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Alocución 5 de mayo de 2024

(Canción)

Hoy, domingo 5 de mayo, escuchamos en todas las iglesias católicas el evangelio según San Juan, capítulo 18, versículos 9 al 17.

(Evangelio)

Ha dicho Jesús: Como Dios Padre me ha amado, así los amo yo.

A cada uno de nosotros nos ama Dios Padre que nos tiene en su amor desde la eternidad, nos creó en el seno materno a imagen y semejanza suya.

Él es el amor, ha dicho el apóstol San Juan. Nos hizo sus hijos mediante el Bautismo, nos acompaña en alegrías y penas, nos perdona y nos espera en la casa del cielo que nos pertenece por derecho propio porque la casa del Padre es la casa de los hijos.

Jesucristo, hijo de Dios hecho hombre, nos ama hasta el extremo. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Él es nuestro amigo, que entregó su vida en la cruz por amarnos, nos enseña el camino de la felicidad mediante su evangelio, nos alimenta espiritualmente con su Cuerpo y Sangre, presentes en el pan y el vino consagrado y nos invita a servir a nuestros familiares, amigos y prójimos, lo cual nos hace muy felices.

El Espíritu Santo nos ama y nos hace entender la Biblia, que Él mismo inspiró. Este mismo Espíritu nos regala el fruto del amor, que es felicidad de los esposos, de los padres, de los hijos, de los que viven en la casa.

Quien ama de verdad, procura la felicidad de los demás.

A cada uno de nosotros nos ama la Virgen María, la que Cristo nos entregó por Madre en la cruz. ¡Qué paz sentir el amor de la madre que Dios nos regaló! ¡Qué paz sentir el amor de la Virgen María, nuestra madre del cielo, a la que acudimos cuando lloramos, sufrimos y nos equivocamos!

¡Qué maravilla amar y ser amados!

Gracias, Dios, porque nos amas.

Gracias, Dios nuestro, porque tu imagen de amor está presente en todos nuestros familiares, amigos y vecinos.

Gracias, Señor Jesús, porque también, como nos has pedido, nosotros amamos a muchas personas y las hacemos felices.

Rezamos con una oración del Cardenal Víctor Manuel Fernández:

Ven, Espíritu Santo.

Tú eres el Amor infinito,

que atrae, que une,

que enciende con su fuego

al Padre y al Hijo.

Ven, Espíritu Santo,

que derramas ese mismo amor

en nuestros pequeños corazones

y nos unes con tu lazo divino.

Ven a mi vida, y coloca en mí

el deseo de amar más y más,

para que madure en el servicio,

el diálogo y el perdón.

Dame la gracia de descubrir a Jesús

en cada hermano.

Ayúdame a reconocer

 el inmenso valor de cualquier ser humano.

Enséñame a mirar

más allá de las apariencias,

para que vea cuánto significa cada persona

para el Padre del cielo.

Ven, Espíritu Santo,

úneme a cada hermano.

Dame el deseo de entregarlo todo

por el bien del prójimo.

Ayúdame a dar como el manantial,

que no se cansa de saciar

la vida de los demás.

Ven, para que mi vida se llene

de frutos de amor.

Amén

 

(Canción)

«La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera de demostrar que Dios tiene el poder supremo es perdonar libremen­te…», y por eso a nosotros «nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón». Es, también, donde mejor se manifiesta nuestra gran­deza de alma en nuestras relaciones con los demás. Y de la misma manera que Dios está dispuesto a perdonar todo de todos, nuestra capacidad de perdón no puede tener límites; ni en el número de ve­ces ni por la magnitud de la posible ofensa: siete veces, setenta ve­ces siete, muchas veces, siempre. Incluso en el mismo día y sobre lo mismo. Sin tener la sensación de estar haciendo algo desmesu­rado y extraordinario: «Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti».

El perdón nuestro ha de ser profundo, de corazón, como Dios nos perdona a nosotros: Perdónanos nuestras ofensas así co­mo nosotros perdonamos a los que nos ofenden, decimos en el Pa­drenuestro. Y, además, perdón rápido, sin dejar que el rencor co­rroa el corazón, y sin humillar a la otra parte, sin adoptar gestos teatrales, sin dramatizar. A veces ni siquiera será necesario decir «te perdono», bastará sonreír, devolver la conversación, tener un detalle amable, disculpar.

No es necesario que ocurran grandes injurias para ejercitar­nos en esta muestra de caridad. Bastan esas cosas pequeñas que ocurren casi todos los días; pequeñas riñas en el hogar por peque­ñas cosas, malas contestaciones o gestos destemplados (ocasiona­dos muchas veces por cansancio de las personas), que tienen lugar en el trabajo, en el tráfico de las grandes ciudades…

Mejor todavía si ni siquiera llegamos a tener que perdonar porque no nos sentimos ofendidos. Esto ocurrirá si hemos apren­dido a disculpar y no a ser susceptibles.

Mal viviríamos nuestra vida cristiana si al menor roce se en­friase nuestra caridad y nos sintiéramos separados de los demás. El cristiano debe hacer examen para ver cómo son sus reacciones ante las molestias que la convivencia diaria lleva ordinariamente consigo. Vivir cristianamente la vida es encontrar, también en este punto, el camino de la paz y de la serenidad.

(Canción)

Un soldado se quedó muy asombrado cuando escuchó a su general hablar de manera elogiosa de otro oficial.

-“Mi general, le dijo. ¿Sabe usted que ese oficial que usted alaba es uno de sus peores enemigos, y que está siempre hablando mal de usted?”.

-“Si, lo sé. Dijo el general. Pero estoy diciendo lo que yo pienso de él, no lo que él piensa de mí”.

Un hombre entró en casa de su vecino para robar, siendo sorprendido por el dueño. Al verse descubierto, el ladrón se temió lo peor, pero el dueño de la casa, en contra de lo esperado, le dijo:

-“Amigo, no sabía que usted tenía tanta necesidad como para tener que hacer esto. No tengo mucho, pero dígame en qué puedo ayudarle…”.

La amabilidad del general y de ese anónimo dueño de casa son ejemplos de que es posible pagar el mal con el bien. ¡No es fácil, pero no es imposible!

Alguien dijo en cierta ocasión: “La mejor manera de derrotar a tu enemigo es hacerlo tu amigo”. Por tanto, con la ayuda de Dios, amemos a nuestros enemigos, bendigámonoslos, hagámosles el bien y recemos por ellos.

(Canción)

Invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro salvador, y aclamémosle, diciendo: Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria, haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable. Roguemos al Señor… Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Tú que nos has salvado por la fe, haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo. Roguemos al Señor… Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Tú que quieres que busquemos los bienes de allá arriba donde está Cristo sentado a tu derecha, líbranos de la seducción del pecado. Roguemos al Señor… Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Haz que nuestra vida, escondida con Cristo en ti, brille en el mundo como signo que anuncie el cielo y la tierra nueva. Roguemos al Señor… Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo.

Padre Nuestro…

Ave María…

 

La segunda lectura de la misa de hoy resume todo el mensaje de este domingo. Primera carta de San Juan, capítulo 4, versículos 7 al 10.

(Lectura)

La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes, sobre sus familias, sobre los que han hecho posible esta emisión y permanezca para siempre. Amén

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