Homilía en celebración de Corpus Christi en el Seminario San Carlos y San Ambrosio
Sabemos por el catecismo y la teología que Cristo en la Última Cena, el Jueves Santo, instituyó la Eucaristía, se quedó en el pan y el vino consagrados como alimento espiritual de vida eterna, dio el poder a sus apóstoles, a los sacerdotes, de hacerlo presente realmente en este pan y vino, adelantó su entrega del Viernes Santo el Jueves y sus méritos salvadores se hacen presente en cada misa y se queda en el sagrario para ser adorado y hablar con Él.
Los doctores y los teólogos conocen mucho sobre este misterio eucarístico, sobre la presencia real, sobre la transustanciación. A más conocimiento, más vivencia.
Hay personas que no conocen tanto sobre la Eucaristía y viven este misterio.
Personas con muletas, sillas de ruedas, cojas, que andan kilómetros para participar en misa.
Señoras de 80 años que toman la guagua para ir a misa todos los domingos.
Algunos matrimonios que pedalean kilómetros desde sus bateyes para ir a misa.
Personas que cada vez que pasan por el templo entran, hacen la genuflexión, rezan ante el Santísimo unos minutos y continúan a sus labores.
Sacerdotes que no dejan de celebrar misas en sus pueblos a pesar de no tener transporte automotor y van a pie, en bicicletas, en carretas, a la celebración.
Sacerdotes que después de la ordenación, no han dejado de celebrar una sola misa diaria.
Monjitas que tienen el Sagrario brillante y lleno de flores porque allí está su esposo.
Adoradores nocturnos que pasan la noche ante el Sagrario.
El Cura de Ars, Fray José de la Cruz Espi y otros muchos sacerdotes pasaban horas nocturnas adorando a Cristo. De allí sus éxitos sacerdotales y pastorales.
Los fieles que ven a su sacerdote arrodillado con frecuente ante el Sagrario harán lo mismo.
El pueblo hace lo que ve.
Pidamos al Señor conocerlo más para adorarlo más, sentirlo más, predicarlo más.
Fotos cortesía de: Luis Ángel Acosta




