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Homilía de S.E.R. cardenal Juan García en la Misa Crismal

Estimados sacerdotes, profetas, reyes por el Bautismo y el Orden Sacerdotal.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes que desde el día de su ordenación sacerdotal hasta hoy, han celebrado la Misa todos los días como San Juan Pablo II y por todos aquellos sacerdotes que hoy rezan más tiempo que en el seminario. Agradece y goza el pueblo de Dios con aquellos sacerdotes que van a sus comunidades a celebrar en bicicleta mecánica o eléctrica, veinte, 30 kilómetros y algunos a pie, hora y media para allá y después de la Misa, hora y media de regreso a pie. Sin dudas, pies santos como los de Cristo que también caminaron kilómetros.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes que hacen notar que el cielo ha llegado a la tierra en sus celebraciones litúrgicas, cantos y lecturas preparadas y ensayadas, monaguillos enseñados, flores que adornan, participación de los fieles.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes sentados en el confesionario media hora antes del culto y allí sí se confiesan los penitentes porque donde no hay confesor no hay sacramento.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes que logran que el templo esté abierto largas horas, más tiempo que el bar, las tiendas, las mipimes.

Templo abierto significa que el pecador, el que llora, el que ha pensado suicidarse, vengarse, abandonar la familia; encuentre una puerta abierta de esperanza y solución.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes cocineros, farmacéuticos, choferes, que recogen personas en las paradas, gestores de alivio para el sufrimiento del pueblo y lo alivian como el buen samaritano.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes que visitan las cárceles, por aquellos que acompañan a los familiares de los presos y buscan caminos de liberación y clemencia y perseveran en el esfuerzo que no siempre logra lo deseado.

Son iguales que el Papa Francisco.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes bachilleres, licenciados, doctores en Teología que enseñan en el seminario y en los diferentes institutos de la Iglesia.

Ellos, al conocer en la profundidad el misterio de la Trinidad y todo lo relativo a la fe, pueden ser más que quienes no tenemos títulos. Al conocer tanta maravilla de Dios pueden vivirla en plenitud.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes quienes con el consejo parroquial, las reuniones del clero y las vicarías, los equipos diocesanos andan el camino sinodal, promovido por el Plan Pastoral. Son como las aves que vuelan juntas y no como el águila que vuela sola. Son miembros diferentes pero forman un solo cuerpo, un solo presbiterio, una única iglesia.

Damos gracias por los sacerdotes que dialogan con diferentes instancias de la sociedad: instancias culturales, económicas, constructivas, sociales, políticas y perseveran en el diálogo a pesar de que no siempre se logra avanzar en lo planteado.

Damos gracias a Dios por dos sacerdotes, que por cierto, llevaban el mismo apellido: Becerril. Ellos visitaron todas las casas parroquias viviendo como buenos pastores.

El Buen Pastor conoce a todas sus ovejas y ellas lo conocen. Ellos cumplieron con amor el canon 529 del derecho canónico.

Damos gracias a Dios por los sacerdotes que patean y aplastan la cabeza de las víboras venenosas, las cuales sutil o descaradamente quieren destruir el sacerdocio, la castidad y la pureza del pastor que tiene por esposa a la Iglesia.

Otras realidades santas sacerdotales conoce el pueblo de Dios.

Por estas experiencias vividas, reales, conocidas y presentes en este clero y por las que no conocemos: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Santa María de la Caridad, ruega por nuestros sacerdotes.

Expresemos en silencio oracional nuestra gratitud por nuestros sacerdotes

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