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Alocución 6to Domingo de Pascua

El cardenal Juan de la Caridad García en la "Edad de Oro"
El cardenal Juan de la Caridad García en la “Edad de Oro”

Gracias a todos los que hacen posible esta emisión radial celebrando el Sexto Domingo de Pascua.

Escuchamos el evangelio de San Juan, capítulo 14, versículos 15-21, texto evangélico que se lee en todas las iglesias católicas del domingo este domingo.

Dios es amor. Nos pensó desde la eternidad. Su pensamiento sobre nuestra persona es cariñoso. Nos creó en el seno materno por un acto de amor de nuestros padres y nos hizo a su imagen y semejanza. Él es amor, paz, eternidad. En el seno materno sentimos la misericordia de nuestros padres, sus caricias. Sus conversaciones con nosotros cuando estábamos dentro de nuestra madre, han quedado grabadas para siempre en nuestro inconsciente aunque no las recordemos.

En los primeros años de nuestra vida dependimos totalmente del cariño de nuestra familia: higiene, alimentación, medicina, educación.

Al crecer Dios nos envió mensajeros de amor: abuelos, maestros, amigos, vecinos, sacerdotes, monjas, doctores, enfermeras y una legión inmensa de ángeles en la tierra que nos indicaron el camino de la felicidad, que es ser buenos.

En este domingo damos gracias a Dios por tantas personas buenas que nos ha enviado y a ellas mismas les damos las gracias.

Ser agradecidos es maravilloso. Ser ingratos destruye la vida.

(Canción)

El Señor ha dicho: Si me aman, guardarán mis mandamientos. ¿Cuáles son los mandamientos?

El 1ro: Amar a Dios sobre todas las cosas. El que ama a Dios no lo niega y dice con orgullo sano que cree en el Padre Dios.

El 2do mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano. No jurarás en falso por su nombre. No lo insultarás. A Dios no le pasa nada porque yo lo insulte, soy yo quien me vuelvo un salvaje.

El 3er mandamiento: Santificarás el día del Señor. Le darás gracias a tu Creador todos los días y muy especialmente el domingo, día en que Cristo resucitó. Le cantarás, lo alabarás con corazón agradecido y cuando sea posible, en la Iglesia de tu pueblo, junto a tus amigos cristianos.

El 4to mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre. ¡Qué paz es devolver a nuestros padres, cuando sean mayores, todo el amor que ellos nos regalaron en nuestra vida!

Lo que quieren un padre y una madre, aun cuando estén enfermos, es que sus hijos estén a su lado. Los ancianos, cuando son queridos, bañados, medicinados y oyendo palabras dulces no se quieren morir. Los ancianos, maltratados, despreciados, quieren morirse lo antes posible.

Quinto mandamiento: No matar, no suicidarse, no golpear a  nadie. Defender la vida que está en el seno materno.

Gracias mamá, por darnos a luz. ¡Qué sería de nosotros si tú te hubieras hecho el aborto!

Sexto mandamiento: No cometer actos impuros, respetar nuestro sexo maravilloso que une a los esposos en el amor y da la vida. Cuando respetamos nuestro sexo, no hay enfermedades de transmisión sexual que acaban con nuestra salud.

Séptimo mandamiento: No robar. Compartir. El que roba pudiera escaparse de la justicia humana, pero no de la justicia de Dios dolido por el sufrimiento causado a un hijo suyo. ¡Qué felicidad compartir lo que tengamos! Nunca te la pierdas.

Octavo mandamiento: No dar falsos testimonios ni mentir. Decir una mentira ya es un problema porque para sostenerla hay que decir 9 mentiras. Si digo 10 mentiras soy un mentiroso. El chisme, el dime qué te diré, destruyen personas, familias, iglesias y pueblos.

Noveno mandamiento: No consentirás pensamientos y deseos impuros. A ningún esposo le gusta que su esposa le sea infiel como tampoco a ninguna esposa le gusta que su esposo le sea infiel. ¡Qué maravilla celebrar uno, 10, 25, 50 años de casado!

Envíen al Arzobispado de La Habana, teléfono 78624000, la fecha del matrimonio y los años de casados y les entregaremos un obsequio que les gustará mucho.

Décimo mandamiento: NO codiciarás los bienes ajenos. Te alegrarás de las cosas buenas de tu prójimo y lo felicitarás. Nunca tendrás envidia de tus hermanos, hijos de Dios.

Si vivimos los Diez mandamientos de la ley de Dios, es que lo amamos. ¡Ustedes se imaginan todo un pueblo viviendo la ley de Dios, los diez mandamientos! ¡Qué paz, qué tranquilidad, qué felicidad!

La enseñanza de la Iglesia, apoyada en la Biblia nos invita a realizar obras de misericordia espirituales:

  1. Enseñar al que no sabe.
  2. Dar buen consejo al que lo necesita.
  3. Corregir al que se equivoca.
  4. Perdonar al que nos ofende.
  5. Consolar al triste.
  6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
  7. Rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

También la Iglesia nos invita a vivir las obras de misericordia corporales:

  1. Visitar y cuidar a los enfermos.
  2. Dar de comer al hambriento.
  3. Dar de beber al sediento.
  4. Hospedar al peregrino.
  5. Vestir al desnudo.
  6. Auxiliar al preso y a su familia.
  7. Rezar por los difuntos.

 

Siéntete muy feliz cada vez que hagas una obra de misericordia. Dios se sentirá amado por ti.

Oración de petición a María, desatadora de nudos

 

Santa María, llena de la Presencia de Dios,

durante los días de tu vida aceptaste con toda humildad la voluntad del Padre,
Ya, junto a tu Hijo, intercediste por nuestras dificultades y, con toda sencillez y paciencia,

nos diste ejemplo de cómo desenredar la madeja de nuestras vidas.

Y, al quedarte para siempre como Madre nuestra, pones en orden y haces más claros los lazos que nos unen al Señor.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra,

la que con corazón materno desatas los nudos

que entorpecen nuestra vida,
te pedimos que recibas en tus manos los innumerables nudos

(pide aquí tu petición),

y que  nos libres de las ataduras y confusiones

con que nos hostiga el que es nuestro enemigo, el diablo.

Por tu gracia, por tu intercesión, con tu ejemplo, líbranos de todo mal.

Señora nuestra, desata los nudos

que nos impiden nos unamos a Dios,

para que, libres de toda confusión y error,

lo hallemos en todas las cosas,

tengamos en Él puestos nuestros corazones

y podamos servirle siempre en nuestros hermanos.

Amén.

 

La casa de los mil espejos.

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada.

Cierto día, un perrito, buscando refugio del sol, logró introducirse por un agujero de una de las puertas de dicha casa.

El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta semi abierta y lentamente se adentró en el cuarto.

Para su sorpresa se dio cuenta que dentro de ese cuarto habían mil perritos más observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco.

Los mil perritos hicieron lo mismo.

Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos.

El perrito se queda sorprendido al ver que ¡¡los mil perritos le ladraban a él!!

Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: ¡Qué lugar tan agradable! ¡Voy a venir más seguido a visitarlo!

Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto.

Pero a diferencia del primero, este perrito al ver los otros mil perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo estaban mirando de una manera agresiva.

Posteriormente comenzó a gruñir y obviamente vio cómo los otros mil perritos le gruñían a él.

Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron también.

Cuando este perrito salió del cuarto pensó: ¡Qué lugar tan horrible es este! ¡Nunca más volveré a entrar allí!

En el frente de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía: “La casa de los mil espejos”.

Si tú en tu casa gritas, todos te gritarán.

Si tú sonríes, todos te sonreirán.

El reflejo de los gestos y tus acciones es lo que proyectas ante los demás y te lo devuelven.

(Canción)

¿Qué escogerías tú? ¿Riqueza, éxito o amor?

Una mujer salía de su casa y vio a tres ancianos de larga y blanca barba sentados al frente de su casa. No los reconoció y dijo:

“No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor pasen y acepten alguna cosa para comer”.

Y uno de ellos preguntó:

“¿Se encuentra el hombre de la casa dentro?”

“No”, dijo ella. “Él salió”.

“Entonces no podemos pasar”, contestaron.

En la tarde cuando su esposo llegó a casa, le dijo lo que le  había pasado.

“Ve a decirles que estoy en casa e invítalos a pasar”.

La mujer salió e invitó a los hombres a que pasaran.

“No pasamos a una casa juntos”, respondieron.

“¿Por qué es así?”, quiso saber ella.

Uno de los ancianos le explicó:

“Su nombre es Riqueza”, apuntando a uno de sus amigos, y apuntando al otro dijo:

“Él es Éxito, y yo soy Amor”.

Después agregó:

“Ahora ve y discute con tu esposo a cuál de nosotros deseas en tu casa”.

La mujer entró y le dijo a su esposo lo que se le había dicho.

Su esposo se regocijó.

“¡¡Qué bueno!!”, dijo.

“Dado que éste es el caso, invitemos a Riqueza”.

“Dejemos que venga y llene nuestra casa de riqueza”.

Su esposa no estuvo de acuerdo:

“Querido mío, ¿por qué no invitamos a Éxito?”

La hija estaba escuchando desde el lado opuesto de la casa. Saltó con su propia sugerencia:

“¿No será mejor invitar a Amor?”

“¡Nuestra casa estará entonces llena de amor!”

“Hagamos caso de nuestra hija, dijo el esposo a la esposa”.

“Sal e invita a Amor a ser nuestro huésped”.

La mujer salió y les preguntó a los tres ancianos:

“¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor, pase y sea nuestro huésped. ”

Amor se puso de pie y empezó a caminar hacia la casa. Los otros dos también se pusieron de pie y lo siguieron.

Sorprendida la señora, les preguntó a Riqueza y a Éxito:

“Solamente invité a Amor, ¿por qué están pasando ustedes?”

Los ancianos respondieron:

“Dondequiera que él va, nosotros lo acompañamos. Dondequiera que haya amor, también hay riqueza y éxito”.

Ahora nos dirigimos espiritualmente a Jesucristo, a la Virgen y a todos aquellos que están en el cielo.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Padre Nuestro…

Ave María…

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