompañaba al catecúmeno en su recorrido hacia el bautismo y en su incorporación a Cristo en la celebración comunitaria de la Pascua.

En el evangelio de hoy conocido como el de la samaritana, encontramos una rica enseñanza doctrinal, aplicada no solo a los catecúmenos sino también a todos los discípulos de Cristo en la Iglesia.
La Iglesia, como Israel de Jesús, hace un largo recorrido en busca del agua que le salva, como escuchamos en la primera lectura. Jesús le indica, como a la samaritana, que solo Él tiene un agua capaz de extinguir toda sed. Esta agua es su mismo Espíritu Santo, como lo leemos en la segunda lectura, la Carta a los romanos.

Desde muchos siglos atrás, en este domingo, la Iglesia inicia los pasos previos a la celebración del bautismo de la vigilia pascual. Se conoce como el primer escrutinio, que son una serie de preguntas sobre las intenciones del catecúmeno en su camino al bautismo, y se le entrega el símbolo de los apóstoles o Credo.

Les invito a encontrar todo lo que Cristo nos enseña hoy, y para eso entraremos en la narración evangélica.

Jesús camina con los apóstoles hacia Galilea provenientes de Judea. El camino más directo era atravesar Samaria, territorio que evitaban los judíos por considerar a los samaritanos, gente medio pagana y apartados de la verdadera doctrina. Llega a un pueblo de Sicar o Siquem como antiguamente le llamaban, donde aún se encuentra el pozo de Jacob, profundo y con aguas limpias, y se sienta a esperar que sus discípulos vuelvan con el alimento que fueron a comprar. En ese intervalo, llega una mujer samaritana, el Señor tiene la iniciativa… ¡Dame de beber! La mujer se extraña que este judío le hable y le pida agua, y aquí comienza el diálogo principal… ¡Si conocieras el don de Dios y quién te pide agua! Entonces tú le pedirías agua y yo se la daría, un agua viva. En lo natural, el agua del pozo era agua viva, es el estilo de Jesús, ir llevando a la persona de lo natural y material a lo espiritual y trascendente. El agua que ofrece el Señor sacia la sed, porque, el agua que yo quiero dar se convierte para quien la beba en un surtidor del que salve la vida eterna.

La mujer vio el cielo abierto, porque ya no tendría que buscar agua al pozo. El Señor entonces toca la fibra más profunda de la mujer, el problema sin resolver de toda su vida. “Ve primero y avísale a tu marido”. Ella le responde: “no tengo marido” Jesús le dice: “ciertamente, eso que has dicho es verdad… Has tenido 5 y el que ahora tienes, no es tu marido”. Ella, impresionada, le dice: “tú eres un profeta… Sé que vendrá el Mesías que nos lo enseñará todo”, y entonces Jesús le responde: “yo soy el que está hablando contigo”.

Me gustaría hacer algunas reflexiones en torno a este evangelio, sobre la sombra del pecado que domina la vida de aquella mujer y de tantos. El Mesías proyecta la luz de la esperanza y la conversión, abre el camino para adorar al Padre, en espíritu y verdad. Para aquella mujer, se cumplió el momento de alcanzar algo tan esperado, una larga historia de fatigas y deseos frustrados, y la fe y la incredulidad. La plenitud de la vida para el ser humano está en Cristo, en el encuentro personal con él. Jesús, el caminante divino de las rutas de la humanidad, sedienta de un amor eterno, que no se sacia con multitud de amores humanos, muchos de ellos superficiales y cargados de solo placer.

La samaritana representa esta necesidad de la humanidad, que solo puede aplacar su sed en Cristo, solo Él puede derramar en nuestros corazones, la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna, el Espíritu Santo, alegría inagotable de Dios.

El evangelio de hoy, tiene una aplicación para los que están acercándose al bautismo y para los que ya lo hemos recibido hace tiempo, quizás mucho tiempo. Por el agua y el Espíritu nacemos a una nueva vida. Pero… ¿estamos convencidos de esto? No seguimos gastando el tiempo precioso de la vida construyendo cisternas agrietadas que dejan perderse el agua viva. No será que pudiendo saciarnos de la fuente del Salvador, seguimos cargando cántaros pesados y agotadores de nuestras autocomplacencias. Todos nos cansamos de andar, solo Cristo no se cansa y está preocupado de cada uno de nosotros, de que lleguemos a tener mediodías radiantes en el que podamos cruzarnos con el suyo al pie de la cruz.

De su muerte, nace la vida para todos. De su fatiga en el sembrar a los cuatro vientos, se abre para los discípulos del gozo de la cosecha; y del testimonio como el de la mujer samaritana, la llamada que el Señor nos hace a la misión.

Terminemos esta reflexión con una oración de la Lectivo divina.

Espéranos Señor, junto al pozo del encuentro, en la hora providencial que a cada uno le toca. Inicia tú el diálogo, tú el mendigo rico de la única agua viva. Aléjanos poco a poco, de tantos deseos, de tantos amores efímeros que todavía nos distraen. Disipa la indiferencia, los prejuicios, las dudas y los temores. Libera la fe, ahonda en nosotros el vacío para que lo llenes de deseos. Ensancha nuestro corazón, enciéndelo de esperanza. Haz que nos adentremos en nosotros mismos, hasta el centro más secreto, donde solo llegas tú. A través de las duras piedras del orgullo, entre el fango de los falsos compromisos, por la arena de los rechazos, abre tu mismo un paso a tu santo espíritu.

Hermanos, la Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al ser humano su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que halla de encontrar su salvación.

(Canto)

Tengo dos anuncios que darles. Este año la Semana Santa comienza el 2 de abril con el Domingo de Ramos, en la pasión del Señor y concluye el 9 de abril, Domingo de Pascua, en la Resurrección del Señor. El otro anuncio es que el jueves 30 de marzo, celebraremos la misa crismal, en la Santa y Metropolitana Catedral de La Habana, a las 5 de la tarde. En esta importante celebración, el arzobispo, rodeado de su presbiterio, bendice los oleos de los catecúmenos y de los enfermos, y consagra el santo crisma. Aceite fungirá a los futuros bautizados, niños y adultos, las manos sacerdotales. Con este santo crisma se consagra los lazos sagrados y los nuevos altares. Es un día en el cual, los sacerdotes renuevan sus promesas de ser fieles a su sagrada condición sacerdotal.
Y ahora, le invito a que hagamos juntos la oración, unidos espiritualmente con Cristo, que es luz que alumbra nuestros pasos, y en el silencio interior para darle gracias a Dios, por el don de la vida, y pedirle sea nuestro gozo durante todo este domingo, y la semana que comenzamos. A cada una de estas oraciones que vamos a decir: Danos, Señor, un espíritu nuevo.
Enséñanos a caminar hoy en una vida nueva…

Danos Señor un espíritu nuevo.
Que al unirnos espiritualmente en la celebración de la eucaristía dominical, tu palabra nos llene de gozo y nos haga crecer en fe, esperanza y amor…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Que encontremos nuestro alimento en el cumplimiento de la voluntad del Padre, y vamos todo el día en acción de gracias…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Por el Papa Francisco, por nuestro obispo Juan de la Caridad, por el Obispo auxiliar Eloy Ricardo y por todos los demás obispos, presbíteros, diáconos, por todos los consagrados y consagradas, para que seamos fieles al ministerio que hemos recibido del buen pastor…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Pidamos por la sanación de los que están enfermos del cuerpo y del espíritu. Muy especialmente por los pacientes con cáncer y otras enfermedades crónicas y dolorosas y por todos aquellos que los atienden y sirven…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Pidamos también por los que están presos y por sus familiares para que puedan sentir la presencia de Cristo en sus vidas y alcancen la libertad plena…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Para que cada católico sea un templo vivo que anuncie el evangelio y acoja a todos sin excluir a nadie…
Danos Señor un espíritu nuevo.
Como Cristo nos enseñó, el espíritu nos impulsa a decir:

(Oración del Padrenuestro)

Y poniéndonos imaginariamente delante de la custodia del Santísimo Sacramento, hagamos una profunda adoración,
Cristo imagen perfecta de la majestuosa gloria del padre, belleza incandescente por la llama del Espíritu Santo. Luz de luz, rostro del amor, dígnate hacernos llegar al Padre, banquete del reino de Dios, cuando hayamos terminado nuestra peregrinación por este mundo.

Sé que quisieran recibir sacramentalmente a Cristo en su cuerpo y en su sangre eucarísticos, pero las circunstancias no se los permiten. Por eso ahora podrás hacer una comunión espiritual.
Oh, mi buen Jesús, creo firmemente que estás presente en el Santísimo sacramento. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma, pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón.

Señor Jesús, como si ya te hubiera recibido, te abrazo y me uno íntimamente a ti, no permitas que jamás me separe de ti.

Nos encomendamos a la Santísima Virgen María, para que ella siempre sea nuestro amparo y le decimos:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes, bien, líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita.
El Señor esté con ustedes.

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, sobre toda su familia y muy especialmente sobre todos los enfermos y les acompañe siempre… Amén.

(Canto)

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