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Alocución Jueves Santo

Damos gracias a todos los que hacen posible esta emisión, hoy jueves 1 de abril, día en que la Iglesia celebra la institución de la Eucaristía.

San Pablo, en la primera carta a los corintios, capítulo 11, versículos 23 al 26, nos narra lo sucedido.

(Canción)

Porque Jesús está en el Sagrario, presente en la especie de pan, nosotros podemos hablarle como le hablaban las gentes de su tiempo en Palestina, y lo vamos a hacer con las mismas palabras que sus oídos de carne escucharon entonces.

Avivemos nuestra fe en la presencia de Jesús Sacramentado repitiendo las palabras del apóstol Santo Tomás: Señor mío y Dios mío.

Confesemos la divinidad de Jesucristo con las palabras de San Pedro en Cesárea de Filipo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Digámosle con Nathaniel: Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

Respondamos como Marta, la hermana de Lázaro, cuando Jesús le dijo: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente. ¿Crees esto? Sí, Señor. Yo creo que tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo que has venido a este mundo.

Pero digamos también humildemente con los apóstoles: Señor, aumenta nuestra fe.

O con el padre del lunático: Creo Señor, pero ayuda tú mi incredulidad.

Aclamemos a Jesús Sacramentado como los ángeles a Dios hecho hombre en la noche de Navidad: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Como la buena mujer de la multitud: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron.

O como las gentes sencillas por las calles de Jerusalén el Domingo de Ramos: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna en la alturas.

Proclamemos nuestra dicha al saber que lo tenemos con nosotros: Dichosos los ojos que ven lo que nosotros vemos, y los oídos que oyen lo que nosotros oímos, porque muchos patriarcas y profetas quisieron verlo y no lo vieron, oírlo y no lo oyeron.

Reconozcamos que no lo merecemos diciéndole humildemente como el centurión: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Y al sentirnos privilegiados con la fe y la participación de la eucaristía digámosle con San Pedro en el Monte Tabor: Señor, qué bien estamos aquí.

Y forcémosle a que no se vaya, rogándole con los discípulos de Emaús: Quédate con nosotros Señor, que anochece.

Acuérdate Señor que nos dijiste: Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.

Hoy te pedimos Señor, con la fe y con las palabras de todos los necesitados del Evangelio por todas nuestras necesidades espirituales y materiales: Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros.

Todos estamos manchados, por eso te pedimos con el leproso: Señor, si tú quieres, puedes limpiarme.

Todos andamos a tientas para ver tu verdad, por ello como los ciegos del evangelio te rogamos: Señor, que se abran nuestros ojos y veamos.

A menudo nos cuesta trabajo entender tu enseñanza de renuncia y sacrificio, te pedimos entonces con los apóstoles: Explícanos, Señor, esta parábola.

Conocemos a muchos enfermos de cuerpo y alma y pensando en ellos, como Marta y María, refiriéndonos a Lázaro te recordamos: Señor, el que amas está enfermo.

Necesitamos el alimento espiritual que eres tú mismo. Instruidos por tu palabra te pedimos como las multitudes de Cafarnaúm, pero con mayor conocimiento de causa: Señor, danos siempre ese pan.

O con la samaritana junto al pozo de Jacob: Señor, danos siempre de esa agua para que no volvamos a tener sed.

Y porque no sabemos lo demás que deberíamos pedir te decimos: Enséñanos a orar.

Padre Nuestro…

(Canción)

El apóstol San Juan, en su evangelio capítulo 13, versículos 1 al 15, nos narra lo que sucedió y que los apóstoles no esperaban.

Dos hermanos vivieron plenamente lo que Jesús nos mandó hacer.

Hace mucho tiempo había un anciano que tenía dos hijos y le llegó el tiempo de morir. Llamó a sus dos hijos y les dijo que les iba a repartir el campo. Al hijo mayor que había estado con él más tiempo y que le conocía mejor, le dio la parte de campo más difícil, porque estaba seguro de que sabría cómo cultivarla. Al más joven le dio la parte baja del campo, la mejor, porque no había estado con el padre tanto tiempo como el otro y no sabía tan bien como él de qué modo cultivar la tierra. Y les dijo que recordaran siempre que eran sus hijos y ellos siempre hermanos. Poco después el anciano murió y los dos hijos se hicieron cargo de su parte de tierra y empezaron sus vidas.

Pasó el tiempo, y los hermanos no se veían apenas, tan entregados estaban los dos a sus ocupaciones.

Un día, el hermano mayor estaba contando las gavillas de trigo en su granero y se preguntaba cómo le iría a su hermano menor. Pensó: He tenido una buena cosecha, voy a llevarle algunos  haces de espigas esta noche. Se los dejaré en su granero sin que se entere. Contó doce gavillas de trigo, salió a la oscuridad de la noche y se las dejó en secreto a su hermano. Mientras tanto, el hermano menor estaba pensando también acerca de su hermano mayor: Heredó la tierra más pobre. MI cosecha ha sido especialmente buena este año. Creo que voy a coger unas gavillas para él y se las voy a dejar en su granero. Contó doce gavillas, salió a la oscuridad de la noche y se las dejó en el granero. Los dos hermanos se fueron a la cama sintiéndose muy felices.

A la mañana siguiente los dos estaban en su granero y contando las gavillas, se preguntaron cómo habiendo dado doce gavillas al otro hermano, parecía que seguían teniéndolas. Los dos decidieron repetir la operación. Y así, aquella noche contaron otras doce gavillas y a ese regalo añadieron los dos una jarra llena de aceitunas. Se cruzaron en la oscuridad, sin verse, y lo dejaron todo en el granero del otro. Y de nuevo la tercera mañana contaron las gavillas y vieron que seguían teniendo el mismo número, así como también la misma jarra de aceitunas. Aquella noche cada uno cogió su burro, puso encima un odre de vino y salió camino del granero del otro.

Pero en el cielo brillaba ese día una espléndida luna llena, como la de hoy. Se encontraron en medio del camino, en el límite de sus tierras. Cuando se dieron cuenta de lo que estaban haciendo el uno por el otro, se abrazaron llorando de emoción, recordando a su papá y alabando a Dios.

Es una vieja historia pero la podemos hacer presente hoy en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro barrio, en nuestro trabajo.

¡Qué felicidad multiplicada en el cielo para nuestros padres difuntos quienes nos enseñaron a tratarnos como hermanos!

¡Qué gozo el de Jesucristo al ver que estos dos hermanos se han lavado los pies!

¡Qué gozo y felicidad para la Virgen María saber que hay hijos suyos que se aman con un amor extraordinario!

Esta noche, esta Semana Santa, comparte con tus hermanos, ayuda a tus hermanos, y una gran felicidad sentirás que después se verá multiplicada en el cielo.

(Canción)

Como hacemos en la exposición eucarística alabamos a Jesucristo:

Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

Bendita sea su preciosísima Sangre. Bendita sea su preciosísima Sangre.

Bendito sea Jesús, en el Santísimo Sacramento del altar. Bendito sea Jesús, en el Santísimo Sacramento del altar.

Bendito sea Jesús, alimento espiritual de nuestras almas. Bendito sea Jesús, alimento espiritual de nuestras almas.

Bendito sea Jesús, medicina contra el pecado y el mal. Bendito sea Jesús, medicina contra el pecado y el mal.

Bendito sea Jesús, fortaleza para nuestra misión de amar. Bendito sea Jesús, fortaleza para nuestra misión de amar.

Bendito sea Jesús, paz en el sufrimiento. Bendito sea Jesús, paz en el sufrimiento.

Bendito sea Jesús, común-unión con Dios Padre. Bendito sea Jesús, común-unión con Dios Padre.

Bendito sea Jesús, común-unión con los familiares y amigos. Bendito sea Jesús, común-unión con los familiares y amigos.

Bendito sea Jesús, puente de común-unión con los enemigos. Bendito sea Jesús, puente de común-unión con los enemigos.

Bendito sea Jesús, verdad de Dios, de la Iglesia y de la dignidad humana. Bendito sea Jesús, verdad de Dios, de la Iglesia y de la dignidad humana.

Bendito sea Jesús, camino hacia la casa del cielo. Bendito sea Jesús, camino hacia la casa del cielo.

En este momento nos preparamos para hacer la comunión espiritual:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos los hermanos y permanezca para siempre. Amén.

 

(Canción)

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